No sé en qué momento dejó de ser pintura.
O en qué momento dejó de ser arte.
Solo sé que, de pronto, el aire dentro de la tienda empezó a pesar más de lo normal.
Como si respirar costara.
Como si cada inhalación trajera algo caliente, espeso, peligroso.
Benjamín estaba demasiado cerca. Y yo también.
La luz de la vidriera nos partía al medio, dibujando sombras largas sobre el suelo manchado de óleo. El olor a trementina me llenaba los pulmones, mezclado con algo más… algo tibio… humano.
Él. Siempre fue él.
Lo vi temblar cuando tomaba el pincel.
No por falta de técnica, por miedo.
Como si tocarme fuera cruzar una frontera de la que no podría volver.
Y entonces entendí algo con una claridad que me quemó el pecho: no estaba pintando un retrato.
Estaba intentando sobrevivir.
Me quité el vestido sin pensarlo demasiado, no fue seducción.
Fue honestidad, estaba cansada de capas, de distancia. De excusas.
Si iba a mirarme… que fuera de verdad.
El aire frío me rozó la piel y me erizó los brazos.
Pero no me cubrí, no retrocedí, me quedé ahí.
Frente a él, vulnerable y más fuerte que nunca. Sus ojos cambiaron.
Dios. Cómo cambiaron, no era deseo solamente. Era reconocimiento.
Como si me hubiera estado esperando toda la vida.
El primer trazo del pincel me rozó el hombro.
La pintura estaba tibia, espesa.
Se deslizó lento,sentí el recorrido completo por mi piel.
Como si me estuviera marcando, como si dijera acá estás.
No aparté la mirada. Cada vez que se acercaba, su respiración chocaba contra mi piel.
Podía oírla, irregular, pesada, como si estuviera corriendo sin moverse.
El pincel dejó de ser herramienta, empezó a ser excusa.
Sus dedos corrigieron una línea, me tocaron, apenas.
Pero fue suficiente.
Electricidad pura. El estómago se me cerró.
Las piernas me temblaron, la pintura empezó a mancharlo a él también.
Sus manos, su muñeca, su camisa.
Nos mezclamos, color sobre la piel, sudor sobre el óleo.
El olor se volvió más denso, más real.
—Benjamín… —mi voz salió rota sin permiso.
No era un llamado, era una rendición, el pincel cayó, el sonido contra el suelo fue seco.
Definitivo. Y entonces ya no hubo distancia, sus manos en mi cintura. Firmes.
Como si necesitara comprobar que no iba a desaparecer.
Yo me aferré a su camisa, fuerte, con miedo, con rabia, con años acumulados en los dedos.
Nos chocamos, no suave, real y torpe, urgente.
Mi espalda golpeó el borde de la mesa, los frascos tintinearon.
Algo cayó al suelo. Nada importó.
La pintura corrió por mi piel.
Por su cuello.
Por nuestros brazos, nos manchamos, nos marcamos.
Nos desarmamos. Su boca en mi cuello, mi respiración perdiendo ritmo.
Sus manos recorriéndome como si aprendiera un idioma nuevo. Como si cada centímetro fuera memoria.
No hubo elegancia, hubo hambre. Hubo necesidad, hubo años de silencio rompiéndose al mismo tiempo.
El lienzo quedó olvidado.
Los pinceles rodaron por el suelo, la mesa se movió.
La tienda entera parecía latir con nosotros.
Como si el mundo se estuviera cayendo a pedazos… y a mí no me importara nada.
Porque por primera vez no estaba esperando. No estaba imaginando.
Lo tenía. Real. Caliente, respirando contra mí.
Cuando el caos se aquietó, quedamos pegados, sudados.
Con el corazón golpeando tan fuerte que dolía, apoyé la frente en su pecho y escuché su latido.
Desbocado, vivo.
Miré el lienzo a medio terminar.
La pintura seguía fresca, brillante. Inestable, como nosotros.
Y entendí algo que me atravesó completa: no era arte lo que acababa de pasar.
Era verdad, cruda.
Irreversible.
De esas que cambian la vida para siempre.
Y aunque todo dentro de mí temblaba… no quería volver atrás.
Nunca más.
#3441 en Novela romántica
#153 en Joven Adulto
amor, drama amistad dolor tristeza y perdida, romance corazn roto
Editado: 15.02.2026