Creer es caer

EL DÍA

La galería se llenó más rápido de lo que esperaba.

Voces superpuestas.
Pasos que iban y venían.
Copas chocando suave, como si nadie quisiera romper nada.

Mi nombre empezó a circular de boca en boca con una naturalidad que me descolocó. Como si siempre hubiera pertenecido ahí. Como si no hubiera pasado media vida creyendo lo contrario.

Yo estaba quieto.

No inmóvil por rigidez, sino por exceso de conciencia. Sentía el cuerpo entero: los pies firmes en el suelo, el latido constante en las sienes, las manos frías.

Karen me tomó la mano, no dijo nada.

Lucas se colocó a mi otro lado, ocupando espacio con esa presencia suya que nunca empuja, pero nunca falta.

No hablaban y por primera vez, entendí que no hacía falta.

Los miré, de verdad.

Karen tenía los ojos llenos de lágrimas que no intentó esconder. Lucas parpadeaba lento, como si el pecho le pesara más de lo habitual.

Ellos estaban orgullosos, no del artista. Del hombre.

Algo se aflojó dentro de mí. No como una caída sino como un permiso.

—Todo esto… —dije, sin levantar la voz—. Todo esto existe por ustedes.

No fue una frase perfecta, ni fue ensayada. Me salió con torpeza, con una honestidad que me dejó expuesto.

Karen me abrazó fuerte. Con ese abrazo que conoce mis bordes, que no pregunta, que no exige. Como si todavía fuera aquel chico que despertaba sobresaltado en mitad de la noche.

Lucas apoyó la mano en mi hombro, firme, como ancla.

—Siempre supimos quién eras —dijo—. Solo necesitabas tiempo para creerlo.

No respondí, porque si hablaba, me rompía.

Las luces se atenuaron apenas. La gente empezó a recorrer la muestra. Escuché comentarios sueltos, respiraciones detenidas frente a los cuadros, silencios respetuosos.

Y entonces…todo se detuvo.

No lo vi venir, no escuché la puerta, no sentí el movimiento a mi alrededor.

Solo la sentí a ella, la vi.

De pie en el umbral de la galería, como si ese fuera exactamente el lugar donde siempre tuvo que estar. Su mirada clavada en mí, directa, segura, como si me hubiera encontrado después de buscarme durante años.

El aire abandonó mis pulmones, literal.

Por un segundo pensé que era una broma cruel de mi cabeza. Deseo mezclado con miedo. La imagen que uno crea cuando necesita creer demasiado.

Pero entonces dio un paso.

Uno solo y sonrió.

Ese gesto —tan suyo, tan intacto— borró el ruido, la gente, el tiempo. Todo lo que no era ella dejó de existir.

Me acerqué sin pensar.

Cada paso fue una victoria silenciosa contra mis propios fantasmas. Contra el impulso de dudar. Contra el miedo a que desapareciera si parpadeaba.

Cuando estuve frente a ella, no pude hablar, el cuerpo no me obedecía.

Fue ella quien sostuvo el momento.

—Te dije que no me iría sin regresar a ti.

Mis manos temblaron, no hice nada para ocultarlo, no quise.

Karen y Lucas nos observaban a la distancia. Sus lágrimas ya no dolían.

Y ahí, rodeado de cuadros que nacieron del dolor, del miedo, de la espera… rodeado de amor que nunca me soltó aunque yo no supiera sostenerlo… lo entendí.

No estaba solo, nunca lo había estado.

Solo había tardado demasiado en darme vuelta…y mirar.




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