Creciendo Juntos [bilogía Bajo el mismo cielo •1]

Capítulo 14

La mañana se abrió paso con templanza en el horizonte, esparciendo una brisa ligera que jugueteaba entre las hojas de los árboles y las casas. Afuera, el frío se imponía; dentro, en cambio, el mundo se reducía a la calidez de dos cuerpos entrelazados bajo el edredón.

Serena, aún sumergida en los brazos de Morfeo, despertó ante un roce pausado que recorría su piel. Aquel contacto, tibio y atento, dibujaba un sendero delicado por el perfil de su rostro, arrancándole una sonrisa somnolienta. Un beso tranquilo rozó sus labios, fundiendo sus alientos. Ella lo buscó por instinto, acortando la distancia, como si temiera que el encanto del amanecer se desvaneciera.

—Buenos días, cariño —susurró, con la voz todavía ronca por el sueño.

Al abrir los ojos, se encontró con que Marcos la observaba en silencio. Sus ojos verdes estaban fijas en las de ella, escoltadas por una sonrisa apacible. Algo nuevo echó raíces en el pecho de Serena en ese instante: la certeza, todavía asustadiza, de que lo que sentía era real.

—¿Cómo has dormido, amor? —inquirió él, acariciándole la mejilla con el pulgar.

—De maravilla —admitió, delineando un delicado camino por su brazo.

Serena alzó la mano y exploró el rostro de él, memorizando cada rasgo, desde la curva de su mandíbula hasta el tacto de su barba incipiente. No hubo prisa. Con un cuidado casi protector, sus labios se buscaron una y otra vez, regalándose besos que no pedían nada pero que parecían prometerlo todo. Las caricias aprendieron el ritmo del otro y las prendas, poco a poco, fueron quedando olvidadas sobre la alfombra. El contacto de la piel desnuda los hizo sonreír de forma casi involuntaria, mientras sus respiraciones se volvían, de pronto, irregulares.

Marcos, ligeramente inclinado sobre ella, se detuvo un segundo. Solo la miraba, como si intentara asimilar que ese momento era real.

—Si no estás preparada, yo... —balbuceó, con la vulnerabilidad asomando en su voz.

Serena acalló sus dudas con un beso breve y tierno.

—¿Tú lo estás? —preguntó en apenas un susurro, entrelazando los dedos tras su nuca.

Él asintió sin dudarlo.

—Entonces, yo también —aseguró ella, reafirmando su confianza.

Las palabras se disolvieron en el aire. Sus frentes se juntaron mientras las miradas se negaban a abandonarse, intensificando cada sensación. Marcos descendió con calma, atento a cualquier gesto, a cualquier señal de incomodidad en los ojos de ella. Al encontrar solo deseo y entrega, prosiguió con delicadeza, liberándola de lo poco que los separaba. Serena respondió con un suspiro trémulo, aferrándose a sus hombros, dejando que la piel dictara las normas.

Cuando sus cuerpos finalmente se reencontraron sin barreras, él sostuvo su rostro entre las manos y la besó como si quisiera beberse sus suspiros. Recorrió su cuello y sus hombros con los labios, dejando un rastro de calor que la hacía estremecerse. La habitación se llenó de una sinfonía de jadeos y susurros.

—No sé cuánto... hace bastante que no estoy con nadie —confesó él de pronto, temiendo no estar a la altura.

Serena lo atrajo hacia sí; una caricia lenta le rozó el lóbulo de la oreja, erizándole la piel.

—No pienses en eso, amor. Todo está bien. Solo déjate llevar —le tranquilizó, suavizando la tensión de sus hombros con las palmas.

Él se separó apenas unos centímetros, con un leve rubor asomando en sus mejillas.

—No tengo preservativos aquí... —admitió, algo apurado.

—No te preocupes, tomo anticonceptivos —le aclaró ella, dándole la seguridad que necesitaba.

Marcos tomó aire, mirándola con una intensidad que casi le cortaba el aliento.

—¿Estás segura de que quieres esto? —insistió en un murmullo.

—Más que nada en el mundo —confirmó Serena, recorriéndole la espalda con caricias lentas.

Guiado por ella, Marcos se unió a su cuerpo con una lentitud casi agónica, disfrutando de la unión. El primer contacto les arrancó un gemido compartido, una mezcla de alivio y placer contenido. Serena entreabrió los labios, sintiéndose plena, mientras él soltaba un sonido grave al sentir el calor que lo acogía. Se detuvo un instante, cerrando los ojos para saborear la sensación y permitir que ella se habituara a él.

Cuando volvió a mirarla, la encontró recorriendo su torso con la punta de los dedos, siguiendo cada cicatriz de su piel y admirándolas como si fueran algo precioso.

—Eres hermoso —musitó ella.

—¿De verdad eres real? —cuestionó él, conmovido.

—Mírame. Siénteme —le pidió Serena, acunando su rostro—. Soy tan tangible como este momento. ¿Estás bien?

—Mejor que nunca —respondió él, antes de unir sus labios de nuevo.

Comenzaron a moverse al unísono, encontrando un compás propio que sincronizaba sus latidos. Serena lo rodeó con las piernas, invitándolo a estar más cerca, mientras se perdían en besos profundos y lentos. El calor aumentó, las manos exploraron sin descanso y los gemidos se fundieron en un solo ritmo, hasta que el mundo exterior desapareció por completo.

Cuando la calma regresó y las respiraciones recuperaron su cauce, Serena se acurrucó contra el pecho de Marcos. El corazón de él todavía martilleaba con fuerza bajo su oído. Él la rodeó con un brazo, pegándola a su costado, mientras le acariciaba el cabello con una parsimonia infinita.

—¿Todo bien? —susurró él, besándole la sien.

—Perfectamente —respondió ella, dibujando círculos invisibles sobre su abdomen—. ¿Y tú?

—Sigo pensando que es un sueño, pero es el mejor de mi vida —confesó con honestidad.

Un silencio acogedor se instaló en el cuarto, roto solo por el vaivén de sus pechos. Serena, inundada por una paz desconocida, dejó que las palabras brotaran sin filtros.

—Te quiero... —soltó en un susurro apenas audible.

Marcos se tensó un segundo por la sorpresa. Con extrema delicadeza, le levantó el mentón para que sus ojos se encontraran. Su expresión era de una felicidad absoluta.




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