El frío de enero empañaba las ventanas. Fuera, Evergreen despertaba lentamente, envuelta en una ligera niebla que se disipaba con los primeros rayos de sol. Dentro de la habitación del hospital, en cambio, el tiempo parecía haberse detenido.
Tras haber pasado una mala noche, Marcos dormía semiincorporado en la cama, con la cabeza ligeramente ladeada sobre la almohada. Alejandro, bajo la luz tenue del único foco encendido, doblaba con cuidado la ropa de su hermano y la suya propia, guardándola en la mochila que sus padres habían dejado la tarde anterior. Los médicos les habían avisado entonces de que, si todo seguía bien, le darían el alta a primera hora.
Como apenas eran las ocho de la mañana, Alejandro dio un último vistazo a su hermano y, comprobando que seguía descansando, entró al baño para lavarse la cara con la intención de despejarse antes de que comenzara la ronda de los doctores.
Un cuarto de hora más tarde, había casi terminado de guardar sus pertenencias en el neceser cuando creyó escuchar un ruido al otro lado de la puerta. Salió secándose con una toalla, convencido de que eran los médicos, pero, al levantar la vista, se encontró con la mirada cansada de su hermano.
—¿Te he despertado? Lo siento —murmuró, guardando el neceser.
Marcos negó con la cabeza, humedeciéndose los labios antes de conseguir hablar. La voz seguía siendo un poco grave y ronca, pero se notaba cierta mejoría respecto a los días posteriores al despertar.
—Ya… estaba despierto —dijo, tragando saliva con dificultad—. Por favor, necesito… necesito agua.
Sintió un golpe de tos que le torció la expresión en una mueca de dolor.
Alejandro se acercó rápidamente con un vaso.
—Con calma, hermanito —indicó, acercándole la pajita a la boca con cuidado.
Dando unos cuantos sorbos, Marcos cerró los ojos con alivio, echando la cabeza hacia atrás sobre la almohada. Era completamente consciente de que había perdido casi diez kilos y la atrofia muscular se lo estaba poniendo más difícil, porque se fatigaba con mayor rapidez.
—Gracias —dijo Marcos, abriendo los ojos, con una voz grave apenas reconocible.
Tres golpes suaves sonaron en la puerta.
TOC, TOC, TOC.
—Adelante —respondió Alejandro.
El primero en entrar, al abrir, fue el cirujano Harris, con la expresión seria pero tranquila que siempre lo acompañaba. Detrás se encontraba el doctor Arévalo, quien llegaba con una carpeta bajo el brazo y una cálida sonrisa. La enfermera Marta, que cerró la puerta tras de sí, traía consigo la bandeja con el desayuno.
—Buenos días, chicos —saludó el cirujano, tomando la carpeta que le tendía Arévalo—. Veo que el paciente sigue mejorando —murmuró, revisando los informes, hasta que alzó la vista y miró a Marcos—. Has recuperado algo de color; eso es buena señal.
—¿Cómo te encuentras hoy? —preguntó el doctor Arévalo, acercándose unos pasos hacia la cama, con las manos en los bolsillos de la bata.
—Más o menos. Me duele un poco la cabeza y apenas consigo dormir por la incomodidad —admitió Marcos, con voz áspera.
—Es normal. Veremos qué podemos hacer con el dolor de cabeza —respondió Arévalo. Revisó su reloj de muñeca—. Casi es la hora de tu medicación. ¿Cuánto te duele, del uno al diez? ¿Crees que puedes aguantar hasta tomar los analgésicos?
—Un cinco. Puedo esperar.
—Mantén los ojos cerrados; bajaremos las persianas para que no te moleste la luz. Pero ahora toca revisar cómo va la cicatriz —indicó Arévalo.
Marcos asintió.
Tenía mala cara: los ojos hundidos y había recuperado parcialmente su color, cierto; pero se veía agotado. Quiso incorporarse un poco más por su cuenta, pero un tirón en el costado lo hizo detenerse por completo. Alejandro apoyó la palma de la mano en la espalda de su hermano para mantenerlo erguido, mientras elevaba el cabecero con los controles de la cama, para mayor comodidad. Marta se acercó y le colocó mejor la almohada.
—¿Cómo ha pasado la noche? —Harris clavó sus ojos en Alejandro.
—Estuvo dando vueltas hasta las cuatro de la madrugada —se frotó las sienes, extenuado—. Se quejaba de un dolor punzante en el costado al querer dormir de lado y de la espalda.
Mientras tanto, Marta acomodaba en la mesita auxiliar el desayuno: un plato con una dieta semiblanda, media tortilla francesa, puré de manzana y manzanilla para asentar el estómago.
—Revisemos la curación de la cicatriz ahora, antes de que empieces a comer —sugirió Arévalo.
Alejandro retrocedió unos pasos, inquieto, con los brazos cruzados, para dejarles espacio.
—Te abriremos la bata, Marcos. Sentirás el metal frío. Avísame si el dolor se vuelve insoportable —explicó Arévalo, desatando los lazos superiores.
Cuando la tela cayó a ambos lados, el pecho de Marcos quedó al descubierto. Alejandro sintió su corazón encogerse y la necesidad de apartar la vista unos segundos, conteniendo las lágrimas al ver mejor la larga línea violácea que surcaba el torso de su hermano.
Arévalo acercó el estetoscopio. El contacto helado del metal hizo que Marcos se estremeciera, apretando la mandíbula.
Editado: 02.08.2026