Llueve intensamente, el cielo completamente gris. Gotas gruesas caen sobre el suelo sin cesar; las nubes no dan tregua, es como si el cielo se cayera, y yo no estaba preparada.
No estaba así esta mañana cuando salí de casa. Solo era un día ventoso, como cualquier otro de invierno. Pero ahora, que miro a través del cristal de la ventana de la facultad, pareciera que jamás parará de llover.Esa era una señal. Todo estaba muy gris.
—Keyla —me dice mi mejor amiga, Angélica. Estudia conmigo la misma carrera. La miro para que continúe hablando—. Recuerda que hoy no volveremos juntas a casa, debo acompañar a mamá al médico —me recuerda. Siempre regresamos juntas; ya me lo había mencionado antes.
—Tranquila, Angélica, lo sé —está particularmente intranquila. Según ella, presiente que algo malo me sucederá. En realidad, siempre parece estar alerta.
—Ve directo a casa, no vayas sola de compras como me dijiste —lo dice como si yo fuera una niña pequeña y ella mi madre dándome recomendaciones.
—¿Sola? ¿No viste que Ernesto y Horacio no se despegan de mí? —le recuerdo, mirándola fijo. Jamás ando sola.
—Son tus guardaespaldas, obvio estarán pegados a ti. Pero prométeme que no irás —suplica juntando sus manos. Es tan dramática.
—Angélica, me parece que estás exagerando. Solo porque tuviste un mal sueño no quiere decir que se haga realidad —resulta que soñó que tendría un accidente automovilístico y moriría en él; ahora cree que eso es justamente lo que me sucederá.
—En mi sueño llovía como ahora y te ibas de compras —dice, un poco alterada, convencida de lo que habla. La miro mal; no puede estar pensando eso.
—¿Y crees que se hará realidad? —interrogo, y ella asiente con efusividad—. Como cuando me dijiste que no fuera a ese crucero porque se hundiría, o que no fuera a la playa porque habría un tsunami, o cuando no quisiste que fuéramos a la fiesta de egresados porque dijiste que el vestido se rompería y quedaríamos desnudas delante de todos en medio de la pista —enumero, ironizando. Jamás le atinó a nada. Y obviamente jamás hice caso a sus advertencias.
—Pero ese día sí se te rompió el tacón del zapato —me recuerda, como si de verdad hubiera acertado y hubiera sido una catástrofe. Evito rodar los ojos.
—Sí, pero fue porque se me atoró en un escalón que tenía una madera floja. No hubo ningún drama; en menos de cinco minutos papá me trajo otro. Tienes esos sueños desde que te conté lo que me sucedió cuando era niña. Ya deja de ser exagerada —la reprendo, ahora sí rodando los ojos.
—Sucedió, ¿no? —advierte, como si las cosas siempre pasaran como ella dice—. Solo te cuido —dice, ofendida.
—Y lo agradezco, pero nada malo pasará, como las anteriores veces. Y deja de hablar, que no me dejas prestar atención.
De verdad debía ir de compras. Había encargado unos libros que necesitaba para estudiar y tenía que retirarlos hoy. La librería quedaba en el centro comercial; de paso aprovecharía para comprar algunas cosas.
Solo faltaba este año para recibirnos. Habían pasado cuatro largos años y este era el último. Después de graduarme, papá me dejaría tomar más control de la empresa familiar. Ahora solo trabajo allí algunos días. El señor Lucio me deja familiarizarme con algunos expedientes; mi trabajo allí es sencillo, nada complicado. Mi padre dice que debo concentrarme en mis estudios. Por eso el señor Lucio, abogado de la familia, se encarga de todo.
Salimos de la facultad y, al despedirme de Angélica, me abraza fuerte, como si fuera el último día que me verá. Inhalo profundo, devolviéndole el gesto, y evito decirle exagerada. Ella me repite que me cuide. Ruedo los ojos y sonrío cuando la miro a los ojos.
—Luego hablamos —le aseguro que todo estará bien.En la calle se encuentran mis guardaespaldas. Uno sostiene la puerta, expectante, mirando para todos lados por si aparece algún peligro, y el otro está al volante. Al ingresar, él cierra la puerta, rodea el auto y empieza a andar.
Al principio me molesté con papá por tener guardaespaldas, pero por más que insistí no me dio derecho a réplica. Era muy incómodo; todos me miraban mal y, obviamente, no dejaban de burlarse. Ahora ya me acostumbré y, aunque no veo ningún peligro, él no cederá.Ellos no son muy sociables; solo responden con monosílabos a las preguntas que les hago. Pero ya me acostumbré.
Llegamos al centro comercial. El estacionamiento se encuentra en el subsuelo; el lugar está bastante oscuro y solo algunos conductores que bajan de sus autos deambulan por allí.
Mientras Horacio se queda dentro del auto, Ernesto me acompaña. Primero voy directo a la librería y, mientras la dependiente busca mi pedido, miro las estanterías por si hay algún libro que me falta. La dependiente llega con mi pedido y me lo entrega. Ernesto toma las bolsas y salimos.
Caminamos recorriendo el lugar y visitamos algunas tiendas. Me pruebo algunas prendas y, como no tengo a mi amiga con su ojo objetivo, dudo, pero igualmente compro algo. Siempre compro algo; las personas que trabajan allí viven de comisión y no puedo irme y dejarlas así. Angélica siempre me repite que no es necesario, pero no puedo irme sin más.
Cuando salimos, algunos negocios están cerrando, así que decido regresar a casa. Es extraño: es relativamente temprano, son casi las siete de la noche, y hasta los locales de comida están cerrando. No hay muchas personas deambulando, pero tampoco es algo tan raro; la lluvia hizo que muchos se quedaran en sus hogares. Además, el frío es insoportable.
No le doy mucha importancia. Bajamos al estacionamiento, donde nos espera Horacio, quien apenas nos ve baja del vehículo para abrir la puerta.Pero de pronto se oye un ruido ensordecedor que hace que todo el lugar se congele: disparos, ruedas chirriando y personas bajando de un auto. Ernesto tira las bolsas al suelo, me protege con su cuerpo y me dirige hacia el auto, mientras Horacio se esconde detrás de este, saca de su cintura el arma y abre fuego.