—Última ronda antes de cerrar, niños —anunció Cristina al salir de la cocina con un caldero humeante que desprendía un aroma irresistible a chocolate—. Y vosotros —añadió con una sonrisa ladeada, señalando a Alejandro, Nathan y Marcos—, id buscando vasos para todos… o os quedaréis sin el vuestro.
—Habrá que hacer sitio para más —bromeó Frederick, frotándose el estómago con evidente complacencia.
Serena rió levemente, aún abrazada a su hermano, y se deslizó del regazo de este con un puchero adorable. Nathan se inclinó para besarla en la frente antes de salir disparado hacia la cocina junto a los otros dos aludidos, dispuesto a cumplir el encargo. Serena negó despacio con la cabeza, incapaz de ocultar una amplia y luminosa sonrisa.
Envuelta en un ambiente acogedor y cálido, la cafetería se llenó pronto de murmullos, risas y un contagioso caos infantil mientras se organizaban por grupos para la inminente guerra de bolas de nieve. Cristina, cucharón en mano, sirvió el chocolate caliente con calma, desde los pequeños elfos hasta los mayores, como si aquel gesto sencillo colmara su corazón de paz y plenitud.
El aroma dulce flotaba en el aire, templando los ánimos. Ninguno era del todo consciente de que ya conversaban, reían y compartían el momento como lo que parecían desde los ojos de un observador externo: una familia.
Serena, rebosante de júbilo, recorrió con la mirada el conjunto de mesas que habían unido para sentarse todos juntos. Alejandro charlaba animadamente con Nathan; pese a no compartir la misma sangre, se movían con una complicidad casi idéntica, como dos gamberros cortados por el mismo patrón. A su lado, Marcos conversaba con tranquilidad con Chloe, Cristina y Harriet. Serena los observó unos segundos y se sorprendió al notar que aquel hombre que empezaba a ocupar sus pensamientos se había integrado sin esfuerzo entre tanta gente.
Deslizó la mirada por el grupo hasta detenerse en su padre, que, pletórico, reía con los niños sentados en su regazo, uno en cada pierna, completamente absorto mientras ellos le contaban, atropellándose entre sí, sus aventuras con la profesora antes de las fiestas, mientras Linda y Michael rememoraban ciertas travesuras extraescolares.
Finalmente, sus ojos se posaron en Emily, concentrada en devorar unas galletas que Cristina le había ofrecido tras escapársele un antojo de dulce, hasta que se dio cuenta de que Emily ya la miraba. Serena sostuvo su mirada un instante y, con un gesto discreto, le indicó una mesa cercana, algo apartada del grupo. Necesitaban ponerse al día.
—Em… —murmuró una vez que estuvieron solas—. No me lo creo todavía. Estoy tan contenta por ti —le tomó la mano y continuó—. Cuéntame, ¿cómo te encuentras?
Emily esbozó una sonrisa cálida, llevándose una mano al vientre y cubriéndolo de caricias.
—No podría sentirme más dichosa. Es una montaña rusa emocional, pero no lo cambiaría por nada —rió suavemente—. ¿Quieres tocar? No para de moverse.
Serena no dudó y, con chiribitas en los ojos, se sentó a su lado, emocionándose hasta casi las lágrimas al sentir una patada del pequeño.
—¿Quién es el afortunado padre? —preguntó, curiosa.
El rubor cubrió de inmediato las mejillas de su amiga. Bajó la mirada con timidez y soltó una risita.
Nathan, a quien no habían percibido acercarse, se detuvo junto a ellas.
—Lo tienes delante, estrellita —comentó con una sonrisa ladeada, arqueando una ceja.
Serena, de repente, pareció haber perdido el habla, mirándolo primero a él y luego a Emily.
Hasta que…
—¡Voy a ser tía! —chilló con una efusividad inesperada, saltando de la silla y echándose a los brazos de su hermano, que no dejaba de reír.
Marcos, desde su rincón, sentía cómo el pecho se le henchía de alegría. Cada sonrisa de aquella hermosa flor le atravesaba como un cálido estallido de luz; se sentía completo al verla tan plena.
—Si este troglodita te rompe el corazón, solo dímelo y lo machaco —le susurró a Emily al oído mientras se abrazaban.
—¡Oye! —protestó Nathan, provocando risas.
—¿Y bien? ¿Para cuándo la boda, papá? —le preguntó Serena a su hermano, que la observó con detenimiento antes de suspirar.
—Aún no tenemos fecha —admitió.
—¿Sucede algo? —inquirió ella, preocupada.
Nathan, con la tristeza dibujada en el rostro, decidió contar la verdad.
—No quería casarme sin mi estrellita polar.
—Ni sin nuestra madrina de bodas —añadió Emily, apretando la mano de su prometido.
Serena permaneció en silencio, observando a su hermano. Aquella confesión le estrujó el corazón: ¿y si hubieran pasado diez años? La culpa volvió a tocar a la puerta. Por primera vez, el enfado superó a su propia tristeza. Estaba claro: no podía permitir que su centinela sacrificara su felicidad por ella, por haberse dejado engatusar a los diecinueve años por un hombre que le doblaba la edad.
Lo atrajo hacia sí y lo abrazó con fuerza, sosteniéndolo.
—Entonces, hermanito, ya puedes ir buscando una —murmuró, posando un beso en su mejilla y añadiendo con seguridad—. Porque ya estoy aquí y no pienso marcharme —le tomó el rostro entre las manos y lo miró directamente a los ojos.
—Te quiero —respondió él, estrechándola con más fuerza.
—También te he echado mucho de menos, centinela —le dijo Serena, sentándose junto a ellos—. Ponedme al día, ¿cómo fue que disteis el paso?
—Tengo una pequeña librería —comenzó Emily, encogiéndose de hombros—. No es gran cosa, pero va bien —arqueó la comisura de los labios hacia Nathan, que le devolvió una mirada cómplice—. Empezó una tarde; me sorprendió verlo entrar con un traje gris oscuro y su credencial del FBI… Estaba muy guapo, debo decir. Desde entonces se convirtió en nuestra rutina.
Serena abrió los ojos como platos.
—¿Cómo es que no me lo habías contado? —exclamó, incrédula.
Nathan se encogió de hombros.
—Te contaré mi cambio de planes en otro momento. Es Navidad y, en las fiestas, no se habla de trabajo; menos aún cuando llevaba tanto tiempo sin poder abrazarte, estrellita —susurró, besándole los nudillos.
Editado: 06.01.2026