Creer es caer

ORBITA

Terminé mis estudios con honores.

Nunca me importaron demasiado los títulos, pero sabía que para mis padres significaban algo importante.

Fue ese logro el que me dio el premio que llevaba años esperando: viajar sola a España. Ellos no podían hacerlo todavía; el trabajo volvía a retenerlos en Nueva York, como tantas otras veces. Pero esta vez me dejarían ir.

Sola.

La idea de verme sentada en ese avión, rumbo al lugar donde siempre me había sentido completa, hacía que el pecho se me llenara de una ansiedad difícil de controlar. España no era solo un país. Era un recuerdo. Era una promesa. Era él.

Tomé la pulsera negra entre mis manos y la observé detenidamente.
Era una pieza hecha por mis manos pequeñas, torpes de niña, pero cargada de tantas emociones que aún hoy me estremecían. En cada vuelta que le daba a los hilos había deseado lo mismo: que se estiraran mágicamente, que nos unieran en la distancia, que se transformaran en un hilo imposible de cortar pese al tiempo y los kilómetros.

Me tomé un minuto para respirar. Para intentar asimilar los sentimientos que emergían de mí como un huracán desenfrenado.

La ansiedad me dominaba por momentos, sobre todo al recordar aquella última vez. Ese instante que se había quedado grabado en mí como una herida abierta.

Con un simple gesto, al lanzar la pulsera que había creado para él con tanto esmero, vi cómo pisoteaba mis sentimientos. Verlo arrojar al suelo, sin una pizca de emoción, aquella pieza cargada de todo lo que yo no sabía decir con palabras, hizo que las lágrimas llenaran mis ojos de forma inevitable.

No pude hacer otra cosa que huir.
Huí de él.
De su rechazo.

Quizás fui ingenua. Quise creer que su reacción había sido producto del dolor de la despedida y no del disgusto hacia mí. Me aferré a esa idea como a un salvavidas, aunque todo a mi alrededor alimentaba las dudas.

Tal vez, de verdad, yo no le gustaba.
Pero lo confirmaría a mi regreso.

Aun así, incluso siendo una niña, mis sentimientos siempre fueron claros como el agua calma. Nunca dudé. Ni por un solo instante. Mi corazón le pertenecía a ese chico hermoso de ojos apagados y rostro serio.

Desde que tengo memoria, recuerdo el dolor que me producía cada viaje. La espera interminable. Las despedidas. Y la esperanza constante de volver a tomar un avión que me llevara de regreso a él.

Siempre creí ver algo que brillaba en sus ojos negros, oscuros como la noche, cada vez que me observaba desde el coche cuando venía a buscarme con su padre al aeropuerto. Era distante, frío. Pero cada gesto mínimo que tenía conmigo, por insignificante que pareciera, me atraía como un imán.

Como aquella vez que caí y me lastimé las rodillas durante una carrera con una niña vecina. Ella me empujó por celos cuando yo iba ganando. Recuerdo vívidamente cómo él cruzó desde el otro lado de la acera. Observó con enojo a la niña que se reía de mí mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.

Sin decir una palabra, me levantó del suelo frío y duro. Sacudió las hojas que se habían adherido a mi vestido rosa, arrugado y manchado de musgo y tierra. Cuando vio el hilo de sangre que recorría mi rodilla y el raspón que ardía, frunció el ceño con enojo contenido. Miró a la niña con los ojos entrecerrados. Ella salió corriendo, presa del miedo.

Nunca fue un chico de muchas palabras.
Era cuatro años mayor que yo y, en aquel entonces, me parecía inmenso.

Se agachó frente a mí, se colocó en cuclillas y, con un movimiento rápido y seguro, me cargó en su espalda. Por inercia rodeé su cuello con mis brazos. Sostuvo mis piernas con firmeza y me llevó de regreso a casa.

Siempre fue reservado, callado. Pero ese silencio que lo rodeaba se volvió mi refugio frente a un mundo caótico y ruidoso.

Me dejó con cuidado sobre la silla del comedor y fue directo al armario a buscar el botiquín de primeros auxilios. Conocía mi casa como la palma de su mano. Vivíamos en casas vecinas, una al lado de la otra. Como algo salido de una historia cliché, la ventana de su cuarto daba justo frente a la mía.

Mis padres estaban haciendo unos recados y yo había quedado al cuidado de su mamá. Aun así, supuse que me llevó a casa para no alarmarla.

Con un puchero en los labios y lágrimas contenidas que no quería dejar caer, permanecí inmóvil mientras desinfectaba la herida. Sopló suavemente sobre mi piel. El ardor del alcohol y el contraste con la calidez de su aliento me dejaron suspendida en un vaivén de emociones.

Sin poder controlar lo que nacía en mi interior, me descubrí deseando que el tiempo se detuviera en ese instante. Toda su atención estaba puesta en mí. Todo su cuidado.

Era mucho más egoísta de lo que quería admitir.

Me gustaba que fuera tan retraído. Que no notara las miradas que las chicas del vecindario le dedicaban al pasar. Que no se diera cuenta de los suspiros que se escapaban cuando nadaba solo en el lago, bajo la atenta mirada de grupos que fingían tomar el té, peinarse o maquillarse al atardecer sin prestar atención a nada más que a él.

Nunca fue consciente de lo que provocaba. O quizá prefería no notarlo. Con su aura melancólica y su mirada oscura, parecía ajeno a lo mundano, como si nada lograra cautivarlo de verdad.

Y, aun así, yo siempre estaba en su órbita.

Caminaba a su lado y él ralentizaba el paso para que mis piernas pequeñas pudieran seguirlo. Me observaba desde su puerta hasta verme entrar segura en mi casa. Pasaba por mi heladería favorita solo para que yo pudiera comer uno, aunque a él no le gustaran y jamás probara un helado.

Me escuchaba parlotear sin parar cada vez que algo me parecía injusto o me enfadaba. Nunca fui una chica silenciosa. Él lo sabía. Y se quedaba a mi lado, sin apuro, como si su silencio complementara mi ruido, como si fuéramos dos piezas opuestas encajando a la perfección.

Pero cada viaje fue tensando nuestra relación.




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