Creer es caer

EL REENCUENTRO

Mis pensamientos se dispararon hacia Ángel desde el primer instante del día.

No importaba cuánto intentara concentrarme en otra cosa: su nombre aparecía sin aviso, arrastrando recuerdos que se abrían paso como una marea insistente. Imágenes sueltas de la infancia, de despedidas mal cerradas, de silencios que nunca supe interpretar. Todo se superponía sin orden ni tregua.

Eso hizo que la reunión con el comprador de arte fuera corta. Fugaz.

Rick se presentó con un apretón de manos firme, seguro. Era un hombre serio, distante, de mirada analítica. Se presentó así, sin rodeos, antes de entrar detrás de mí a la tienda iluminada en pleno centro de la ciudad.

A medida que retiraba las telas blancas que cubrían cada obra, noté cómo su expresión cambiaba. Sus ojos se iluminaban con cada lienzo revelado, deteniéndose en los detalles, recorriendo las texturas, las formas, las emociones que había volcado allí sin darme cuenta.

Cuando terminó, se giró hacia mí con una sonrisa amplia y sincera. Tomó mi mano nuevamente y selló el acuerdo sin dudarlo.

Presentaría la colección en un mes.

Era la cúspide de un largo recorrido como artista. Por primera vez podía decir, sin miedo ni falsa modestia, que todo el esfuerzo por plasmar mis emociones en los lienzos había dado frutos. Me dolía desprenderme de algunas piezas, pero el desapego se alzó como bandera. Decidí no guardar ninguna pintura por una emoción carente de sentido.

Sabía que tenía talento.
También sabía que mi perfeccionismo y mi inclinación por el arte abstracto hacían que cada proceso creativo tomara más tiempo de lo habitual. Pero nunca tuve prisa. La calma siempre me había guiado hasta donde estaba.

Como una broma cruel, lo último que lograba sentir ahora era calma.

No por el cierre del trato.
No por el paso enorme que impulsaba mi carrera.
No por el cambio que esto generaría en mi vida.

Sino por aquella chica a la que, en apenas unas horas, debía ir a buscar al aeropuerto.

Me sentía contrariado.

Pensé en escribirle a mi padre y pedirle que fuera él. Inventar alguna excusa torpe: un retraso, un atasco en la carretera. Cualquier cosa que me permitiera salir ileso de ese compromiso.

Pero sabía que sería inútil.

El reencuentro era inevitable.

Mis manos comenzaron a sudar y, sin darme cuenta, mis latidos se volvieron rápidos e irregulares. No me sentía preparado para volver a verla. Nunca lo estaría. Me había hecho a la idea de que no regresaría, y esa certeza autoimpuesta me había ayudado a sobrellevar las noches de insomnio y esa costumbre enfermiza de correr hacia la puerta cada vez que alguien golpeaba.

Más de una vez el cartero se llevó una sorpresa al encontrar a un niño de ojos ansiosos abriendo la puerta con una esperanza casi palpable.

Me prometí no esperarla.
Me negué a aceptar que volvería a verla, convencido de que así protegía mis sentimientos.

Hice un duelo.
Enterré todo lo que alguna vez vivimos.

Borré de mi memoria el sonido de su voz, el color radiante de sus ojos, el fuego de su pelo y el brillo de su sonrisa. Esa sonrisa que, en mi recuerdo, solo existía para mí.

Y ahora estaba aquí, forzándome a aceptar que regresaría.

No sabía qué esperar de todo esto. Solo sabía que nada me resultaba cómodo. Nada se sentía bien.

Sin darle más vueltas, miré la hora. Cerré la tienda y recorrí las calles rumbo a mi destino inevitable.

El aeropuerto estaba lleno de rostros, de abrazos ajenos, de reencuentros que no me pertenecían. Caminé entre la multitud con el pulso acelerado, buscando sin querer aquello que había evitado durante años.

Y entonces sucedió.

Aquellos ojos me buscaron desde la distancia.

Cuando se encontraron con los míos, un brillo inmediato de reconocimiento atravesó su rostro. Como si estuviéramos conectados por un hilo invisible, sus labios se ensancharon en una sonrisa increíblemente genuina. Una sonrisa cargada de felicidad acumulada, intensa, verdadera.

Quedé petrificado. Como si Medusa hubiera atrapado mis ojos y convertido mi cuerpo en piedra. Así se sintió el peso de esa sonrisa y de esa mirada cayendo sobre mí sin aviso, dejándome sin aire.

Me negué a aceptar que estaba sumergido en una neblina espesa que no me permitía pensar con claridad… hasta que, sin entender cómo, me sentí en casa dentro de esos ojos inmensos y profundos.

Claros. Como un mar en calma que anuncia la tempestad.




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