Los días empezaron a caer uno sobre otro como fichas de dominó.
No se distinguían, Tac… Tac... Tac…
Y cada golpe sonaba más fuerte que el anterior.
Siete.
El número me despierta antes que el despertador.
Abro los ojos con el corazón acelerado, como si hubiera olvidado algo importante. Tardo unos segundos en entender qué es.
No es solo la exposición.
Es ella. Siempre ella.
Seis.
El café se enfría en la taza mientras reviso el teléfono por tercera vez. No hay mensajes nuevos. Sé que el horario no coincide. Sé que está ocupada. Sé que no significa nada.
Pero el silencio igual pesa.
Como si algo estuviera a punto de romperse.
Cinco.
Trabajo más horas, demasiadas, la galería empieza a tomar forma.
Los lienzos llegan envueltos en telas blancas, alineados contra la pared como cuerpos dormidos. Los toco uno por uno al descubrirlos, comprobando que estén intactos. Que existan. Que no sean una ilusión.
Los cuelgo con una precisión casi obsesiva.
Un centímetro a la izquierda.
Más alto, más luz, otra vez.
Quiero que todo esté perfecto.
No por orgullo, por miedo.
Porque por primera vez en mi vida algo importante está a punto de suceder… y no quiero huir.
Antes habría huido, lo sé, habría inventado excusas.
Me habría escondido detrás del trabajo, de la distancia, de cualquier cosa.
Ahora me obligo a quedarme, aunque tiemble.
Karen aparece temprano, siempre con café.
Como si no supiera qué decir, pero supiera que estar alcanza.
Lucas se ofrece a ayudar con cosas absurdas: mover cajas, barrer un rincón limpio, preguntar si necesito algo.
No entiende nada de arte, pero entiende de quedarse.
Se sientan en silencio, y me bservan. No preguntan y yo los dejo.
Antes no lo habría hecho, antes me habría encerrado.
Ahora necesito que haya gente respirando cerca.
Cuatro.
Empiezo a soñar con aeropuertos. Con puertas que se cierran.
Con ella caminando en dirección contraria. Me despierto con la garganta seca.
Tres.
Intento pintar, pero no puedo.
El pincel flota en el aire sin tocar el lienzo, la cabeza está en otra parte.
¿Ya habrá terminado los trámites?
¿Estará empacando?
¿Se habrá arrepentido?
El miedo no grita.
Susurra, todo el tiempo.
Dos.
La noche anterior casi no dormí. No por los cuadros.
No por la gente. Por ella.
Doy vueltas en la cama como un animal inquieto, el techo parece más bajo.
El aire más espeso, no sé si va a llegar.
No sé si algo puede salir mal en el último segundo, no sé si soportaría verla entrar.
O peor… no verla.
Repaso escenarios absurdos, vuelos cancelados, cambios de planes.
Silencios, desapariciones.
Mi cabeza siempre va primero al desastre, siempre.
Uno.
Llego a la galería antes que nadie, las luces todavía apagadas.
El eco de mis pasos rebota en las paredes vacías.
Huele a pintura fresca y a algo nuevo, algo que todavía no sé si me pertenece.
Enciendo las luces una por una, los cuadros aparecen.
Firmes. Listos.
Como si siempre hubieran estado esperando este momento.
Me quedo quieto en medio del salón, las manos sudadas.
El corazón golpeando fuerte.
Demasiado fuerte, hoy, no hay más números.
No hay más días para esconderse, el día llegó.
Y por primera vez en mucho tiempo… no quiero salir corriendo.
Solo quiero que la puerta se abra.
Y verla entrar.
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Editado: 15.02.2026