Creciendo Juntos [bilogía Bajo el mismo cielo •1]

Capítulo 16

Los días transcurrieron con una lentitud casi tangible, dejando la sensación de que el reloj había decidido detener sus manecillas. El silencio sepulcral dominaba la habitación desde que el médico pasó a las nueve de la mañana y, tras revisar pupilas y reflejos, dijo con voz serena:

—Neurológicamente responde. Ahora es cuestión de tiempo. Depende de él.

Nueve días habían pasado desde que todo se torció de la peor manera posible. Desde que conectaron a Marcos a ventilación asistida y lo mantuvieron sedado para que su cuerpo pudiera sanar los daños que había sufrido.

Durante la intervención, hubo momentos en los que la presión arterial descendió de forma alarmante.

—La presión está cayendo. ¡Necesito sangre, rápido! —gritó el cirujano Harris, con tono urgente.

—Sangre en camino. Saturación bajando —respondió la asistente, corriendo hacia la mesa.

Marcos necesitó transfusiones masivas, drenajes torácicos de urgencia y maniobras constantes para sostener la circulación.

—Mantengan la ventilación estable. ¡No podemos perderlo ahora! —ordenó el cirujano con autoridad.

Por un momento, el corazón de Marcos perdió eficacia. La sala se sumió en un silencio tenso cuando Harris se inclinó sobre la mesa de operaciones, aplicando un masaje cardíaco manual para reiniciar el latido, presionando el corazón con sus manos para mantenerlo funcionando.

—Doctor, el sangrado está aumentando —dijo la asistente con preocupación.

—Succión. Más luz aquí. ¡Tenemos que controlar esa hemorragia! —ordenó el cirujano, sin vacilar.

El equipo trabajó contra el reloj. Cada segundo importaba. Los monitores mostraban cifras que forzaban decisiones rápidas y precisas. El ambiente estaba cargado de concentración, sin margen para el error.

—La presión está subiendo… está mejorando —informó la enfermera, con voz calmada.

—Eso es… sigan así, mantengan el ritmo —suspiró el Dr. Harris, aliviado—. No se duerman, muchachos, podemos lograrlo —les animó.

Horas después, los pasos de Harris resonaban en el pasillo. La familia, tensa y expectante, lo observó acercarse. Nathan y Alejandro dieron un paso al frente, con los nervios a flor de piel.

—La operación ha sido un éxito. Aún está en una situación delicada, pero su corazón respondió. Hemos logrado estabilizarlo. Ahora depende de su cuerpo —explicó Harris con voz grave.

En el pasillo, la familia finalmente pudo respirar aliviada, sintiendo una mezcla de agotamiento y esperanza.

—Gracias, doctor —agradeció Nathan, con voz quebrada.

—No sabemos cómo agradecérselo —añadió Alejandro, conteniendo las lágrimas.

Harris asintió con una ligera inclinación de cabeza antes de continuar.

—Aún queda mucho por delante. Pero si su cuerpo responde como esperamos, podrá despertar en un par de días —dijo el cirujano, esbozando una pequeña sonrisa, gratificado por su trabajo.

Serena tardó cuarenta y ocho horas en abrir los ojos tras el ingreso y la medicación. Cuando miró a su alrededor y no vio a Marcos, preguntó por él. En las expresiones rotas de sus padres, Josh y Chloe, entendió que algo no iba bien. Y cuando vio entrar a Alejandro, destrozado, lo supo antes de que pronunciara una sola palabra.

Entonces deseó no haber despertado; consumida por la culpa que le atravesó el pecho como una hoja afilada.

El aire frío de la habitación le erizaba la piel. Permanecía inmóvil, con la mirada fija en un punto sin verlo realmente, mientras el recuerdo de aquella mañana de Navidad junto a Marcos volvía a su mente.

Alejandro cruzó la puerta frotándose el puente de la nariz, intentando calmar un dolor de cabeza persistente. Las ojeras le hundían la mirada. Llevaba días sin abandonar el hospital, instalado prácticamente en la habitación de su hermano. Shery caminaba a su lado, sosteniéndole la mano con firmeza, como si ese contacto le impidiera desmoronarse.

—Serena… —empezó Alejandro, deteniéndose junto a la cama. La voz se le quebró antes de continuar—. El estado en el que Marcos entró al quirófano era mucho más grave de lo que imaginábamos.

Tragó saliva, obligándose a seguir.

—Sufrió un hemotórax a tensión severo. La sangre y el aire estaban comprimiendo sus pulmones y desplazando el corazón. Cuando llegó, apenas podía respirar. Entró en shock hipovolémico crítico… perdió demasiada sangre durante el traslado.

Serena se llevó la mano temblorosa a la boca.

—Hubo momentos en que la presión cayó tanto que pensaron que lo perdíamos —continuó Alejandro, cerrando los ojos con fuerza un segundo—. Tuvieron que transfundir varias bolsas y colocar drenajes de urgencia. Su cuerpo prácticamente se apagó para sobrevivir.

Las lágrimas terminaron por vencerlo. Josh se acercó por su derecha y lo sostuvo antes de que las piernas le fallaran.

Nathan tomó la palabra intentando mantenerse firme, aunque el dolor impregnaba cada sílaba.

—Los golpes y la puñalada le provocaron contusiones internas importantes. Hay inflamación en tejidos profundos y riesgo de complicaciones respiratorias. Por eso continúa con soporte.

Shery intervino con cautela.

—También presenta edema cerebral. No por los golpes, sino por la falta de oxígeno y el estrés extremo al que fue sometido su organismo. El cerebro reaccionó inflamándose. Por eso decidieron sedarlo. Y aunque retiren la medicación, no despertará de inmediato… al menos hasta que la inflamación disminuya por sí sola.

El silencio que siguió fue insoportable.

Serena cerró los ojos con fuerza. El dolor de cabeza martilleaba detrás de sus sienes, y la presión en el pecho le comprimía la respiración hasta doler.

—Llévenme con él. Necesito verlo —pidió finalmente, con la garganta áspera.

—Estrellita, el médico dijo que no puedes moverte todavía. Tienes que guardar reposo por la muñeca y la conmoción —respondió Nathan con suavidad, intentando razonar.

Ella negó con determinación, mientras las lágrimas silenciosas seguían descendiendo por su rostro.




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