Creciendo Juntos [bilogía Bajo el mismo cielo •1]

Capítulo 17

Estos últimos dos días se habían hecho eternos para todos; pero, en especial para Serena. Las pesadillas se volvían recurrentes, despertándola a medianoche con el corazón desbocado.

Al rayar el alba, la habitación cuatrocientos quince se encontraba sumida en un silencio denso.

En la penumbra que las envolvía, mientras Chloe dormitaba en el sillón junto a la cama, Serena se agitaba inquieta de un lado a otro, sintiendo cómo se ahogaba en una pesadilla de la que no lograba despertar.

—No te la lleves, por favor; haré lo que me pidas, pero no le hagas daño —suplicó, con la voz trémula.

Chloe despertó sobresaltada, con el corazón galopándole en el pecho, dejando caer al suelo la manta que la cubría.

—Mi vida… —musitó, apartando con manos temblorosas los mechones rebeldes pegados al rostro de su hija por una fina capa de sudor frío.

—¡Vete, Valeria, corre! —gritó, negando con la cabeza una y otra vez.

—Shh… todo terminó —susurró, dejando un suave beso en la frente de Serena—. Mamá está aquí, cielo. Todo irá bien.

Serena permanecía atrapada en la pesadilla, de la que parecía incapaz de salir.

—Fui yo quien te abandonó… Pégame a mí, pero no te lleves a mi hija… —imploró entre sollozos.

De repente, su mano se cerró en un puño con fuerza; su pecho subía y bajaba con dificultad, intentando recuperar el aire que no terminaba de llegarle a los pulmones.

—¡No! —chilló, incorporándose bruscamente.

Dejó escapar un siseo de dolor por la punzada en el brazo escayolado, cubriéndose el rostro al romper en llanto.

—Valeria… —susurró, en un hilo de voz.

Compungida, su madre rozó su coronilla con un delicado beso y comenzó a peinarle el cabello hacia atrás, deslizándolo con movimientos pausados y suaves. Se limitó a guardar silencio. Cuando los sollozos de su hija empezaron a apaciguarse, la atrajo hacia sí y la envolvió en un abrazo cálido y reconfortante.

Solo entonces, Chloe, muy bajito, casi inaudible, empezó a tararear la misma melodía que le cantaba de niña cuando los truenos la despertaban en mitad de la noche.

—Tranquila, cariño… estoy aquí contigo. Valeria sigue dormida; si quieres, llamamos a papá antes de que la lleve al colegio, ¿sí? —murmuró al fin, rodeándola por los hombros con cuidado de no hacerle daño en el brazo.

Serena solo asintió, con un brillo significativo en los ojos humedecidos.

—Los médicos no pasarán hasta dentro de un rato. Necesitas descansar; intenta dormir un poco más —sugirió Chloe, ahuecándole la almohada y elevando ligeramente la cabecera para que estuviera más cómoda.

—No puedo… —susurró Serena, negando, con el miedo aún presente en la mirada—. No puedo volver a dormir.

—Está bien… no tienes que hacerlo —respondió su madre en voz baja—. Quédate despierta conmigo, ¿sí?

Un silencio prolongado se instaló en la habitación, roto únicamente por los pitidos lejanos de algunos monitores en el pasillo y el zumbido constante del aire acondicionado. Serena aceptó la ayuda de su madre, que, al recostarla, la arropó con sumo cuidado.

—Fue… fue horrible… —tartamudeó Serena al cabo de un rato.

—¿Te apetece contármelo? —ofreció Chloe, esbozando una leve sonrisa—. A veces ayuda compartir la carga.

Serena tardó un momento, con la mirada perdida en la pared frente a la cama, donde una pequeña grieta en la pintura trazaba un camino sin sentido.

—Volvía a estar en la cocina, el día de Navidad, cuando regresamos a casa… pero despertaba en el suelo, con un dolor punzante en el cuerpo y ese sabor metálico desagradable en la boca —tragó saliva con dificultad—. Escuchaba llorar a mi pequeña… —su voz se quebró a mitad de la frase—. Vi cómo la agarraba del cabello antes de echársela al hombro, como si fuera un saco de patatas. Le dio una bofetada para que se callara.

Cerró los ojos con fuerza y su mano temblorosa apretó la sábana.

—Le rogué que la dejara… que no se la llevara. Intenté correr detrás de ellos cuando salió por la puerta, pero no lograba avanzar. Era como si los pies se me hubieran quedado pegados al suelo.

Rompió a llorar de nuevo, con sollozos más profundos que sacudían todo su cuerpo.

Chloe le apretó la mano con suavidad, con una mezcla de cariño y preocupación.

—Ya pasó, cielo… —susurró con dulzura—. Ahora estás a salvo. Ya no tienes que vivir con ese miedo.

Sintió cómo un peso invisible abandonaba sus propios hombros al decirlo en voz alta.

Serena levantó la vista, angustiada.

—¿Qué pasó con…?

—No te preocupes por eso —la interrumpió su madre, con un ligero apretón de manos—. Nathan se está encargando de todo. Sabes que por ti hará lo necesario para que ese hombre no vuelva a pisar la calle.

Sonrió, intentando transmitirle paz, aunque el agotamiento se persivía en sus ojos.

—Pensé que volvían a Chicago por lo de los médicos de Emi —comentó Serena, algo más calmada.

—También por eso —asintió Chloe, guiñándole un ojo con complicidad—. Tienen que dejarlo todo listo antes de que llegue ese bebé.

—¿Volverá? —preguntó Serena con timidez.

Su madre soltó una risita baja.

—¿De verdad tienes que preguntarlo? Te a recuperado, sabes que tú hermano te adora, algo me dice que vendrá cada vez que su trabajo y su nueva vida como padre se lo permitan.

Ambas rieron al unísono.

Chloe se detuvo a observar a su hija unos segundos, con una pregunta no formulada en sus ojos. Su pulgar comenzó a acariciar distraído el dorso de la mano de Serena.

—Cielo… —empezó con un deje de preocupación—. ¿Cómo te sientes de verdad?

Serena la miró, con el ceño fruncido.

—No solo por Noah —aclaró Chloe en voz baja—. Por el nuevo bebé… Por Marcos…

Serena bajó la vista hacia sus manos entrelazadas.

—No estoy segura… —admitió en un susurro—. Mamá… ¿crees que el destino existe? Y si existe, ¿crees que algunas historias ocurren porque tienen que ocurrir?




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