Creciendo Juntos [bilogía Bajo el mismo cielo •1]

Capítulo 15

—Owen, no me pises —se quejó Valeria al tropezar en el primer escalón.

—Shhh… —susurró él de inmediato, tapándole la boca—. Habla bajito, que nos van a pillar por culpa tuya —añadió con solemne seriedad, frunciendo el entrecejo.

La pequeña lo miró durante un segundo y, sin poder evitarlo por más tiempo, se le escapó una risita ligera, como la de un hada diminuta. Owen le tendió la mano y ambos compartieron una sonrisa ladeada, cómplice, de esas que no presagian nada bueno.

Al llegar arriba, comenzaron a avanzar a hurtadillas por el pasillo, donde la cálida luz de la mañana bañaba el mármol bajo sus pies descalzos.

La primera puerta en la que se detuvieron dejó escapar un leve chirrido al abrirla con cuidado.

La habitación de Frederick y Harriet olía a una mezcla de colonia suave y aftershave superpuestos. Valeria fue la primera en trepar a la cama, seguida de Owen, que cayó de rodillas tras dar un traspié. Harriet abrió un ojo y distinguió dos siluetas despeinadas sobre ellos.

—¡Arriba! —canturreó Valeria.

—¡Papá Noel ya ha pasado! —anunció Owen sin dejar de saltar, desbordante de energía.

—¡Pero bueno! ¿Y estos duendes? —exclamó Harriet, incorporándose mientras la risa se le escapaba sin remedio.

Frederick, por su parte, gruñó algo ininteligible, pasándose la mano por la cara con gesto adormilado antes de incorporarse a medias.

—Ya sabía yo que debíamos haber cerrado la puerta —refunfuñó, restregándose los ojos.

Luego esbozó una sonrisa pícara y los observó con falsa severidad.

—Venid aquí, criaturas —ordenó, levantándose con rapidez.

Los niños rodaron fuera de la cama entre carcajadas y, en cuestión de segundos, salieron huyendo a toda prisa por el pasillo rumbo a su siguiente destino: el dormitorio de Alejandro y Shery.

Como dos torbellinos sin control, se subieron a la cama y saltaron al mismo tiempo sobre los padres de Owen, convirtiéndola en un trampolín improvisado.

—¡Aaah! —gritó Alejandro, despertando al instante, sobresaltado.

Al intentar darse la vuelta boca arriba, se enredó en el edredón y terminó escurriéndose de la cama hasta caer al suelo como un saco de patatas.

—¡Ay! —protestó desde abajo, cruzándose de brazos y poniendo morros.

Los niños huyeron de nuevo, seguidos por el eco de sus risas que se perdía por el pasillo.

—Cariño, ¿estás bien? —preguntó Shery, asomándose por el borde de la cama entre risas.

—Sí, sí… tú búrlate de mi desgracia —rezongó Alejandro.

—Dame la mano, te ayudo —le ofreció ella, intentando recomponerse.

Shery se inclinó para ayudarlo, pero él tiró de ella y la hizo caer sobre su pecho. Ambos rieron al unísono cuando Alejandro empezó a hacerle cosquillas sin piedad.

Fuera, el último dormitorio estaba entreabierto. Marcos y Serena parecían dormir… pero ¿realmente lo estaban?

Tras los primeros gritos, se habían desvelado y ahora aguardaban su momento, ocultos bajo los edredones, haciéndose señas cada vez que creían oírlos acercarse.

Dos pequeños elfos avanzaron sigilosos. En cuanto se subieron a la cama, cuatro brazos y las mantas los engulleron de golpe.

—¡Socorro! —gritó Valeria desde los brazos de Marcos.

—¡Nos rendimos! ¡Nos rendimos! —chilló Owen, retorciéndose como un gusano en los brazos de Serena.

Mientras Marcos atacaba las costillas de Valeria, Serena hacía lo mismo con Owen, llenando la habitación de carcajadas profundas, de esas que nacen del alma, de dos pequeñas croquetas rebosantes de alegría.

—¡Demasiado tarde! —cantó Serena, sin aflojar el abrazo.

—¡Habéis caído en la trampa! —proclamó Marcos, cerrando el edredón sobre ellos.

—Para… porfi, ¡que me hago pipí! —suplicó Valeria entre risas.

Los cuatro rompieron a reír y, al final, se detuvieron exhaustos.

—Buenos días, princesa —saludó Marcos, besándole el cabello—. Y a ti también, campeón —añadió, revolviéndole el pelo.

—Buenos días —respondió Valeria, dándole un beso en la mejilla y otro a su madre.

—Ya llegó Papá Noel. ¿Podemos abrir los regalos? —preguntó Owen.

—¿De verdad estáis preparados? —inquirió Serena, alzando una ceja con media sonrisa.

—¡Sí! —exclamaron los niños al unísono.

—Bien, pero nadie sale de este cuarto sin un beso y un abrazo de buenos días —advirtió Serena.

Owen y Valeria se lanzaron sobre ella, aplastándola en un abrazo de oso y cubriéndole la cara de besos.

Marcos se limitó a observarlos, con el corazón encogido en el pecho. ¿De verdad había tenido tanta suerte?

Los pequeños alzaron la vista y Marcos les abrió los brazos para ayudarlos a bajar de la cama. Los levantó a ambos y Owen y Valeria lo rodearon con sus bracitos, dejando un beso en cada mejilla.

Cuando los dejó en el suelo, se tomaron de la mano y echaron a correr sin mirar atrás.

Una vez a solas, el silencio se asentó en la habitación. Sin apartar la mirada, se acercaron casi al mismo tiempo, sonrieron y se abrazaron con calma.

Serena apoyó la cabeza en su pecho, permitiéndose escuchar el latido tranquilo de su corazón. Marcos, sin soltarla, dejó un beso suave en su cabello.

—¿Cómo has dormido? —preguntó él en voz baja.

—Muy bien. ¿Y tú? —contestó ella, alzando la vista.

Serena se puso de puntillas y le dio un beso corto en los labios. Al separarse, Marcos la besó de nuevo, esta vez despacio, sin prisa, con una ternura que la hizo sonreír contra su boca.

—Tengo algo para ti —comentó al cabo de un momento, con una media sonrisa.

Se apartó lo justo para acercarse al armario y sacar de su mochila un pequeño paquete envuelto en papel de regalo.

—No hacía falta que me compraras nada —murmuró Serena, con un deje de timidez.

—No lo he comprado —aclaró él, tendiéndoselo—. Lo he hecho yo.

Ella lo tomó con cuidado, intrigada. Al abrirlo, se quedó inmóvil. Alternó la mirada entre el marco de fotos, donde aparecía una imagen casual de ella con su hija, tomada desde cierta distancia, y Marcos, que la observaba en silencio; no podía ocultar sus nervios mientras aguardaba su reacción.




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