Despierto con el cuerpo tenso, no es resaca, pero se siente similar. No es cansancio. Es miedo.
De ese que se instala primero en el pecho.
Pesado y duro. Como si alguien hubiera apoyado una piedra justo encima de mis pulmones.
Respiro… y el aire no alcanza.
La luz de la mañana entra oblicua por el ventanal de la tienda, cortando el polvo suspendido. Todo flota. Silencioso. Quieto.
Parpadeo varias veces, desorientado. Y entonces la veo, Ángel.
A mi lado, dormida, desarmada.
La sábana apenas le cubre la cintura. Tiene manchas secas de pintura en la piel. Naranja. Rojo. Restos del caos de anoche.
Marcas mías.
El color sigue ahí, pegado a su clavícula, a su hombro, al borde de sus costillas.
Como si la hubiera firmado.
El pecho se me contrae, fuerte con dolor físico.
No debería estar pasando, no así, no conmigo.
Me incorporo despacio. Cada músculo protesta.
No por esfuerzo. Por conciencia. Por memoria.
Por todo lo que mi cuerpo todavía recuerda de ella, el calor y el peso.
El sonido de su respiración contra mi cuello, aprieto los dientes.
La miro, porque cuando duerme baja la guardia.
Y ese siempre fue el problema.
Cuando baja la guardia conmigo… yo me rompo.
Todo se siente demasiado real, el olor a pintura, su piel tibia.
La luz de la mañana tocándole la cara, demasiado real.
Y lo real siempre termina yéndose, me visto sin hacer ruido.
Movimiento por movimiento, lento y medido.
Como si cualquier gesto brusco pudiera despertarla… o peor… hacerme querer quedarme.
La remera pegada al cuerpo, el jean frío, las botas.
El suelo cruje bajo mis pasos. Cada sonido me pone nervioso.
Como si estuviera huyendo de una escena del crimen.
Nueva York aparece en mi cabeza sin permiso, siempre aparece, no como ciudad. Como sentencia.
Como fecha de vencimiento, como esa palabra que nadie dice pero está ahí.
Se va a ir. Claro que se va a ir porque siempre se van.
No me lo dijo todavía. No hace falta.
Lo sé, desde el momento en que volvió. Siempre hubo regreso.
Siempre hubo despedida.
Y aun así… me dejé caer como un idiota.
Me dejé caer como si esta vez fuera distinto, como si yo fuera distinto, error.
Entro al pequeño baño improvisado y me mojo la cara con agua fría, no ayuda.
El reflejo me devuelve a alguien que no reconozco.
Desarmado, blando y peligroso.
Cuando vuelvo, Ángel ya no duerme.
Está apoyada en la mesa de trabajo, descalza.
El pelo revuelto, la pintura todavía en la piel.
Hermosa de una forma que me duele mirar, sus ojos se clavan en mí.
Directo. Sin miedo, como si anoche no hubiera cambiado nada.
Como si no acabáramos de cruzar un límite del que yo no sé volver.
—¿Estás bien?-- Su voz es suave.
Automáticamente asiento, miento antes de pensar.
—Sí.
La palabra me raspa la garganta.
—Solo… Tengo que ordenar algunas cosas.
Ordenar, como si el caos se pudiera barrer con una escoba.
Como si lo que pasó anoche fuera pintura derramada y no esto… este temblor constante debajo de la piel.
La distancia aparece sola.
Como reflejo, un paso atrás, después otro, ella lo siente.
Siempre sintió todo.
No insiste. No pregunta. No me persigue.
Y eso… eso me mata.
Porque si me pidiera quedarme, podría enojarme, podría pelear.
Podría esconderme, pero no.
Solo me mira, con esa calma peligrosa.
Como si ya supiera que estoy huyendo, y aun así… me estuviera dejando hacerlo.
Y por primera vez en mucho tiempo entiendo algo horrible: no le tengo miedo a perderla.
Le tengo miedo a necesitarla.
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Editado: 15.02.2026