Creer es caer

EL LIENZO VIVO

No esperaba verla.

La campanilla de la puerta suena y levanto la vista del caballete.

Se me vacía el pecho. Está ahí, de pie en medio de la tienda.

Como si siempre hubiera pertenecido a este lugar.

—Hola.

La palabra es suave, pero me golpea igual.

El aire huele a óleo, a trementina, a madera vieja.

A mí y ahora también a ella.

Camina lento entre los cuadros. No los mira como cliente. Los mira como si estuviera leyendo algo íntimo. Como si cada trazo fuera una confesión que yo olvidé esconder.

Se detiene frente al caballete, el lienzo cubierto.

Su retrato, el que nunca pude terminar.

—Es este —dice.

No pregunta. Sabe. Siempre supo.

—Nunca lo terminaste.

No respondo. Porque terminarlo significaba mirarla demasiado.

Significaba aceptar algo para lo que nunca estuve listo.

—Quiero que lo termines —dice.

Trago saliva.

—Ángel…

—No huyas otra vez.

El silencio se espesa.

Se acerca demasiado.

Puedo sentir el calor de su cuerpo antes de tocarla y entonces, sin dramatismo, sin espectáculo…se lleva las manos al vestido.

Mi corazón se detiene.

—Ángel… —mi voz sale rota.

Pero no la freno, no puedo.

La tela cae al suelo con un susurro seco.

Nada elegante, nada coreografiado.

Solo piel, real y viva.

La luz de la vidriera le dibuja sombras suaves sobre el cuello, la clavícula, la curva de la cintura.

No posa, no seduce, simplemente se queda ahí, expuesta.

Como diciendo: acá estoy. Sin nada entre vos y yo.

El aire se vuelve pesado. Caliente. Me tiemblan las manos.

—Pintame —susurra—.… a mí.

Eso me desarma.

Agarro el pincel, el primer trazo es torpe,el segundo, más firme.

Después ya no pienso. Solo respiro.

Pinto rápido, brusco, color sucio… Naranja… Rojo.

Sombras violentas, nada delicado, nada perfecto.

Como lo que siento. Me acerco demasiado a ella.

El pincel roza su hombro, deja una mancha espesa sobre su piel, naranja encendido.

Ella no se mueve, ni un centímetro, pero la veo temblar, sigo,la pintura chorrea.

Luego sin medirlo la vuelvo a manchar estamos muy cerca y rozo su brazo, después el costado de su cadera, Después la curva del muslo.

Mis dedos corrigen el trazo.

Y la toco, caliente, suave y viva.

El pulso me estalla en la garganta.

El aire ya no alcanza.

La pintura termina en su piel.

Después en la mía, nos mancha, nos mezcla.

Huele a aceite, a pintura y a anticipación.

A algo eléctrico que me recorre la espalda, estoy demasiado cerca.

Mi pecho casi roza el suyo, siento su respiración romperse.

La mía también.

—Benjamín… —susurra.

Mi nombre así…bajo…temblando…me termina de romper.

El pincel cae, no lo decido.

Simplemente ya no puedo sostener nada.

Mis manos se apoyan en su cintura para no perder el equilibrio.

Pero no la suelto, no quiero. Ella se aferra a mi camisa, fuerte.

Como si también tuviera miedo de que desaparezca.

Frente contra frente, respiraciones mezcladas.

Piel manchada de pintura, latidos chocando.

No es hambre, no es urgencia, es necesidad, de las que duelen, de las que asustan.

La sostengo como si fuera algo frágil.

Como si soltarla fuera perderla otra vez, cuando por fin miro el lienzo…ya no está vacío.

No perfecto, no limpio, pero vivo.

Late. Respira.

Como ella entre mis brazos, como mi pecho desbordado.

Y lo entiendo, con una claridad brutal.

No la estaba pintando, la estaba aceptando.

Y eso…eso da mucho más miedo que cualquier otra cosa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.