Creer es caer

NO RENDIRSE

Yo estoy ahí. Él también.

De pie, a pocos pasos de distancia, como dos personas que comparten el mismo espacio pero no el mismo aire.

El silencio entre nosotros no es incómodo todavía, es frágil.

De esos que se rompen si alguien respira demasiado fuerte. Benjamín vuelve la mirada al lienzo.

Sus hombros están tensos, la mandíbula firme.

Hay algo contenido en su postura, como si estuviera sosteniendo más de lo que admite.

—Tengo que avanzar con esto —dice al fin, sin mirarme—. La presentación es dentro de un mes.

Asiento despacio, no porque no tenga nada que decir.

Sino porque entiendo que ahora mismo no hay palabras que encajen, me acerco apenas al lienzo.

La obra está a medio camino de existir: colores vivos, pinceladas abiertas, una energía cruda que parece latir bajo la superficie.

Es hermosa incluso incompleta, o quizá justamente por eso.

—Es increíble —murmuro. Él no responde.

Deja el pincel sobre la mesa con cuidado, como si temiera que al soltarlo algo más se le escapara de las manos.

Entonces su teléfono vibra. Lo mira, su expresión cambia apenas. Lo suficiente.

—Rick llegó —dice—. Tenemos que revisar papeles… contratos, fechas.

Ahí lo entiendo, no es solo trabajo, es refugio.

—Está bien —respondo con suavidad—. No te preocupes.

Rick entra al taller con su presencia firme y profesional, trayendo consigo un mundo de cifras, plazos y responsabilidades que no deja espacio para emociones no resueltas.

Empiezan a hablar casi de inmediato.

Yo quedo a un costado, observando cómo Benjamín se recompone.

Cómo se pone esa armadura que le queda tan bien… y que tanto lo aísla.

No quiero estorbar, no quiero ser una distracción.
No quiero convertirme en otra cosa más que tenga que manejar.

—Voy a irme a lo de mis tíos —digo al fin—. Así pueden trabajar tranquilos.

Benjamín alza la vista hacia mí.

Solo un segundo. En sus ojos pasa algo rápido, indescifrable.

Tal vez alivio, tal vez culpa, tal vez ambas cosas mezcladas.

—Te llamo luego —dice.

Asiento, no reclamo nada, no pregunto cuándo.

Pido un taxi mientras recojo mis cosas.

Antes de irme, mi mirada vuelve una vez más al lienzo inconcluso. Hay algo ahí que todavía no nació.

Y me duele dejarlo así, suspendido.

Cuando la puerta se cierra detrás de mí, lo dejo solo con Rick.

Y con todo aquello que todavía no se atreve a sentir.

La semana comienza a deslizarse sin hacer ruido.

Los días pasan lentos, casi imperceptibles, como si el tiempo caminara de puntillas alrededor de nosotros.

Benjamín se sumerge por completo en la preparación: reuniones, llamadas, ajustes mínimos que parecen urgentes.

El lienzo queda abandonado a medias durante días enteros.

Como si terminarlo implicara aceptar algo para lo que aún no está preparado.

Yo voy y vengo entre mi casa y la de mis tíos. Estoy cerca, pero no adentro y duele.

No porque me ignore, sino porque se protege.

Porque cada vez que me mira parece debatirse entre acercarse o huir.

Porque cuando hablamos, mide las palabras.

Como si cualquier frase mal colocada pudiera romper algo demasiado frágil.

Hay noches en las que me escribe tarde, solo para preguntar si llegué bien.

Otras en las que no dice nada y aprendo a leer los silencios, a respetarlos, aunque me cueste.

No es distancia lo que se interpone entre nosotros.

Es miedo.

Miedo a sentir demasiado.
Miedo a caer.
Miedo a despertar un día y descubrir que todo esto fue solo un espejismo.

Y mientras los días avanzan, algo se vuelve cada vez más claro dentro de mí.

Una certeza tranquila y firme.

No voy a competir con su trabajo.
No voy a forzarlo a elegir.
No voy a empujarlo cuando apenas puede sostenerse.

Pero tampoco voy a desaparecer. Porque esta vez…aunque duela, aunque espere, aunque el tiempo se estire como una herida abierta… yo me quedo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.