No fue el beso lo que me asustó, fue lo inevitable.
El modo en que ocurrió, sin aviso, sin permiso.
Como si nuestros cuerpos hubieran decidido por nosotros lo que mi mente llevaba años evitando.
Seguíamos dentro de la carpa.
La mañana avanzaba afuera, pero ahí dentro el tiempo parecía suspendido. Frágil.
Ángel estaba demasiado cerca, yo respiraba demasiado consciente.
Cada latido era un golpe seco contra mis costillas.
—Benjamín… —susurró.
No dijo nada más, no hizo falta.
Levanté la mano despacio, como si el aire pesara toneladas.
Dudé, solo un segundo, apoyé mis dedos en su mejilla, su piel estaba tibia. Demasiado real.
Ángel no se movió, pero tampoco cerró los ojos.
Me miró como si entendiera exactamente lo que estaba a punto de pasar…
y aun así eligió quedarse.
Mi pulgar rozó la comisura de sus labios y sentí cómo su respiración se cortaba.
La mía también.
—No sé frenar esto —admití.
La voz me salió rota.
—Entonces no frenes.
Eso fue todo. Me incliné sin brusquedad. Sin urgencia.
Primero la frente, después la nariz, hasta que mis labios rozaron los suyos apenas.
Como una prueba, como si el mundo pudiera romperse si iba más rápido.
Pero no se rompió, Ángel exhaló y yo también. El beso llegó lento.
Profundo, consciente, no fue hambre, fue reconocimiento.
Cómo volver a un lugar que siempre había estado ahí.
Sus dedos se apoyaron en mi pecho, justo donde el corazón parecía querer huir y ahí lo sentí. El impacto. Directo. Brutal.
Cuando nos separamos, fue apenas.
Frentes juntas, respiraciones mezcladas.
—Dios… —murmuré, sin saber a quién le hablaba.
Ángel sonrió, no triunfante, no ingenua, segura.
—Siempre fuiste así —dijo—. De pocas palabras.
Me levanté antes de que pudiera decir algo más, necesitaba aire. Espacio.
Algo que no fuera esa intensidad atravesándome de punta a punta.
—Vamos a desayunar.
La voz me salió más seca de lo que quería.
—Antes de que…
No terminé la frase, antes de que creyera demasiado.
La cocina se llenó de sonidos simples.
Tazas, pan tostado, agua hirviendo.
Cosas normales. Necesarias.
Ángel se movía como si siempre hubiera pertenecido allí.
Se ató el pelo, abrió cajones, sonrió distraída mirando por la ventana.
Y yo…yo la observaba desde la trinchera.
—¿Dormiste algo? —preguntó.
—Lo suficiente.
Mentí. Me senté frente a ella.
El silencio no era incómodo, era expectante.
Como si ambos supiéramos que lo que había pasado no podía deshacerse con café caliente.
—Tu beso… —empezó.
Levanté la mano.
—No lo analices —pedí—. Por favor.
Asintió. Pero sus ojos no retrocedieron.
—No pienso minimizarlo.
Ese fue el primer golpe del día, el segundo llegó sin aviso.
Su teléfono vibró sobre la mesa, lo miré sin querer, el nombre apareció como un disparo:
MAMÁ.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, el pulso acelerado, respiración corta, manos frías.
Ángel lo notó.
—¿Todo bien?
Tomé el teléfono.Lo giré boca abajo.
—Sí.
Otra mentira, el silencio cambió, ya no era cálido.
Era tenso.
—Benjamín… —dijo despacio—. No tenés que—
—No.
La interrumpí más fuerte de lo debido.
—No empieces.
El aire se volvió espeso. Peligroso.
—No estoy intentando irme —respondió—. Estoy intentando quedarme.
Ahí se abrió la grieta.
El miedo entró sin pedir permiso, viejo, conocido. El de siempre.
—No sabés lo que decís —solté—. Quedarse no es una promesa. Es una ilusión cómoda… hasta que deja de serlo.
Se levantó despacio, no se acercó, no me tocó.
—¿Eso pensás de mí?
—Eso pienso de todo —respondí—. De cualquiera que diga que no se va.
La vi tragar saliva, dolida. Pero firme.
—Yo me fui —dijo—. Sí. Pero volví. Y estoy acá… pero vos no podés confiar en nadie.
La verdad duele distinto cuando no se grita.
Me levanté de golpe, la silla raspó el piso.
—No sabés lo que fue esperar —dije, con la voz quebrándose—. No sabés lo que es acostumbrarte a perder antes de que te abandonen. No sabés lo que es dormir años con la certeza de que todo lo bueno se va.
La miré por fin.
Estaba llorando en silencio.
—Entonces déjame quedarme ahora —susurró—. Aunque tengas miedo. Aunque duela. Aunque no sepas cómo.
No respondí.
Porque lo supe en ese instante: El beso no era peligroso.
El peligro… era empezar a creer.
#3441 en Novela romántica
#153 en Joven Adulto
amor, drama amistad dolor tristeza y perdida, romance corazn roto
Editado: 15.02.2026