Creer es caer

LA MIRADA

No me fui.

Eso fue lo que más me desconcertó.

Después de decirlo —después de dejar escapar esa verdad que siempre mantuve enterrada— lo lógico habría sido retirarme. Volver a cerrarme. Refugiarme en la distancia que tantas veces me salvó.

Pero no lo hice, Ángel seguía allí.

Firme, vulnerable.

Con los ojos brillantes y el cuerpo erguido, como quien entiende que algunas batallas no se ganan huyendo.

Tomó su teléfono y contestó. Su madre volvió a llamarla.

No escuché lo que decía, mi teléfono vibró también.

Lo tomé casi con brusquedad, agradecido por esa interrupción que me daba aire.

RICK.

El nombre me devolvió de golpe a la realidad.

—¿Sí? —respondí, girándome apenas.

—Benjamín, necesito pasar por el taller —dijo con su tono práctico de siempre—. Hay que revisar el papeleo antes de cerrar todo. Vendiste tu primera colección completa… y no quiero que quede nada librado al azar.

Cerré los ojos un segundo.

Vendí mi colección.

—Voy en camino —contesté.

Corté antes de que la emoción me traicionara.

Cuando me giré, Ángel me observaba con atención contenida. Parecía haber colgado su llamada solo para escuchar la mía.

—¿Todo bien? —preguntó.

Asentí despacio.

—Era Rick. Un comprador de arte.

Sus ojos se abrieron con sorpresa genuina.

—¿Un comprador…?

—Sí —dije—. Vendí la colección que terminé recientemente. Toda.

Se quedó en silencio apenas un segundo.

Y entonces su sonrisa explotó.

No fue contenida, no fue prudente, fue enorme, luminosa, real.

Se lanzó a mis brazos sin pensarlo y me rodeó el cuello con fuerza.

—¡Benjamín! —exclamó—. ¡Lo lograste!

Me quedé rígido apenas un instante…y luego la abracé.

De verdad.

Como no abrazaba a nadie desde hacía años.

—Siempre supe que ibas a hacerlo —dijo contra mi pecho.

Me separé lo justo para mirarla.

—¿Cómo podrías saberlo?

Bajó un poco la mirada.

Había una timidez nueva en ella. O tal vez siempre estuvo ahí y yo no la había visto.

—Porque nunca dejé de saber de ti —confesó—. Aunque estuviera lejos.

Mi respiración se volvió lenta.
Atenta.

—Cuando abriste la tienda quise venir —continuó—. De verdad. Pero era menor, y mis padres no me dejaron viajar sola. Aun así… estuve ahí. Desde la distancia.

Levantó la vista.

Sus ojos estaban húmedos, firmes.

—Karina me mandó una foto el día de la inauguración —dijo—. Estabas parado en la puerta, con pintura en las manos… sonriendo. Una sonrisa que llenaba toda la escena.

Tragué saliva.

—Nunca me sentí tan orgullosa —susurró—. Ni tan feliz. Porque supe que estabas exactamente donde debías estar.

Me quedé sin palabras.

Sin defensa.

—Gracias —dije al fin—. No sabía… que alguien me mirara así.

—Siempre lo hice —respondió—. Incluso cuando pensabas que estabas solo.

Y lo entendí.

No de golpe, no con euforia.

Con una certeza lenta y pesada, nunca estuve tan solo como creí y supe, en ese instante, que ya no podría dejarla ir.




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