Creer es caer

SU LLEGADA

El silencio dentro del auto es denso.

No es un silencio tranquilo, es de esos que pesan.
Que se mete bajo la piel y aprieta el pecho.

Siento cada movimiento con una intensidad absurda: el roce del cinturón al acomodarse, el leve crujido del asiento cuando cambia el peso de su cuerpo, mi propia respiración demasiado consciente.

No sé dónde poner las manos, no sé dónde mirar.

Manejar, de pronto, parece una tarea que exige más concentración de la habitual. Como si cualquier distracción fuera a delatarme.

Necesito romper esto.

Lo que sea, cualquier cosa.

Prendo la radio, mala idea.

De los parlantes brota una canción romántica, lenta, cargada de palabras que preferiría no escuchar ahora.

Aprieto la mandíbula, tenso.

Por el rabillo del ojo noto cómo sus labios se curvan apenas, dibujando una sonrisa contenida mientras gira el rostro hacia la ventanilla, fingiendo interés en la calle que pasa.

Ese gesto, tan simple, me permite mirarla sin que me descubra.

O al menos eso quiero creer.

El auto se llena de un aroma increíblemente rico.

Mis fosas nasales lo capturan de inmediato y, sin quererlo, inspiero más profundo.

Es suave, cálido, con un dejo de dulzura que no empalaga.

No invade…Acompaña.

Quiero grabarlo en mi memoria, anclarlo.
Como si pudiera guardarlo para cuando vuelva a necesitarlo.

Va perdida en sus pensamientos y yo intento no recriminarme por cómo me aparté de ella antes.

No quería cercanía, pero tampoco pretendía asustarla.
Ni que pensara que soy más extraño de lo que seguramente ya cree.

Decir que se ve hermosa sería una revelación tardía.

La verdad es que es una obra de arte … Y yo conozco el arte.

Su piel blanca contrasta con el vestido negro que se ajusta a su cuerpo con una elegancia peligrosa. Las botas hacen que la vista se pierda inevitablemente en sus piernas largas, delicadas…

Una invitación al pecado mismo.

Me cuesta creer que esos recuerdos difusos que conservaba pertenezcan a la misma chica que ahora viaja a mi lado.

Recordaba el color de sus ojos.
El de su pelo, sin dudas.

Pero mi memoria se quedó corta.

Le quitó vida a la intensidad, a la belleza real.

Carraspeo sin querer, la garganta se me secó hace rato.

El sonido rompe el silencio, ella gira el rostro hacia mí.

Un segundo.
Dos.

Suficiente, mi pulso se acelera.

Luego vuelve la vista al frente.

Pasa un instante eterno antes de que se anime a hablar.

Y cuando lo hace— un escalofrío me recorre la espalda, no estaba preparado para eso.

No esperaba que, con el paso del tiempo, su voz se volviera así.

Más grave.
Más suave.
Más mujer.

Tan capaz de desarmarme con una sola frase.

Y entiendo, demasiado tarde, que este viaje no va a ser fácil.

Para ninguno de los dos.

—No cambió tanto esto… —dice al fin, con suavidad—. Sigue viéndose y sintiéndose igual.

Su voz cae en el interior del auto como una gota en agua quieta.

Simple, inofensiva.

Y aun así, mi corazón pierde el ritmo.

No habla de la ciudad, habla de nosotros.

Del lugar al que volvió, de algo que, para mí, nunca dejó de existir.

Aprieto el volante más de lo necesario.

Los nudillos se me ponen blancos.

—Supongo que… hay cosas que no se van.

Respondo automático.
Seco.
Sin mirarla, aunque uno lo intente.

Mala elección.

Demasiado honesta, demasiado cerca.

El silencio que sigue es distinto.

Cargado… Vivo.

Mi pulso se acelera, errático, como si no supiera hacia dónde correr.

Siento el latido en la garganta.
En las sienes.
En las manos.

Todo en mí reacciona antes de que pueda ordenar una sola idea coherente.

No mires.
No respires tan hondo.
No recuerdes.

Pero ya es tarde, porque por el rabillo del ojo veo cómo ella sonríe apenas.

Como si esa frase hubiera confirmado algo que siempre supo.

Y esa sonrisa, pequeña, tranquila… hace más ruido que cualquier canción romántica.

El aire se vuelve escaso, el pecho aprieta demasiado.

El auto se detiene. Gracias a Dios.

Salgo casi de inmediato,demasiado rápido para ser natural.

Abro la puerta como quien huye de un incendio invisible, como si el aire dentro ya no fuera suficiente.

Necesito espacio, frío, aire, cielo.

El cielo.

Al levantar la vista, las nubes se mueven lentas, pesadas, amenazando tormenta.

Resoplo sin pensarlo.

—Genial… hasta el cielo se puso dramático hoy.

Más para mí que para ella.

Agarro su maleta evitando mirarla, fingiendo normalidad con la torpeza de quien claramente no la tiene.

Porque si me quedaba un segundo más dentro de ese auto, con su voz, su perfume,su silencio que decía demasiado... no sé si habría sabido cómo salir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.