No sé en qué momento ni cómo sucedió, pero dejé de escuchar el ruido a mi alrededor.
Las voces, las ruedas de las valijas, los anuncios por altavoz… todo siguió existiendo, lo sé, pero ya no llegaba hasta mí. Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo y me hubiese dejado suspendida en un silencio espeso, irreal.
De pronto solo estábamos él y yo.
Como si la multitud se hubiera corrido apenas para dejarnos solos en medio de todos.
Y entonces lo vi.
Lo reconozco al instante, de pie a unos pasos frente a mí.
Me recorren mil emociones de golpe, desde el pelo hasta la punta de los pies, como una sacudida imposible de controlar. El caudal de emociones que se abre al verlo parado allí amenaza con desbordarse.
Mis labios me traicionan y una sonrisa, de esas que duelen, se forma sin que pueda evitarlo.
Es él.
Siempre fue él.
Nada me pasó desapercibido. El modo en que su pelo cae desprolijamente sobre la frente, dándole un aire de jovialidad despreocupada que contrasta con la tensión marcada de su mandíbula.
Lo varonil de sus facciones se acentúa cuando aprieta los dientes, y mi mirada, indisciplinada, recorre sin permiso sus labios, su nariz afilada, esos ojos negros y profundos que me atraviesan como si aún supieran leerme.
Lleva una chaqueta de cuero negra y una camiseta blanca pegada al cuerpo, tan ajustada que delata cada músculo de su pecho y la firme definición de su cintura. Los vaqueros negros, gastados, y las botas del mismo color completan ese aire de chico malo, peligroso, irresistible.
Y sin poder evitarlo, pienso —con una mezcla de pudor y descaro— que el vestido que elegí no fue casualidad.
La seda negra, sencilla, ceñida a cada curva de mi cuerpo, parece hecha para combinar pecaminosamente con él.
Doy un paso al frente.
Intento parecer más segura de lo que estoy, pero mis piernas me traicionan. El equilibrio se rompe y avanzo torpemente, inestable, insegura, hacia donde él se encuentra.
Mi rostro debe haber reflejado mi preocupación, porque sus ojos se ensanchan al instante. Se mueve impulsado por el miedo que, sin duda, también debe estar reflejándose en los míos.
No era así como imaginaba la primera impresión después de tantos años.
No cayendo a sus pies, como una cruel broma del destino.
De no ser por su rapidez, habría terminado en el suelo.
Su mano toma mi hombro con fuerza mientras la otra va directa a mi cintura, firme, segura, estabilizándome en un santiamén.
El mundo se detiene.
Mis ojos deben reflejar la sorpresa que me provoca su contacto.
Sus manos se sienten como fuego sobre mi piel, incluso a través de la fina tela del vestido que intenta —sin éxito— servir de escudo entre su mano y mi cuerpo.
Una electricidad nos recorre por completo.
Intensa.
Peligrosa.
Inesperada.
Lo siento.
Y sé que él también.
Porque algo cambia en su mirada.
El aire se vuelve escaso.
Nuestros cuerpos se tensan.
Y entonces —
me suelta de golpe.
Como si soltar fuera una forma de sobrevivir.
Como si tocarme hubiera sido un error que necesitaba corregir de inmediato.
Sus manos se apartan casi bruscas, como si el contacto lo hubiese quemado. En sus ojos se desbordan emociones sin nombre durante un segundo que dice demasiado.
Como si nada hubiese ocurrido, aquel fuego y esa intensidad que amenaza con consumirnos se esfuma, apagada por el hielo que lo domina.
Se gira apenas, recuperando la compostura, y me saluda con un simple asentimiento de cabeza.
Frío.
Correcto.
Distante.
Y aun así… sé que sintió lo mismo que yo.
Sin decir una sola palabra, con la pena grabada en mi rostro, lo sigo. Me aferro a mi bolso como si fuera un salvavidas y arrastro el equipaje detrás de mí. Cada paso pesa.
Como todo un caballero —aunque no quiera admitirlo— observa mis movimientos y toma la gran maleta que venía arrastrando. Sus gestos son precisos, contenidos, medidos.
Necesitaba escuchar su voz.
Mi mente me juega una mala pasada y la imagino. Me permito recordar cómo sonaba… o cómo creía que sonaría ahora. Mis sentidos se agudizan y, en mis oídos, me concedo el lujo de oír mi nombre en sus labios, como si fuera real.
Siempre tuve una gran imaginación.
Pero no le hace justicia.
Porque cuando finalmente lo escucho, cuando aquella voz grave y varonil rompe el silencio —ligeramente áspera por la incomodidad de dirigirse a mí— me quedo sin aliento.
—Cuidado —dice de forma cortante.
Su mano vuelve a mí apenas un segundo, lo justo para moverme hacia un lado cuando un tumulto de gente avanza sin mirar, a punto de aplastarme.
El contacto es breve.
Preciso.
Casi impersonal.
Y aun así me atraviesa por completo.
Mi corazón reacciona tarde.
No por la gente.
Por él.
Se aparta rápido, como si temiera quedarse un segundo de más. Como si tocarme fuera un error que no está dispuesto a cometer.
Yo me quedo quieta, intentando recomponerme, con la sensación de que todo mi cuerpo sigue vibrando donde estuvo su mano.
Con vergüenza, lo sigo hasta su auto.
Respiro hondo mientras camino detrás de él, preparándome mentalmente para lo inevitable: entrar a solas con él, compartir ese espacio reducido, ese silencio cargado, durante el trayecto a casa.
No sé qué decir.
No sé qué callar.
Solo sé que ese viaje tiene el poder de desarmarme por completo…
y aun así, no deseo estar en ningún otro lugar.
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Editado: 15.02.2026