Cree en mí

Situaciones Inesperadas

JETT MORRISON

Desperté con sueño e irritado ya que Lucy gritó muy emocionada a tal punto de despertarme y no sólo a mí, también a Sara.

—Lucy…—agarre mi teléfono con pereza y vi la hora.—Son las siete de la mañana ¿Qué quieres?

—¡Vamos al mar! ¡Hay que disfrutar! A eso venimos ¿no?

—Si, a esos venimos y créeme estoy igual de feliz pero aún es muy temprano al menos para mi. Déjame dormir otro rato…—dije con sueño mientras me tapaba con las cobijas y trataba de conciliar otra vez el sueño.

De pronto Lucy me quito las cobijas de encima y me amenazó con tirarse encima mío, pero todos sabemos que si lo llegará a hacer quién saldría perdiendo sería ella, así que para no ser malo me tuve que levantar de la cama y a lo que es rutina y de todos los días, pelearme con Lucy.

Además ¿Qué necesidad de despertarse temprano tenían? Osea según yo, venimos a calmarnos y relajarnos y para mí doce horas de sueño es más que satisfactorio. Sin decir que toda la madrugada el teléfono de Sara no dejó de sonar.

Mi mirada cansada se fue a la de Sara que solo miraba a Lucy con cansancio y sin ganas de levantarse, la verdad la entendía.

Seguía preocupado por ella, jamás la vi tan mal en toda mi vida, ni siquiera cuando por accidente se le perdió un libro en el autobús de su escuela. Créanme esa vez fue todo un desastre porqué lo peor es que justo lo perdió el mismo día que lo compró.

Se lo mucho que extrañaba a Clark pero ¿Qué podía hacer? Nada. Sin mencionar que ni siquiera se la razón por la que terminaron, ni él me quiso decir nada y ella solo me dijo que ya no se entendían. Y yo no soy tan estúpido como para creerme ese cuento.

Sin más, me fui a bañar rápido y al salir solo me puse un pantalón corto de mezclilla junto con una camisa blanca para no morirme de calor y sudar. Mientras me peinaba un poco mi cabello que estaba mojado y despeinado.

Ya después de verme presentable y que mis hermanas ya estuvieran listas, todos en familia salimos para irnos a desayunar a un café, donde no diré detalles pero me peleé con Lucy. Lo normal.

Pelear no es bueno, pero era algo nuestro de Lucy y yo, pelear era como decirnos te quiero y eso era mucho, con Sara era muy diferente, siempre fui más blando con ella y no porque la quisiera más, simplemente que no podía ser igual de odioso como con Lucy.

Dejando de fuera ese temita, después de ese desayuno algo aburrido e intenso nos fuimos a la playa, bajamos donde había muchísima gente, papá escogió un lugar con sombra y mis hermanas fueron a los baños a cambiarse para meterse al mar.

Mientras que yo solo me acostaba en la arena y mamá me miró con una cara de advertencia maternal de que no se me ocurriera acostarme, en fin, madres.

—Tu también vete a cambiar, te vas a llenar de arena la ropa.

Me levanté y le hice caso a mi mamá, si, aún teniendo diecinueve años le hacía caso a mi mamá como si fuera un niño de diez años. Sin embargo pasó el tiempo y ya estaba vestido adecuadamente, cuando vi el mar no pude evitar sonreír. Era tan lindo, el ruido de sus olas tan relajantes, la marea tan suave y la brisa increíble.

Miré a Lucy y ella tenía los brazos cruzados con una sonrisa retadora y sabía que significaba eso. Así que me quité mi camiseta para no sudar tanto y prepararme para correr hacia el mar, corrí y al llegar al mar salte de emoción por ganar.

Justo cuando me giré para verle la cara de perdedora ella estaba con los brazos cruzados con una sonrisa burlona, la miré confundido. Y sin darme cuenta, mis pies ya estaban enterrados en la arena, así que vino una ola pequeña pero fuerte hacia mi que me hizo perder el equilibrio y caer.

Y es cuando escuche como Lucy y mis padres morían de la risa mientras yo me sobaba irritado

—No se rían... —dije mientras me quitaba la arena de la cara con las manos—La arena no es tan suave como creen al menos no cuando te cae en la cara.

—O cuando te estrellas sobre ella—me respondió Lucy con burla.

Ya verás hermanita... Ya verás..

Puse los ojos en blanco, tratando de ignorar a Lucy y me fui por mi cubeta de esos para los niños. Me senté en la arena y comencé a hacer mi castillo de arena para relajarme y olvidarme de la caída épica que tuve.

Justo cuando terminé de hacer mi castillo de arena me puse muy feliz ya que se veía magnífica y miré a mi familia emocionado. No tenía ni idea del porque esto me emocionaba pero me hacía sentir muy bien.

—¡Miren, miren! —repetí emocionado.—¡Es un castillo de arena! ¿No les gusta? Porque a mí sí.—dije sonriente mirando a mi familia emocionado.

Obviamente todos me miraron pero la que me miró como si fuera todo un rarito era Lucy. ¿Por qué tenía que ser la amargada de la familia? Osea digo, ella todavía le hacía vestidos a sus muñecas y para lo que es peor es que siempre se está pica y pica con la aguja osea ni para eso es buena.

—Jett tienes diecinueve años y actúas como de diez, ya madura. —dijo la reina de la diversión poniendo los ojos en blanco y mirándome irritada.

Que aguafiestas…

Solo la mire irritado y me crucé de brazos porque sabía que iba a empezar a criticarme hasta que encontré la manera de molestarla y saque una sonrisa burlona.

—Miren quien lo dice, la que tiene casi la misma edad que yo pero está más amargada que un viejo de cien años.

—¡Jett, no soy amargada!—protestó.

—Aja y yo no soy un fanático de los dulces.—dije con ironía y poniendo los ojos en blanco.

—Idiota—me dijo mientras se cruzaba de brazos irritada.

—¿Sabes de que me he dado cuenta? Que cuando ya no sabes que decirme, me dices idiota.

¡Toma esa!

Solté una sonrisa victoriosa y volteé hacia atrás, sentí que me observaban y en definitiva así era, una hermosa chica de ojos color miel, morena y cabello rizado me estaba mirando con una gran sonrisa, acostada pero apoyándose de un brazo así que ignoré a mi hermana.

¿Por qué me miraba? Bueno eso no importaba ahora, al verla, nuestras miradas se encontraron y yo solo le sonreí amablemente y ella rápidamente desvió la mirada, fingiendo ver hacia otro lado.




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