Creer es caer

EL FUEGO EN SU INTERIOR

Nunca imaginé que el corazón pudiera latir así frente a unas paredes blancas.

El taller de Benjamín no es solo un lugar. Es un santuario, lo siento apenas cruzo la puerta.

Como si el aire cambiara de densidad, como si cada rincón respirara algo que no se dice en voz alta.

Me quedo quieta, no porque no quiera avanzar, sino porque necesito absorberlo todo.

Los lienzos descansan apoyados contra las paredes. Algunos cubiertos. Otros desnudos, expuestos sin pudor. Manchas de pintura en el suelo. Pinceles olvidados en frascos de vidrio. Telas dobladas con un cuidado casi reverencial.

El olor… Aceite. Trementina. Madera.

Arte vivo… Y Benjamín.

Está de pie a unos pasos de mí, observando en silencio.

No me mira como antes, me mira como si temiera que, al hablar, todo se rompiera.

Camina hacia uno de los cuadros cubiertos y, con un gesto lento —casi solemne— retira la tela.

El impacto es inmediato, el color me golpea primero.

Un naranja intenso. Ardiente. Profundo, no es plano.

Vibra. Se mueve. Late.

Como una tormenta atrapada en el lienzo.

Hay fuerza. Hay caos. Hay belleza.

Hay algo vivo respirando ahí dentro.

Me acerco sin darme cuenta.

—Es… —mi voz tiembla— increíble.

Benjamín baja la mirada apenas, como si ese cuadro todavía le doliera.

—Es mi favorito —dice—. El fuego en su interior.

El nombre me eriza la piel.

—Me costó desprenderme de esta pieza. Más que de cualquier otra.

No necesito preguntar por qué.

Lo sé, ese cuadro no es pintura, era una confesión.

—Pero lo hice —agrega—. Porque era el momento.

Sigo caminando entre las otras obras, despacio.

Mis dedos rozan el aire frente a las telas, como si pudiera sentir lo que guardan sin tocarlas.

Cada una vibra distinto.

Tormenta. Calma tensa. Nostalgia. Furia contenida.

Y cuanto más miro, más clara se vuelve una verdad que me aprieta el pecho.

—Soy yo, ¿no? - La pregunta cae suave.

No acusa,no exige, simplemente existe.

Benjamín se queda inmóvil.

—No de forma literal —responde al cabo—. El realismo no es mi fuerte.

Me giro.

—Pero soy yo.

No lo niega.

—Siempre fuiste mi punto de partida —admite en voz baja—. Mi impulso. Lo que no sabía cómo nombrar.

El aire se vuelve espeso y doy un paso hacia él.

—Entonces dejame serlo de verdad —digo—. Dejame ser tu musa.

Frunce el ceño, incómodo.

—Ángel…

—Pintame.

Niega de inmediato.

—No puedo. No sabría cómo hacerte justicia.

Me acerco un poco más.

—No quiero perfección —susurro—. Quiero verdad.

Me observa estudiando la situación.

Como si intentara memorizar cada línea de mi rostro.

—No es lo que hago —insiste—. No es mi terreno.

—Pero es tu deseo.

El silencio se estira y entonces lo veo, ese quiebre mínimo, ese instante en el que Benjamín deja de huir.

—No la vendería —dice, casi para sí—. Si lo hiciera… sería solo mía.

Mi sonrisa nace lenta, cargada de emoción.

—Entonces hacelo —respondo—. Guárdame para la eternidad.

Exhala, como si acabara de rendirse.

—Quédate ahí.

Me coloco donde me indica.

La luz de la tarde entra por la ventana y me envuelve.

Siento su mirada recorrerme. No con hambre, con devoción, me quito los zapatos.

No dice nada,me suelto el cabello.

Su respiración cambia.

Me siento.

Una pierna doblada, la otra estirada, las manos descansando suaves sobre mis muslos.

Lo miro… Él toma el pincel.

Y en ese instante, cuando su mirada se clava en mí como si yo fuera la obra más importante de su vida, lo entiendo con una claridad que me sacude:

No estoy posando para un artista, estoy siendo vista.

Vista por el hombre que siempre sintió algo por mí, incluso cuando no supo cómo decirlo.

Y esta vez…no aparto la mirada.




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