Creer es caer

CÁPSULA DE TIEMPO

Observo el cielo y el tiempo se quiebra.

Las nubes grises, cargadas, de tonalidades oscuras, se iluminan al compás de relámpagos lejanos. El cielo brilla por instantes, infinito, idéntico. Demasiado idéntico.

No puedo evitarlo: ese color, esa luz violenta que corta la oscuridad, me arrastra sin permiso a otro momento, a otro yo.

Aquel día el cielo estaba igual.

Intento despejarme, diciéndome que solo es una tormenta anunciándose, pero la nostalgia se anida en mi pecho de forma inmediata, pesada, como si el pasado hubiese estado esperando esta señal para volver.

El aire se siente espeso, cargado de recuerdos que creí enterrados.

Ese fue el día en que Ángel se fue.

Mis padres me pidieron que la recogiera de camino a casa. Hoy sería el día en que volveríamos a encontrarnos después de años, y mientras observo el cielo repetir la misma escena, entiendo que nunca dejé de estar atrapado en aquel instante, en aquel lugar.

Se sentía extraño pensar que volvería a ver aquellos ojos tan intensos que, cuando éramos niños, me observaban constantemente. Mirara donde mirara o hiciera lo que hiciera, siempre estaban allí. Acompañados de esa sonrisa increíblemente molesta que me generaba un fastidio difícil de explicar.

Mis reacciones hacia ella nunca fueron las mejores.
Lo sé.
Con absoluta certeza sé que debía odiarme a estas alturas.

La última vez que nos vimos me entregó una pulsera. Había pasado el día entero creándola con esas manos pequeñas, torpes y dulces. Hizo un juego idéntico, del mismo diseño, pero de diferente color: una para cada uno.

Cuando llegó el momento de despedirnos y con las manos temblorosas, me ofreció su delicada creación, no pude evitar mirarla con desagrado y girar el rostro de mala gana. Ella insistió. Siempre insistía.

Tomó mi mano con emoción y colocó la pulsera en mi muñeca. Cerró el broche con fuerza entre sus dedos, como si temiera que escapara. Cuando me volví para ver qué estaba haciendo, me miró directamente a los ojos.

En su mirada había ilusión… y fuego. Casi gritó, incapaz de contenerse.

—Benjamín, quiero que tengas esta pulsera para que me recuerdes mientras no esté aquí contigo… volveré… pero mientras tanto, quiero que no me olvides.

Lo dijo con una fe que me incomodó profundamente.

Sabía que, de todos sus viajes, ese sería el más largo.
O quizás no solo el más largo… sino el último.
Aquel del que nunca volvería.

Su familia viajaba constantemente a Nueva York: su madre para hacerse cargo de las empresas, su padre para competir aquí en las carreras de motos. Pero esta vez era distinto. Él se retiraba del mundo motociclista y habían decidido reunir a la familia, que sus hijos terminaran sus estudios en la universidad estadounidense.

Esa posibilidad de que no regresara jamás, se instaló en mí como una certeza muda. Algo que no quise aceptar ni enfrentar. Me provocaba una opresión en el pecho, una incomodidad que preferí confundir con enojo. Era más fácil rechazarla que admitir que me dolía su partida.

Esa chiquilla irritante me estaba prometiendo algo que tal vez nunca cumpliría.
Yo lo sabía.
Ella no volvería.
Y yo… yo no podía permitirme esperarla.

Con una molestia que no sabía que era tan profunda, me zafé de su agarre y arrojé la pulsera al suelo.

—No pasará.

Le dije con dureza, ganándome su llanto y una mirada que todavía hoy me persigue

— No te esperaré… y no creas que te recordaré.

Se marchó corriendo para que no la viera llorar, aunque era inútil.
El cielo brilló con relámpagos, presagiando una gran tormenta.

Sin quererlo, me encontré mirando al suelo. Recogí esa tonta pulsera y la sostuve entre mis manos. Más enfadado de lo que quería admitir, me la coloqué en la muñeca. Tenía más encanto del que había querido reconocer.

Ahora, mientras le doy vueltas inconscientemente, una costumbre que adquirí cuando estoy nervioso, observo cada detalle. No entiendo cómo el color naranja logra recordarme su pelo, que parecía arder como fuego al viento.

Cumplió su cometido: en ningún momento pude olvidarla.

Quizás fuese una pulsera hechizada… y yo un simple mortal que cayó bajo el encanto de un conjuro hecho de recuerdos y promesas.

Mentiría si dijera que no recorrí los pasillos de mi casa corriendo cada vez que mi padre atendía el teléfono, gritando emocionado el nombre del tío Daimon. O si negara que preguntaba a mi madre, fingiendo apatía, si tenía noticias de cuándo volverían a España mientras hablaba con su mejor amiga Emma.

Nunca obtuve la respuesta que esperaba.

El tiempo pasó y, para que no doliera tanto, decidí arrancarla de mi mente. Guardé la pulsera en un cajón durante mucho tiempo… hasta darme cuenta de que no era la causa de mis pensamientos constantes sobre ella. Volví a colocarla en mi muñeca, convencido de que sin ella me sentía vacío, culpando a la costumbre de llevarla conmigo por un tiempo prolongado.

Ángel había sido una constante en mi niñez.
Y un recordatorio grabado a fuego de que no debía confiar en esos sentimientos que nacen del apego emocional. Como un tonto, caí en sus redes y me sentí miserable cada día desde su partida.

Aprendí a vivir con ese dolor.

Y ahora, después de años de dejar de esperarla, así de casual, como quien comenta el estado del tiempo, mi padre dijo esa mañana, con genuina alegría:

—Cuando vuelvas de la tienda, recoge a Ángel del aeropuerto. Llega como a las ocho, te dará tiempo de cerrar el local e ir hasta allí.

Lo dijo mientras se giraba para sacar las tostadas y servía jugo de naranja para llevarle el desayuno a mi madre. No se dio cuenta de que yo había quedado petrificado bajo el marco de la puerta, con las llaves suspendidas en el aire.

Mi garganta se secó, como si hubiese tragado cal.

Parpadeé varias veces, intentando asimilar lo que acababa de escuchar. Quizás estaba soñando… o atrapado en una pesadilla.




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