Creer es caer

HOGAR

La galería quedó atrás como un eco lejano.

Las luces, las voces, los aplausos.
Mi nombre flotando en bocas ajenas.

Todo se disolvió apenas la puerta se cerró detrás de nosotros.

El sonido fue seco, definitivo, como apagar un interruptor, el aire cambió al instante.

Más tibio. Más quieto. Nuestro.

Benjamín soltó el aire como si lo hubiera estado reteniendo durante horas.

Se quitó la chaqueta despacio, algo cansado. Como si recién ahora el cuerpo recordara que podía aflojar.

Lo observé en silencio. No quería hablar.

Las palabras todavía pertenecían al mundo de afuera.

Esto era otra cosa. Más íntima y más frágil.

Fue él quien se acercó primero, no camino, se dejó caer hacia mí, con necesidad.

Sus manos encontraron mi rostro como si lo reconocieran a ciegas. Como si necesitaran comprobar que seguía ahí.

Sus dedos estaban fríos, temblaban apenas, apoyó la frente en la mía.

Respiró hondo, el aire le salió quebrado.

—Lo hiciste —susurré.

No por la muestra. Por él.

Por haberse quedado, por no huir.

—No —dijo—. Lo hicimos.

Ese “hicimos” me atravesó el pecho, porque ya no era solo su historia.

Era la nuestra y lo besé, lento y profundo.

Como si estuviéramos memorizándonos otra vez.

Su boca respondió distinta, más abierta, más honesta.

Como si por fin se permitiera sentir sin esconderse detrás de nada.

Las manos empezaron a recorrer piel conocida y nueva al mismo tiempo.

No exploraban, confirmaban. Acá estás. Sigo acá.

La ropa fue desapareciendo sin prisa, deslizada como si cada capa que caía fuera un acuerdo silencioso: nos quedamos. No hubo desesperación, hubo entrega.

Cuando me llevó a la cama, sentí el temblor en su cuerpo.

Como después de sostener algo demasiado pesado durante demasiado tiempo.

Se quedó mirándome, como si todavía no terminara de creer que era real.

—Quédate —dijo, la voz rota, casi infantil.

—No te vayas… por favor… nunca más.

Ahí estaba. No el artista ni el hombre fuerte.

El chico que aprendió a perder primero, sostuve su mirada.

—Estoy acá —susurré—. Y no pienso moverme.

Nos abrazamos, no para poseer, para sostener.

Lo amé como se ama a alguien que sobrevivió, con cuidado.

Esa noche no hubo pasado. No hubo despedidas. No hubo aeropuertos.

Solo dos cuerpos respirando al mismo ritmo.

Recordándose.

Aprendiendo a quedarse, sin miedo al amanecer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.