El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero ya no era el mismo.
No estaba cargado de incomodidad, sino de algo más peligroso: expectativa.
Miré el reloj sin querer, Rick no era paciente.
Yo tampoco lo estaba siendo conmigo mismo, tomé aire.
—Tengo que ir al taller —dije, rompiendo la quietud—. Rick quiere revisar unos papeles antes del cierre oficial.
Ángel asintió despacio.
Como si entendiera que aquello no era solo trabajo, que era un paso, un límite cruzado.
Di un paso hacia la puerta…y me detuve, sin saber por qué, o tal vez sí.
Me giré hacia ella.
Estaba apoyada en la encimera, con los brazos cruzados, observándome con atención tranquila.
No pedía nada, no exigía, no empujaba.
Y eso fue lo que me hizo hablar.
—¿Querés venir conmigo?
La pregunta salió más baja de lo que esperaba.
Casi frágil… Ángel parpadeó.
—¿Contigo? —repitió, como si no quisiera asumir que la invitación era real.
Asentí.
—Sí. Si te parece. No es… —busqué las palabras— no es nada elegante. Es solo un taller.
Ella sonrió.
No grande, no impulsiva.
Una sonrisa suave, de esas que se guardan para los momentos importantes.
—Me encantaría —dijo—. De verdad.
Algo dentro de mí se aflojó.
Apenas, lo suficiente.
Tomé las llaves y abrí la puerta, cuando pasó a mi lado, su brazo rozó el mío.
Fue un contacto mínimo. Involuntario.
Y aun así me dejó sin aliento, caminamos juntos hacia el auto, pero ya no como antes.
No con la tensión del aeropuerto, no con el silencio defensivo. Esta vez había algo distinto flotando entre nosotros. Algo que no sabía nombrar.
Pero que ya no quería evitar, encendí el motor y Ángel se acomodó a mi lado. Y entonces lo entendí, no la estaba llevando solo a ver mi trabajo.
La estaba invitando a entrar en una parte de mí que nunca había mostrado a nadie.
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Editado: 15.02.2026