El primer día después del segundo planeta Mara durmió once horas.
No fue una decisión. Fue que el cuerpo, después de los tres días de descenso y la semana anterior y los meses acumulados antes de eso, encontró el primer espacio donde no había nada urgente que sostener y lo usó sin pedir permiso. Davan la encontró en la enfermería cuando fue a revisar los indicadores de la mañana, todavía en la camilla, con Patrick acurrucado en el hueco detrás de sus rodillas y la botella de agua de la noche anterior sin terminar en la mesa.
No la despertó.
Revisó los indicadores del módulo en silencio, anotó los valores en la tablet, y fue a preparar café. Cuando Mara apareció en la sala de control una hora después, con el pelo aplastado de un lado y la pierna moviéndose con la rigidez específica de tejido en proceso de sellarse, había una taza esperándola.
—¿Cuánto dormí? —dijo.
—Once horas —dijo Davan.
Mara tomó la taza. Miró los indicadores en la pantalla principal y después los revisó en la tablet porque era el procedimiento y el procedimiento no cambiaba porque ella hubiera dormido once horas.
—Los frutos —dijo.
—Los analicé esta mañana con el sistema de la nave. —Davan abrió un archivo en la pantalla lateral—. Compatibilidad metabólica confirmada. Valor nutritivo un treinta por ciento menor de lo que el escáner de superficie estimaba.
Mara miró los números. Hizo el cálculo que los dos ya sabían que iba a hacer.
Tardó menos de un minuto. Cuando terminó cerró el archivo y miró la pantalla apagada.
—No alcanza —dijo.
Davan asintió. Ya lo había calculado también, se notaba en la manera en que esperó el resultado de Mara sin decir nada, como alguien que ya sabe la respuesta y está esperando que el otro llegue al mismo lugar.
—El viaje de regreso —dijo Davan—. Tres meses mínimo con la propulsión al cuarenta y dos por ciento. Los dos despiertos monitoreando el módulo.
—Consumo doble —dijo Mara.
—Sí. Con lo que tenemos, incluyendo los frutos, cubrimos aproximadamente la mitad.
Mara miró la taza. La mitad no era un margen ajustado. Era una brecha que no tenía solución dentro de lo que ya tenían. No era una conversación sobre cuánto racionar. Era una conversación sobre qué hacer a continuación.
—Necesitamos otro planeta —dijo.
—Sí —dijo Davan.
Patrick saltó a la consola y se sentó entre los dos mirando la pantalla con su atención habitual, como si también estuviera procesando los números.
Mara abrió el sistema de navegación. Davan se acercó sin que ella se lo pidiera y los dos buscaron en silencio, con la metodología que habían desarrollado sin decidirlo: Mara ampliando el rango de búsqueda, Davan revisando los archivos de cada resultado antes de que ella los descartara.
Encontraron dos opciones dentro del rango posible con lo que tenían de combustible.
El primero aparecía en los registros como Cuerpo K-7, catalogado hace veintidós años. Tenía atmósfera, temperatura tolerable en el hemisferio norte durante su estación cálida, y presencia de agua subterránea. Lo que lo descartaba estaba en una sección del archivo que alguien había marcado con una nota de advertencia: especie dominante catalogada como Mangarok, carnívoros, tres metros de longitud promedio, fauces diseñadas para presa grande, presentes en densidades que el equipo de exploración había descrito como inmanejables sin armamento pesado. El informe mencionaba bajas. No entraba en detalles pero no necesitaba hacerlo. La última línea de la sección decía simplemente: no recomendado para expediciones de superficie sin protocolo de seguridad completo.
Lo descartaron sin discutir.
El segundo no tenía nombre. Solo una designación alfanumérica y una nota de veintitrés años que nadie había seguido. Atmósfera respirable confirmada. Gravedad tolerable. Agua en superficie, en forma de depósitos estáticos distribuidos de manera irregular. Temperatura variable con un rango amplio pero sin extremos incompatibles con el traje de superficie. Cobertura vegetal reducida, concentrada en zonas específicas alrededor de los depósitos de agua.
Era un desierto en su mayor parte. El archivo lo decía sin usar esa palabra, en la distancia entre las zonas de vegetación confirmada y la extensión total de la superficie, en la ausencia de cobertura en los sectores intermedios, en la temperatura que subía en las horas de máxima exposición solar hasta el límite de lo que el traje de superficie podía manejar con comodidad.
Pero tenía agua. Tenía vegetación. Y el archivo no había sido modificado.
—Nadie borró el nombre en los metadatos —dijo Davan.
—No —dijo Mara.
Los dos lo miraron durante un momento.
—La vegetación está concentrada —dijo Davan—. Si el escáner encuentra algo aprovechable en esas zonas, cambia lo suficiente para que los números cierren.
—Si encuentra algo —dijo Mara.
—Si.
Era una palabra pequeña para sostener mucho peso. Pero era la palabra correcta y los dos lo sabían, y no había otra palabra disponible que fuera más honesta.
—¿Cuánto tiempo de viaje? —dijo Mara.
—Siete días con lo que tenemos.
Mara miró el punto en el mapa. Sin nombre, sin historia más allá de una nota y el silencio que la había seguido. No tenía las señales que habían aprendido a reconocer como advertencia. Tampoco tenía nada que lo hiciera parecer seguro.
Era lo más parecido a una opción limpia que tenían.
—Vamos —dijo Mara.
Davan asintió. Ya estaba calculando la trayectoria en su tablet. Mara activó la propulsión.
La nave respondió con el temblor suave que ya conocían, la firma específica del módulo en ese sistema, y el punto sin nombre empezó a acercarse en el radar con la lentitud de las cosas que importan.
El segundo día Davan encontró el primer fallo del módulo.
Fue durante el chequeo manual de las dos horas de su turno. Lo que encontró fue una variación en el sector cuatro, una tercera lectura entre el sensor principal y el secundario, discreta, que el sistema de monitoreo automático no había señalado porque estaba dentro de los parámetros y porque nadie había programado el sistema para buscar ese tipo de anomalía específica.