Creer es caer

MADRUGADA

Decidí que era hora de irnos a dormir y las palabras salieron torpes de mi boca.

Decir que estaba nervioso era absurdo. No alcanzaba.

Parpadeé varias veces, intentando salir del trance en el que me encontraba, mientras quitaba mi mano de su agarre y colocaba algo de distancia entre los dos. Subí las escaleras sin esperar respuesta.

Necesitaba apartarme de ella y me metí en la cama queriendo huir.

No podía dormir, no sé en qué momento las horas del reloj pasaron tan deprisa.

La casa estaba en silencio, pero mi cabeza era un ruido constante.

Me levanté sin pensarlo demasiado.

Caminar descalzo por el pasillo me resultó extrañamente familiar. Cada paso era una confirmación… y una amenaza.

Me detuve frente a su puerta.

Ahí estaba, Ángel.
Mi Ángel.

Del otro lado, levanté la mano para golpear. Apenas unos centímetros del marco.

Y me detuve. ¿Qué estoy haciendo?

Retrocedí un paso, como si el simple gesto me hubiera expuesto demasiado. Me pasé una mano por el pelo, respiré hondo, intentando recuperar algo parecido a la cordura.

Me di la vuelta.

No es real, me dije, no puede serlo.

La idea de que estuviera ahí, durmiendo en su casa, en su cama, era demasiado grande para sostenerla. Demasiado peligrosa.

Porque si me permitía creerlo… si me permitía caer… y dormir con esa certeza…

¿qué pasaría al despertar?

Tenía miedo.

Miedo a cerrar los ojos y que todo se deshiciera, a despertar en esa realidad conocida y cruel donde ella nunca volvió.

El dolor de aquel abandono —de dejarla ir— me atravesó el pecho con la misma fuerza de siempre.

Como si el tiempo no hubiera pasado, como si la herida jamás hubiera cicatrizado.

—Benjamín…

Su voz me alcanzó desde atrás. Me giré de golpe.

Estaba apoyada en el marco de la puerta, descalza, con el pelo suelto y los ojos todavía cargados de sueño.

Y aun así…era devastadora.

—Pensé que estabas dormida —dije, con la voz más baja de lo que pretendía.

—No —respondió—. Te sentí caminar.

Claro que sí, siempre me sintió, no sabía cómo seguir.

Las palabras se amontonaron, torpes, desordenadas, y antes de poder detenerlas, salieron.

—Tengo miedo.

Ella abrió apenas los ojos, sorprendida.

—Miedo de dormir —continué, sin mirarla—. Y despertar… y que no estés. De volver a esa realidad donde nunca regresaste.

Tragué saliva.

—No quiero creer. Porque si creo… y no es verdad… —el pecho me ardía— no sé si podría soportarlo.

El corazón me latía desbocado.

La vi reaccionar. Vi cómo su rostro se iluminaba con una mezcla de emoción y asombro. Y, sin poder evitarlo, solté una media sonrisa cansada.

—Nunca pensé que llegaría el día en que te dejaría sin palabras —murmuré—. Justo a ti… la mujer más habladora que conocí.

Hice una pausa.

—Aunque… pensándolo bien —la miré mejor— ya no te conozco tanto. Conozco el recuerdo de lo que fuiste. No a la mujer que tengo frente a mí ahora.

Eso la sacó de su ensoñación, se acercó sin dudar.

Tomó mis manos entre las suyas con una ilusión tan pura que me desarmó por completo.

—Entonces dame la oportunidad —dijo, con la voz temblorosa pero firme—. Conóceme. Déjame conocerte. No me alejes antes de intentarlo… por favor.

Dudé. Claro que dudé.

Pero no solté sus manos y cuando tiró suavemente de mí, guiándome hacia su habitación, no me resistí.

La carpa seguía ahí… La vieja carpa rosa, ridícula, perfecta.

Simulando un castillo infantil.

Las estrellas dibujadas en el techo parecían observarnos en silencio.

Nos acostamos uno al lado del otro, sin tocarnos al principio.

Solo respirando el mismo aire, Ángel empezó a hablar, no se detuvo y me contó todo.

España.
Nueva York.
Las pérdidas.
Los logros.
Las caídas.

Las veces que quiso volver y no se animó.
Las veces que pensó en mí.
Las veces que me extrañó.

Yo la escuché sin apuro, sin interrumpir.

Dejándola ser.

Y mientras su voz llenaba esa vieja carpa, como cuando éramos niños, entendí algo que me golpeó el pecho con una calma inesperada:

Había cambiado, muchísimo.

Pero en el fondo…seguía siendo ella.

Y por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo de cerrar los ojos. Y me quedé dormido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.