La cena avanza envuelta en una calidez medida, casi cuidadosa.
Lucas y Karen hacen preguntas, recuerdan anécdotas, intentan llenar los espacios con palabras suaves, de esas que no exigen demasiado. Yo respondo cuando me toca, sonrío lo justo, escucho.
Benjamín apenas habla.
Come en silencio, con movimientos precisos, contenidos, como si cada gesto estuviera bajo control. Como si el simple acto de llevar el tenedor a la boca requiriera concentración.
Hasta que Karen deja los cubiertos sobre el plato.
El sonido es mínimo.
Pero suficiente.
—Como lo hablamos, no queremos que te quedes sola en tu casa —dice con firmeza, sin dejar lugar a réplica—. Por lo que Benjamín se quedará contigo esta noche.
Benjamín se atraganta.
Literalmente.
El aire se le queda atrapado en la garganta mientras tose, carraspea y lleva el vaso a los labios con torpeza, intentando disimular el sobresalto. Sus ojos se clavan en el plato, como si allí pudiera encontrar una explicación lógica.
Una salida.
El silencio cae pesado sobre la mesa. Su corazón comienza a latir desbocado.
Demasiado rápido, demasiado fuerte.
La mente corre. Busca excusas. Argumentos. Cualquier frase que lo saque de esa situación sin quedar expuesto.
Nada suena bien, nada es suficiente.
Como hombre, sabe que no se perdonaría si algo le pasara a Ángel estando sola. Sus padres tampoco lo harían.
Y esa idea pesa más de lo que quiere admitir.
Mira a Lucas. Luego a Karen.
La desaprobación empieza a asomar en sus rostros ante su tardanza en responder. Ángel permanece en silencio, observando con atención contenida.
Y entonces, antes de poder ordenar sus pensamientos, su lengua lo traiciona.
—Yo… puedo quedarme.
Las palabras salen tensas. Ásperas.
Se le forma un nudo en la garganta y el corazón le golpea el pecho con una fuerza que no recuerda haber sentido antes. No sabe qué esperar de esa noche. No sabe si está preparado para compartir ese espacio con ella.
Para escapar de la incomodidad que lo invade, se levanta de golpe.
—Voy a buscar sus cosas —agrega—. Para llevarlas a su casa.
Sale del comedor con pasos rápidos, casi huyendo.
Lucas y Karen intercambian una mirada cargada de preocupación. Karen suspira y, sin poder evitarlo, lo mira con pena.
Benjamín regresa sobre sus pasos.
Decidido a retractarse, a decir que lo pensó mejor, que no es buena idea.
Se detiene al escuchar voces desde el comedor. La puerta está entreabierta.
—Lamentamos que Benjamín sea tan distante —dice Karen con pesar—. Lo hemos intentado todo. Pensamos que con el tiempo se adaptaría, que lograría ser alguien más sociable… nunca perdimos la esperanza.
Benjamín se queda inmóvil.
Lucas toma la mano de su esposa y le sonríe con tristeza.
—Aprendimos que esa frialdad es parte de él —agrega—. Y nos adaptamos nosotros. No queríamos forzarlo a ser alguien que no es. Esperamos que no te disguste su compañía… no es una mala persona. Solo es difícil de comprender.
El cuerpo se le tensa.
Ese peso viejo se instala en el pecho.
El conocido.
El que aprendió a cargar sin protestar. Está a punto de marcharse cuando escucha su voz.
—No tienen que disculparse.
Benjamín se queda quieto.
—Benjamín nunca fue frío conmigo —continúa Ángel, con una suavidad que sorprende a todos.
El aire se detiene.
—Fue silencioso… pero en ese silencio siempre encontré cuidado. Nunca me hizo sentir sola, ni siquiera cuando lo estaba.
Lucas y Karen se miran, sorprendidos.
—A veces —dice— las personas que menos dicen son las que más sienten.
Solo que aprendieron muy temprano a guardarlo todo.
El aire se vuelve espeso. Benjamín no se mueve.
No respira igual.
Una calidez desconocida le recorre el cuerpo, desde el pecho hasta las extremidades. Algo se abre. Algo cede. Sus ojos se humedecen sin aviso.
No recuerda la última vez que alguien habló así de él.
Ni la última vez que alguien lo vio de esa manera.
Y por primera vez en mucho tiempo…la dureza que lo protege tiembla.
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Editado: 15.02.2026