Creer es caer

CUENTA REGRESIVA

Los días empiezan a caer como fichas de dominó, uno detrás del otro, sin pausa.

Sin posibilidad de agarrarlos antes de que toquen el suelo.

La exposición se acerca y la presión crece como un nudo en el pecho que no termina de aflojar nunca. Rick aparece cada vez más seguido. Entra, sale, habla de fechas, de entrevistas, de ajustes finales. De oportunidades, de visibilidad, de futuro.

Todo lo que soñé.

Y todo lo que ahora amenaza con romperme, el taller deja de ser solo refugio.

Empieza a sentirse como una antesala.

Como un lugar que pronto ya no será mío del todo.

Ángel pasa horas ahí, no interrumpe y no invade.

Se sienta en una esquina, con una libreta sobre las piernas, dibujando líneas que no me muestra. O simplemente me observa trabajar, en silencio.

Es su manera de quedarse, sin exigirme nada.

Y eso… eso me pesa más que cualquier reclamo, la siento incluso cuando no la miro.

Siento cuándo se mueve, cuándo suspira.

Cuándo deja de dibujar y se queda quieta, como si estuviera pensando demasiado.

Yo finjo concentració, me subo a la escalera.

Ajusto luces que ya están bien y vuelvo a bajar.

Reviso el ángulo. Otra vez,cualquier cosa para no pensar en lo que se viene.

Una tarde la descubro frente a El fuego de su interior, está inmóvil.

Mirándolo como si el cuadro respirara, como si todavía ardiera.

—Ese… —dice al fin— todavía duele.

No pregunta, es una afirmación.

Me acerco despacio y el suelo cruje bajo mis botas.

—Fue el más difícil de soltar.

Mi voz suena más grave de lo que esperaba.

—Se nota.

Hay algo en su tono, no es reproche ni nostalgia, es una tristeza suave, una que entiende.

Se queda callada unos segundos, demasiados.

Y entonces lo dice.

—Benjamín… ¿tenés miedo de que no vuelva?

El cuerpo reacciona antes que la cabeza.

La espalda se tensa, la mandíbula se aprieta, respiro hondo, no sirve.

—Tengo miedo de que vuelvas a ser un recuerdo —confieso—. Y de no sobrevivir esta vez.

Las palabras salen crudas. Sin filtro, como una herida abierta.

Ella no responde enseguida, no corre a calmarme, no me promete nada, simplemente se acerca.

Apoya la frente en mi pecho, su peso es leve.

Pero real.

—No soy la niña que se fue —dice—. Y no eres el chico que quedó atrás.

Cierro los ojos.

Sus palabras no prometen finales felices, no prometen quedarse para siempre.

Prometen algo más peligroso: verdad.

Los días siguen cayendo, el calendario avanza y la ciudad empieza a murmurar mi nombre.

Paso los días entre llamadas, mensajes, expectativas y todo crece.

Y en medio de ese ruido, una certeza me atraviesa con una claridad que asusta: esta vez, perderla no sería solo perder el pasado.

Sería perder el presente.

El único presente que recién ahora… me estoy animando a vivir.




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