Creer es caer

EL TIEMPO QUE APRENDE A ESPERAR

Los días sin ella se sienten suspendidos.

Como si el tiempo hubiera dejado de avanzar en línea recta y se moviera en círculos lentos, cuidadosos. No duele como antes. No arrasa. Pero pesa y está ahí, todo el tiempo.

Desde que se fue, hablar se volvió una costumbre extraña, una necesidad.

Mensajes que aparecen temprano, cuando todavía tengo el cuerpo entumecido. Audios que escucho con una sonrisa involuntaria mientras limpio pinceles. Fotos absurdas de cafés mal hechos, de calles que no conozco, de detalles mínimos que no importan… y que importan todo.

También hay silencios.

Y aprendo que no todos los silencios significan ausencia. Algunos significan vida sucediendo.

Descubrí algo que nunca había entendido del todo: la distancia no siempre separa. A veces obliga a sostenerse con más cuidado. Con más conciencia. Como si cada palabra tuviera que valer la pena.

Aun así, levantarme sigue siendo lo más difícil.

Cada mañana abro los ojos con la misma presión en el pecho. No es tristeza. Es expectativa.

La pregunta aparece antes de que pueda evitarla:

¿Será hoy?
¿Será el día en que vuelva?
¿El día en que ya no se vaya más?

No la formulo en voz alta. No quiero desgastarla. Pero vive ahí, insistente, silenciosa.

La ansiedad no grita. Se infiltra.

Me acompaña mientras me visto, mientras camino hasta la tienda, mientras intento concentrarme frente a los lienzos. Está en la forma en que me quedo quieto unos segundos de más antes de abrir la puerta. En cómo reviso el teléfono sin darme cuenta. En la dificultad para quedarme quieto.

Me cuesta enfocarme, pero no me detengo.

Trabajo más horas de las necesarias. No por disciplina. Por supervivencia. El movimiento me salva. Si mantengo las manos ocupadas, la cabeza se calla un poco. Si sigo trabajando, el tiempo corre. Y si corre… estoy, aunque sea mínimamente, más cerca de ella.

La exposición se acerca.

Una semana. El calendario no perdona.

Cada día tachado es una victoria y una amenaza al mismo tiempo. Porque todo avanza. Porque nada se queda quieto. Porque el futuro insiste.

A veces la imagino entrando por la puerta de la galería como si fuera cualquier día. Sin aviso, como si siempre hubiera estado ahí. Otras veces, el miedo aparece sin pedir permiso y me muerde con fuerza:

¿Y si no vuelve?
¿Y si Nueva York reclama lo que yo apenas me animé a desear?
¿Y si esto fue solo un paréntesis hermoso?

No me quedo demasiado tiempo en esos pensamientos. Aprendí que mirar demasiado el abismo no ayuda.

Y entonces, como si lo supiera, su mensaje llega.

Nada extravagante, una frase simple, un “te pienso”.

Y algo dentro de mí se acomoda, el pecho afloja.

La respiración vuelve a encontrar ritmo…No estoy solo.

No estoy esperando en vano, estoy acompañado y por primera vez en mucho tiempo, empiezo a entender algo que nunca supe hacer: no todo lo que vale la pena se sostiene apretando.

Algunas cosas…se sostienen esperando, con miedo, con cuidado.

Pero de pie.




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