El auto se detiene frente a la casa de Benjamín.
Yo no bajo enseguida.
Me quedo quieta, observando desde allí mi propio hogar, apenas unos metros más adelante. La silueta conocida, la fachada intacta, las ventanas que guardan más recuerdos de los que podría contar.
El corazón me da un vuelco.
Miles de imágenes se superponen en mi mente: risas, despedidas, maletas, abrazos apurados, promesas hechas al oído antes de subir a un avión.
Nada parece haber cambiado.
Y al mismo tiempo, todo es distinto.
Escucho el sonido de una puerta abriéndose y giro el rostro.
La casa de Benjamín cobra vida de golpe.
De ella salen dos figuras que no necesito reconocer.
Mi tío Lucas y mi tía Karen.
No son mis tíos de sangre, pero el cariño que desarrollé por ellos a lo largo de los años es inmenso, profundo, irremplazable. Fueron parte fundamental de mi niñez en España, tanto para mis padres y mi hermano como para mí.
Su casa siempre fue un refugio.
Su presencia, una constante.
No lo pienso.
Bajo del auto y corro hacia ellos con una sonrisa genuina que me nace del alma.
Los dos extienden los brazos al mismo tiempo, entrelazando una mano entre sí y dejando las otras libres para rodearme con fuerza. Me envuelven, me aprietan, me devuelven un pedazo de hogar que no sabía cuánto necesitaba.
—Por favor… dime que de verdad eres nuestro Ángel —dice Lucas, con la voz quebrada y los ojos vidriosos por la emoción.
Karen me toma el rostro entre sus manos, como siempre. Como si el tiempo no hubiera pasado. Me deposita un beso sonoro en la frente, ese gesto suyo que se repite cada vez que vuelvo de Nueva York.
—Tíos… gracias por recibirme otra vez —digo, con la voz apretada.
Sin querer, mi mirada lo busca. Benjamín está allí.
Observando la escena con una apatía que duele. Como si quisiera restarle importancia al momento. Como si no le perteneciera.
Sin decir nada, toma mi maleta y se apresura a entrar a la casa, no lo detengo.
Aunque una parte de mí quisiera hacerlo.
Sé que esta noche dormiré en mi propia casa. Aunque más tarde deba llevar mis pertenencias, no quiero interrumpirlo ni molestarlo más de lo que ya siento que lo hice.
—Tenemos la habitación libre —dice Karen casi de inmediato—. La de siempre. Está lista.
La miro y sonrío con ternura, pero niego despacio.
—Gracias… de verdad.
—Pero no. Voy a quedarme en casa.
El gesto de ambos cambia al instante.
La alegría se transforma en preocupación genuina.
—¿Sola? —pregunta Lucas, frunciendo el ceño—. Ángel, recién llegás. No es buena idea.
—La casa estuvo cerrada mucho tiempo —agrega Karen—. Y es de noche…
Intento restarle importancia, pero no logro convencerlos.
Se miran entre ellos, como si estuvieran evaluando una solución urgente.
Hasta que Lucas chasquea los dedos.
—Ya está —dice—. Benjamín puede quedarse contigo esta noche.
El mundo se detiene.
Mi corazón se frena un segundo.
Y después da un salto brutal en mi pecho.
No, eso no.
No temía por mi seguridad junto a Benjamín. Nunca lo hice.
Temía por mi dignidad.
Karen asiente de inmediato, convencida.
—Claro que sí. Así nos quedamos tranquilos.
Abro la boca para decir algo.
Cualquier cosa, pero las palabras no salen.
Mi mente corre más rápido que mi voz.
Podría negarme, debería negarme.
Pero no lo hago. Porque, en el fondo, sé algo.
Benjamín será quien se niegue.
Lo imagino rechazando la idea con la misma frialdad con la que me miró en el aeropuerto. Poniendo distancia. Levantando un muro más.
Y esa certeza, absurda e ingenua, me tranquiliza.
Así que dejo que las cosas sigan su curso.
No protesto, no afirmo, no niego.
Confío en que será él quien diga que no.
Sin saber, todavía, que esta vez…Benjamín también está a punto de fallarse a sí mismo.
#3441 en Novela romántica
#153 en Joven Adulto
amor, drama amistad dolor tristeza y perdida, romance corazn roto
Editado: 15.02.2026