Dos kilómetros y medio.
Mara lo convirtió en pasos porque los kilómetros eran una abstracción y los pasos eran concretos. Con su ritmo actual, ajustado por la pierna y el terreno, calculó entre tres mil doscientos y tres mil quinientos pasos. Empezó a contarlos y dejó de hacerlo a los cincuenta porque contar consumía atención que necesitaba para el suelo.
El terreno no mejoró.
Era el mismo pantano de siempre, las mismas raíces emergiendo sin lógica, el mismo suelo que cedía donde no debería y sostenía donde parecía que no iba a hacerlo. Mara lo leía mejor que en la mañana, había aprendido los patrones en las últimas horas sin haberlo decidido conscientemente, el color que indicaba agua debajo, la textura que indicaba firmeza real versus firmeza aparente, la manera en que ciertas plantas crecían solo en suelo que podía sostener peso. Ese conocimiento no hacía el trayecto más rápido. Lo hacía menos probable que terminara mal.
La diferencia entre esas dos cosas era importante.
La ropa seguía empapada. El traje de superficie retenía algo de calor pero no lo suficiente, y Mara sentía la diferencia en los bordes, las muñecas, el cuello, los lugares donde el tejido no cubría del todo y el aire del pantano encontraba piel directamente. No era dolor todavía. Era el tipo de frío que se instala despacio y que uno empieza a notar solo cuando ya lleva un rato ahí.
Ajustó el ritmo hacia arriba. No mucho, lo que la pierna permitía sin entrar en el rango sin nombre, pero suficiente para que el esfuerzo generara más calor. Era un balance que iba a tener que mantener durante dos kilómetros y pico, más esfuerzo para más calor pero más esfuerzo también significaba más desgaste en una pierna que ya había dado más de lo que debería haber tenido que dar hoy.
Siguió.
Intentó el comunicador al cuarto de hora.
Estática.
No lo guardó de inmediato. Se quedó con él en la mano un momento, mirando la pantalla que mostraba señal saliente sin confirmación de recepción. En algún lugar sobre la niebla había una nave con los indicadores del módulo parpadeando y nadie respondiendo al comunicador desde abajo. Mara pensó en eso el tiempo justo para que el pensamiento tomara forma y después lo cerró, porque la forma que tomaba no era útil en este momento.
Guardó el comunicador y siguió caminando.
El pantano tenía su propia lógica de tiempo. Sin referencia solar la única manera de medir el avance era la brújula y la marca de posición en la tablet, y Mara lo revisaba cada veinte minutos, no más, porque revisarlo más seguido era una manera de hacer que el tiempo pasara más despacio sin ningún beneficio operacional. Cada revisión le decía cuánto había avanzado y cuánto faltaba y la diferencia entre los dos números era lo único que importaba.
Un kilómetro ochocientos. Faltaba menos de lo que había avanzado.
La niebla se espesó en algún momento del segundo kilómetro, sin que hubiera una transición clara, simplemente el mundo visible reduciéndose de veinte metros a quince y después a diez. Mara redujo la velocidad porque en diez metros de visibilidad el margen de error con esa pierna era demasiado ajustado para mantener el ritmo anterior. Era la decisión correcta. La tomó sin que le gustara.
El frío era más presente ahora. Había cruzado el umbral entre incomodidad y problema en algún punto del último medio kilómetro, sin un momento exacto que pudiera señalar, de la misma manera en que todas las cosas importantes de ese día habían ocurrido sin anunciarse. Los dedos de la mano izquierda respondían con un delay mínimo que no era normal. Los de la derecha un poco más. Mara los movió de manera sistemática mientras caminaba, el tipo de movimiento que mantiene la circulación, y los sintió responder con la lentitud específica de tejido que está priorizando el núcleo sobre las extremidades.
Anotó la temperatura estimada en la tablet. La comparó con los parámetros del traje. El margen era más ajustado de lo que había calculado junto al tronco.
La pierna había dejado de tener ritmo.
No de manera dramática. Fue que en algún momento del segundo kilómetro el dolor había salido del rango constante y predecible y había empezado a variar, más en ciertos pasos que en otros, dependiendo del ángulo y de la superficie y de cosas que Mara no lograba anticipar del todo. Eso era peor que el dolor constante porque requería atención, y la atención que le daba a la pierna era atención que le sacaba al terreno, y el terreno en diez metros de visibilidad no aceptaba atención parcial.
Lo resolvió de la única manera que podía resolverse: decidió no resolver la pierna y poner toda la atención en el suelo. La pierna iba a hacer lo que iba a hacer. El suelo era la variable que podía controlar.
Funcionó. Era una solución mala y funcionó de todas formas.
Un kilómetro. Faltaba un kilómetro.
Lo miró en la tablet. Cerró la pantalla. Siguió caminando.
El pantano no cambió de carácter en el último kilómetro. Mara había esperado sin saberlo que cambiara, que el terreno se volviera más firme o la niebla más clara o alguna variable indicara que se estaba acercando al borde de algo, al límite entre el lugar donde había aterrizado y el resto. No hubo nada de eso. El pantano era el pantano hasta que dejó de serlo, y cuando dejó de serlo fue porque la vegetación se abría de una manera específica y el suelo bajo las botas tenía una consistencia diferente, más compacta, y la niebla era levemente menos densa, y ahí estaba la lanzadera.