La pierna había encontrado su ritmo.
No un ritmo bueno, sino el tipo específico de ritmo que el dolor establece cuando uno decide ignorarlo de manera sistemática: constante, predecible, presente en cada paso pero sin sorpresas. Mara lo había incorporado a su manera de moverse sin decidirlo, ajustando el peso, acortando el paso derecho, compensando con el izquierdo. Era ineficiente. Funcionaba.
El pantano seguía siendo el pantano.
La niebla había cambiado de densidad desde la mañana, o lo que Mara calculaba que era la mañana sin referencia solar clara. Antes era una masa uniforme. Ahora tenía capas, zonas más claras alternando con zonas donde la visibilidad se reducía a menos de diez metros. El escáner seguía acumulando grises. Mara seguía anotando y siguiendo.
Intentó el comunicador.
Estática.
Lo guardó sin detenerse.
Fue una hora después de la criatura cuando el escáner cambió.
No de golpe. Fue gradual, los grises volviéndose progresivamente más claros en una dirección específica, el noroeste según la brújula de la tablet, hasta que Mara siguió esa dirección sin haberlo decidido conscientemente, de la misma manera en que se sigue un cable desde el punto de fallo hasta el origen.
La vegetación se abría en ese sector. No completamente, pero lo suficiente para que entrara más luz desde arriba, una luz difusa y sin dirección clara pero presente, y con ella algo que el ojo registraba antes de que el cerebro lo procesara: color.
No el verde oscuro uniforme del pantano sino algo diferente, más cálido, en grupos irregulares a distintas alturas. Mara se acercó despacio.
Eran frutos. O algo que funcionaba como frutos, estructuras redondeadas que crecían en racimos de tres o cuatro en las uniones entre ramas, de un color que era entre naranja y algo para lo que no había nombre exacto en ningún sistema de clasificación que conociera. Algunos eran del tamaño de su puño. Otros más pequeños. La superficie exterior era lisa con una textura que el ojo leía como húmeda aunque al tacto con el guante resultó ser otra cosa, algo que cedía levemente bajo la presión sin romperse.
Sacó el escáner.
Procesó durante más tiempo de lo habitual. Mara esperó, mirando la pantalla, y cuando el resultado llegó se quedó mirándolo un segundo más de lo necesario para confirmar que era lo que era.
Verde.
El primero desde que había bajado de la lanzadera. No un verde brillante y definitivo sino un verde con reservas, el tipo que el sistema usaba cuando los datos eran suficientes para una clasificación positiva pero no abundantes. Comestible con alta probabilidad. Composición química sin elementos tóxicos conocidos. Sin garantías de compatibilidad completa con metabolismo humano pero sin señales de alarma.
Mara miró los frutos durante un momento.
Después empezó a llenar la bolsa.
No todos, dejó los más pequeños y los que mostraban signos de madurez excesiva. Tomó los que el escáner confirmaba con más consistencia, los que cedían bajo la presión de manera uniforme, los que no tenían variaciones de color que pudieran indicar fermentación o descomposición interna. Sus manos trabajaron con la sistematicidad de siempre, evaluando, seleccionando, descartando.
Cuando terminó tenía suficiente para varios días si las estimaciones de valor nutritivo del escáner eran aproximadamente correctas.
Se quedó un momento en ese claro pequeño con más luz que el resto del pantano, mirando los racimos que quedaban. Era el único verde que había visto en este planeta. Eso era información sobre el lugar, sobre qué tipo de cosas podían sobrevivir aquí y qué tipo no podían, y Mara lo anotó en la tablet con la misma voz plana de siempre.
Después siguió.
El pantano cambió de carácter pasado el claro. La vegetación se cerraba de nuevo pero de manera diferente, más vertical, los troncos más altos y más separados entre sí, con menos materia vegetal en el nivel del suelo y más en las alturas donde las copas se tocaban y formaban algo parecido a un techo irregular. La niebla era más densa ahí, retenida por esa estructura, y el sonido cambiaba también, más apagado, como si el espacio absorbiera más de lo que devolvía.
Mara ajustó la ruta dos veces para evitar zonas donde el suelo dejaba de sostenerse del todo, esas áreas donde la materia vegetal flotaba sobre agua sin fondo visible. Las identificaba por el color, un marrón más oscuro y uniforme que el resto, y por la manera en que el sonido de sus pasos cambiaba medio metro antes de llegar, una diferencia sutil que había aprendido a leer en las últimas horas sin haberlo decidido conscientemente.
Intentó el comunicador.
Estática.
Lo guardó.
Había algo diferente en el sector, algo que el escáner no nombraba pero que los valores reflejaban de manera oblicua, variaciones en la composición del aire que no alcanzaban ningún umbral de alarma pero que tampoco eran las mismas variaciones de antes. Mara las anotó sin saber qué hacer con ellas todavía. La información sin clasificación seguía siendo información. A veces el patrón aparecía después, cuando había suficientes puntos para conectar.
Llevaba diez minutos en ese sector cuando el silencio cambió.
Las encontró quince minutos después de los frutos.
No las vio primero. Las escuchó, o algo que no era exactamente un sonido sino una variación en el silencio de lugar lleno que había aprendido a leer desde que había aterrizado. El pantano tenía sus sonidos y tenía sus silencios y había una diferencia entre el silencio de nada ocurriendo y el silencio de algo ocurriendo que todavía no se había decidido a hacer ruido.
Este era el segundo tipo.
Mara se detuvo.
Las vio cuando se movieron, porque inmóviles eran casi imposibles de distinguir del terreno. Eran cinco, o eso calculó en el segundo que tuvo antes de que el cálculo dejara de ser relevante. Se movían con muchas extremidades, demasiadas para contarlas en ese momento, largas y articuladas de una manera que el cerebro intentaba clasificar como arañas y no terminaba de confirmar porque la proporción no cerraba, el cuerpo era demasiado pequeño para las extremidades o las extremidades eran demasiado largas para el cuerpo, y donde deberían haber estado los ojos no había ojos sino algo que se abría y se cerraba con una regularidad que no era respiración pero que tampoco era otra cosa que Mara pudiera nombrar.