El aeropuerto siempre me pareció un lugar frío, pero hoy es cruel.
No por el aire acondicionado, no por el mármol, cruel porque nadie se detiene.
La gente se abraza. Se ríe, corre, arrastra valijas.
El mundo sigue funcionando como si no hubiera despedidas rompiéndose en cada rincón.
Benjamín maneja en silencio, sus manos firmes en el volante.
Tanto que sus nudillos se vuelven blancos, la mandíbula tensa.
Yo miro por la ventana, pero sin ver nada.
Las luces pasan borrosas, como si la ciudad ya no fuera mía, como si me estuviera soltando antes de tiempo.
El motor se apaga y el silencio dentro del auto es espeso.
Ninguno baja enseguida, respiramos…Eso es todo.
Respirar.
Como si salir fuera confirmar que llegó el momento, Benjamín suelta una risa breve.
Seca y sin humor.
—Qué ironía…- Lo miro.
No me gusta esa risa, me parte algo por dentro.
—Pasé la vida con miedo a no verte más… y acá estoy. Despidiéndome de nuevo.
Traga saliva después de decirlo, como si las palabras rasparan.
—El destino tiene un humor horrible —murmuro—. Siempre elige el peor momento.
Bajamos y el aire es frío.
Huele a combustible, a café recalentado, a despedidas viejas.
Caminamos despacio, no porque tengamos tiempo. Porque ninguno tiene prisa.
Las valijas ruedan sobre el piso con un sonido hueco.
Tac…Tac…Tac.
Cada paso pesa, como si lleváramos piedras en los bolsillos.
Las puertas automáticas se abren, el murmullo del aeropuerto nos traga, voces en los altavoces, anuncios, risas.
Todo demasiado fuerte, demasiado vivo y nosotros caminando como fantasmas en el medio.
Cuando nos detenemos frente a la puerta de embarque, el tiempo se vuelve raro.
El reloj avanza normal, pero para mí todo se espesa, como si el aire fuera agua.
Como si moverme costara el doble. Benjamín me mira, estudiandome detenidamente.
Y ahí se le cae la máscara. Él…Solo él.
Da un paso y me abraza fuerte, como si tuviera miedo de que me disuelva.
Sus brazos me rodean la espalda con una fuerza que duele pero no me quejo.
Me hundo en su pecho huele a jabón, a pintura a casa.
Su respiración se desarma contra mi cuello, irregular, temblando.
—No entiendo cómo se hace esto —susurra—. Cómo se deja ir a alguien y se sobrevive.
La voz le tiembla y eso me rompe, le tomo el rostro entre las manos, su piel está fría.
Sus ojos oscuros, cansados y asustados, como ese chico que todavía vive en él.
—No me estás dejando —le digo.
Despacio, como si cada palabra fuera algo frágil.
Apoya la frente en la mía y cierra los ojos.
Respira hondo, como si estuviera memorizando mi olor, mi piel, mi existencia, asiente.
—Volvé —dice—. A tu manera. Cuando puedas.
No me pide promesas, no me encierra, solo me deja ser.
Eso duele más.
—Voy a volver —respondo—. Sin promesas. Con hechos.
Nos besamos, un beso torpe, que nos sirve como ancla.
Como si nuestros cuerpos dijeran lo que la boca no puede.
Cuando me separo, mis manos tardan en soltar su campera.
Como si los dedos no entendieran la orden, doy un paso atrás. Después otro.
El corazón golpeándome en la garganta pero cruzo la puerta.
El sonido del escáner, el murmullo de la gente, todo vuelve, me doy vuelta, él sigue ahí, muy quieto.
No levanta la mano, no sonríe, solo me mira.
Como si grabara la imagen, como si no quisiera parpadear.
Y no sé cómo ni cuándo, ni de qué forma, pero lo entiendo.
Esta vez dejar ir no es perder. Es elegir, es confiar, es resistir sin romperse. Aunque duela, aunque tiemble.
Aunque el mundo siga caminando como si nada.
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Editado: 15.02.2026