Creer es caer

CONSTELACIONES

Desperté antes que él.

No fue por ruido, ni por un mal sueño.

Fue por esa sensación extraña de plenitud frágil. Como si mi cuerpo supiera que estaba viviendo algo que podía romperse con solo moverme demasiado rápido.

La luz de la mañana se filtraba a través de la tela de la carpa, volviendo las estrellas dibujadas en el techo pálidas, casi transparentes.

Ya no brillaban como en la noche.

Pero seguían ahí, persistente, como nosotros.

Benjamín dormía de lado, a apenas unos centímetros.

Su respiración era profunda. Más tranquila de lo que había sido en años —lo supe sin saber cómo—. Tenía el ceño relajado, los labios apenas entreabiertos, y una mano cerrada sobre la tela, como si incluso dormido necesitara aferrarse a algo real.

Lo observé sin culpa.

Siempre había sido así conmigo: cuando creía que no lo miraba, bajaba la guardia.

Ese era el Benjamín que nadie veía.

El que no sabía defenderse del abandono ni del deseo, me moví apenas. El mínimo desplazamiento fue suficiente.

Su respiración cambió.

No abrió los ojos, pero su cuerpo reaccionó. Se tensó un segundo, como si el descanso nunca fuera completo.

—Estoy acá —susurré, sin pensarlo.

No sabía si me había escuchado. Pero su mano se aflojó.

Y entonces, lentamente, abrió los ojos, el impacto fue inmediato.

No hubo confusión, no hubo sobresalto.

Solo ese segundo exacto en el que su mirada me encontró…y se quebró.

Porque no era un despertar cualquiera. Era darse cuenta de que no estaba soñando.

—No te fuiste… —murmuró.

Más para sí mismo que para mí. Negué despacio.

—No.

Su garganta se movió al tragar saliva.

Pude ver cómo la realidad se le asentaba en el pecho. Pesada. Peligrosa.

Sus ojos recorrieron la carpa, las estrellas, mi rostro… y volvieron a mí con una intensidad que me erizó la piel.

—Tengo miedo de moverme —confesó—. Como si hacerlo pudiera romper esto.

Sonreí. No con liviandad, con cuidado.

—Entonces no te muevas.

Apoyé mi mano sobre la tela, cerca de la suya.

No lo toqué, todavía no.

El espacio entre nosotros era mínimo, pero cargado de todo lo que aún no nos permitíamos.

—Ángel… —dijo mi nombre como si fuera una pregunta—. ¿Cuánto tiempo te vas a quedar?

Ahí estaba.

El primer hilo del miedo.

Me incorporé un poco, apoyándome en el codo, obligándolo a mirarme.

—No lo sé —respondí con honestidad—. Pero hoy estoy acá. Y no pienso desaparecer.

Su mandíbula se tensó y sus ojos se oscurecieron.

—Eso dijiste una vez.

No fue un reproche, fue una herida,me acerqué un poco más, mi rodilla rozó la suya.

El contacto fue leve. Lo sentí estremecerse.

—Y esta vez me quedé —dije, firme—. No te estoy pidiendo que confíes. Te estoy pidiendo que mires lo que está pasando ahora.

Su respiración se volvió irregular. Levantó la mano, dudó.

Y la dejó caer entre nosotros, apoyando apenas los dedos contra los míos.

El contacto fue eléctrico, no ardiente, intimo.

Como si nuestras pieles se reconocieran antes que nosotros.

—No sé cómo hacer esto —admitió—. Siempre que algo me importó… lo perdí.

Acerqué mi frente a la suya.

Nariz con nariz. Piel con piel.

—Entonces aprendamos —susurré—. Lento. Torpe. Como salga.

Cerró los ojos.

Y por primera vez…no se apartó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.