Creer es caer

DONDE TODO ENCAJA

Desperté antes que ella.

Me quedé quieto, respirando despacio, escuchando el silencio de la casa. No ese silencio tenso de otros tiempos, sino uno suave, habitado. El tipo de silencio que no pide defensa.

Ángel dormía a mi lado.

La observé con una calma que no recordaba haber sentido nunca. Su respiración era lenta, profunda. El sol entraba por la ventana sin prisa, dibujando sombras suaves sobre su piel, sobre el borde de la sábana, sobre ese cuerpo que ya no sentía como algo que podía perderse de un momento a otro.

Pensé, sin dolor esta vez, que durante años creí que el miedo era perder.

Cuando en realidad… nunca me había permitido quedarme.

Se movió apenas y abrió los ojos, todavía medio dormida.

—Buenos días —dijo. Su voz era baja, real, sin urgencias.

—Se sienten distintos —respondí.

No “bien”. No “mejor”. Distintos.

Sonrió, con una sonrisa tranquila.

—Porque esta vez son reales.

No hablamos más, no hizo falta.

No había promesas flotando entre nosotros. No había pactos silenciosos que pesaran como amenazas. Solo presencia. Decisión ya tomada.

Semanas después, la casa empezó a llenarse de cajas.

No de despedidas, de elecciones. Ropa doblada. Libros.
Objetos que encontraban su lugar sin pedir permiso.

Karen lloró cuando llenamos el armario con ropa de ambos. No intentó ocultarlo. Lucas miró hacia otro lado, como si se le hubiera metido algo en el ojo justo en ese momento.

Yo los abracé. A los dos. Como no lo había hecho nunca.

—Gracias —les dije—. Por enseñarme que quedarse también es amar.

No respondieron. No hacía falta, el taller siguió creciendo.

No solo en espacio. En sentido y yo también crecí.

No me volví valiente de golpe, no dejé de tener miedo.

Pero aprendí algo distinto: el miedo no siempre es señal de huida.
A veces es señal de raíz.

Y en esos días en que el cielo se cargaba de nubes oscuras, cuando algo en mí volvía a tensarse sin motivo, Ángel me tomaba la mano.

No para salvarme, para recordarme.

Que las tormentas también limpian.
Que el fuego no siempre destruye.

A veces ilumina.

Y así…sin huir, sin prometer lo imposible, sin negarme a sentir. Me quedé.

Nos quedamos.

Y por primera vez… todo encontró su lugar.




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