Creer es caer

LA NOCHE NO OLVIDA

La casa estaba exactamente igual… y completamente distinta.

Las paredes seguían siendo las mismas. El olor a madera vieja, a hogar, seguía allí.

Pero yo no era la misma que había cruzado esa puerta años atrás y Benjamín tampoco.

El silencio se instaló apenas cerró la puerta detrás de nosotros.

No fue incómodo al principio, fue expectante.

Como si la casa misma estuviera conteniendo la respiración.

—Puedes dejar la maleta allí —dije, señalando el costado del sofá, sin mirarlo demasiado.

Asintió, aunque no hacía falta, no pude contenerme.

Mis ojos lo recorrían con descaro, como si tuviera miedo de que, si parpadeaba demasiado fuerte, desapareciera.

Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla. Ese gesto tan simple me apretó el pecho.

Siempre hacía eso.

Los recuerdos no pidieron permiso, entraron de golpe, sin delicadeza.

Me abracé a mí misma y caminé despacio por el living.

Cada paso era una punzada suave. Cada objeto, una historia.

—¿Querés… té? ¿Agua? —preguntó desde la cocina.

Claramente buscando algo que hacer con las manos.

—Agua está bien.

Lo escuché moverse. El sonido del vaso al apoyarse en la mesada fue más fuerte de lo necesario.

Estaba nervioso, Benjamín siempre hacía ruido cuando no sabía qué decir.

Me senté en el sillón, se acercó y me tendió el vaso.

Después se quedó de pie, apoyado en el marco de la puerta.

Manteniendo distancia, una distancia prudente, casi dolorosa.

—No cambiaste nada —dije, rompiendo el silencio.

—No vi la necesidad.

Se encogió apenas de hombros.

Claro que no… Él nunca cambiaba nada.

Se adaptaba.
Se cerraba.
Resistía.

Me levanté sin pensarlo y caminé hacia la repisa para distraerme, entonces lo vi.

Y el mundo se redujo a eso.

—La guardaste… —murmuré.

Antes de que pudiera detenerme, tomé su muñeca, el contacto fue inmediato.

Brutal, Benjamín se tensó como si lo hubiera quemado, pero yo no lo solté.

Mis dedos rodearon su piel y, con la otra mano, toqué la pulsera.

Mi pulsera.

El hilo gastado, las pequeñas perlas.
El color rojizo.
El mismo nudo torpe de años atrás.

Mis ojos se llenaron de lágrimas sin aviso.

La emoción me atravesó el pecho como una ola violenta.

—Nunca dejé de pensar en ti —dije en voz baja, pero firme—. Ni un solo día. Te extrañé… tanto.

El silencio que siguió fue ensordecedor, sentí cómo intentaba retirarse.

No lo hizo, se quedó rígido, como si moverse implicara romper algo.

Su mirada se perdió en algún punto detrás de mí.

—No… no exageres —dijo al fin, con la voz áspera—. Me dio pena tirarla. Además… se veía mona.

Mona.

Una sonrisa triste se dibujó en mis labios. Siempre él.

Escondiéndose detrás de palabras pequeñas para sentimientos enormes.

—No tienes que minimizarlo todo —susurré—. Ni lo que estás sintiendo. Ni lo que soy para ti.

Esta vez sí me miró y ahí estaba, el Benjamín que conocí.

El que luchaba consigo mismo, el que no sabía huir ni quedarse.

—Ángel…

Mi nombre en su voz fue un golpe directo al pecho,me acerqué un paso. Solo uno.

Lo suficiente para sentir su respiración rozándome la piel.

—Te quiero —dije, sin rodeos, sin defensas—. No te lo digo para que respondas. Te lo digo porque es verdad. Porque nunca dejó de serlo.

Sus labios se entreabrieron, nada salió, sus manos se cerraron en puños a los costados del cuerpo.

Como si estuviera conteniéndose, como si acercarse fuera peligro.

El silencio volvió, pero ya no estaba vacío.

Estaba cargado, pesado, vivo, con todo lo que ninguno de los dos sabía cómo manejar.

No me aparté, no lo presioné pero no retrocedí.

Porque esta vez…no iba a huir.




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