El acoplamiento fue limpio.
Mara escuchó el golpe sordo, el ajuste metálico, el siseo de los sellos, y se quedó sentada en la lanzadera un momento más. No porque necesitara el momento. Porque el cuerpo había estado tomando decisiones solo durante todo el día y en este momento específico, con la escotilla cerrada y la Corvus al otro lado, algo en él quería un segundo antes de volver a estar donde había gente.
Se levantó. La pierna recordó de inmediato lo que había estado haciendo todo el día.
Abrió la escotilla.
Patrick estaba sentado frente a ella con la postura de algo que lleva tiempo esperando y que no tiene intención de disimularlo. Las orejas orientadas hacia Mara con una atención que no era la evaluativa de siempre sino algo más directo, más sin filtro.
Mara lo miró un segundo.
—Hola —dijo.
El gato no se movió.
Davan estaba en el umbral del corredor. No había corrido a la escotilla. Estaba ahí, con los brazos cruzados, y algo en su postura era diferente al de siempre. Sus ojos fueron a la pierna primero, después a la ropa todavía húmeda, después a la cara de Mara.
No dijo nada.
Caminó hacia ella, tomó la bolsa de frutos sin preguntar, y antes de que Mara pudiera orientarse Davan ya estaba a su lado con un brazo debajo del suyo, tomando el peso de la pierna.
—Puedo caminar —dijo Mara.
—Ya sé —dijo Davan.
No la soltó.
Mara no insistió. No porque no quisiera sino porque la pierna, en el momento en que había transferido parte del peso, había emitido una opinión clara sobre el tema y Mara decidió que discutir con Davan y con la pierna al mismo tiempo era una cantidad de frentes innecesaria.
Fueron a la enfermería. Patrick los siguió sin hacer ruido y se instaló en el rincón más cercano a la camilla. Solo estaba ahí.
Davan la ayudó a sentarse en la camilla con una eficiencia que Mara encontró simultáneamente útil e irritante, la irritación específica de alguien que sabe que necesita ayuda y preferiría no necesitarla. Fue al armario de la enfermería sin preguntar, sacó el kit completo, y volvió con el sellador de tejidos.
—Esto lo podía haber hecho yo después de ducharme —dijo Mara.
Davan retiró el vendaje de superficie sin comentar.
Miró la herida un momento. Después empezó a limpiarla con una meticulosidad que era claramente excesiva para el tamaño del corte, el tipo de meticulosidad que no viene de la herida sino de la necesidad de hacer algo con las manos de manera precisa y controlada.
Mara lo notó. No dijo nada.
Aplicó el antiséptico, esperó, empezó con el sellador.
—¿Qué encontraste? —dijo Davan.
—Criaturas. Cinco, más o menos. Las perdí cuando crucé el agua.
Davan asintió. Siguió trabajando.
—¿Y el resto? —dijo después de un momento.
—Pantano. Niebla. Dos kilómetros y medio de regreso con diez metros de visibilidad.
El sellador era frío al contacto y después caliente. Mara miraba el techo.
—¿Cómo se movían? —dijo Davan. No lo dijo como pregunta técnica. Lo dijo como alguien que había estado imaginando versiones durante horas y que ahora necesitaba reemplazarlas con algo real.
—Con muchas extremidades. Demasiadas para contarlas en ese momento. —Pausa—. Con calma. Como si no tuvieran razones para apresurarse.
Davan no respondió. Siguió con el sellador, los movimientos más lentos ahora.
—No cruzaron el agua —dijo Mara—. No sé si no podían o no querían.
—¿Y los frutos?
—El escáner los marcó verde. Con reservas, no definitivo, pero verde. El primero desde que bajé.
—¿Cuánto hay?
—Suficiente para varios días si los valores nutritivos del escáner son aproximadamente correctos.
Davan terminó con el sellador y cubrió la zona con gasa. Se incorporó, fue al armario, guardó el kit. Tardó un segundo más de lo necesario en cerrarlo, de espaldas a Mara.
—No es suficiente —dijo, sin darse vuelta.
—No —dijo Mara.
—Y el planeta es demasiado peligroso para volver a buscar más.
—Sí.
Davan se dio vuelta. Su expresión era la de siempre pero algo debajo era diferente, el estado de alguien que ha estado calculando durante horas y que ahora tiene todos los datos y el resultado no es el que necesitaba.
—Entonces seguimos igual —dijo—. Tenemos algo pero no suficiente.
—Tenemos más que antes —dijo Mara.
—Sí. —Una pausa—. Más que antes no es lo mismo que suficiente.
Era un hecho y los dos lo sabían y ninguno de los dos dijo nada durante un momento. La nave hacía sus sonidos de siempre. Patrick se movió en el rincón, se acomodó, volvió a quedarse quieto.
—Hay que probar los frutos antes de comer —dijo Mara.