Creí en ti

Capitulo 2

—¿Qué fue lo que sucedió? —pregunta un oficial de policía al desconocido.

Ya habían colocado cintas de “no pasar”. El sitio estaba repleto de oficiales que no dejaban entrar ni salir a nadie.

Todo era un caos. Había cartuchos de bala por todos lados, autos perforados, vidrios rotos esparcidos por el suelo, carrocerías abolladas y sangre por doquier. Y nuestro auto… nuestro auto parecía una tumba de metal; cualquiera que lo viera pensaría que nadie dentro de él había sobrevivido.

Todo era muy extraño. Los únicos hombres que quedaron tendidos en el suelo, inconscientes, fueron Ernesto y Horacio. Ni uno solo de los atacantes permanecía allí. La única prueba de que habían estado era la sangre y los cartuchos desperdigados. Sus compañeros se habían llevado a todos, como si jamás hubieran existido. Sin duda, eso demostraba que no querían que descubriéramos quién era su jefe.

Yo me encontraba dentro de la patrulla, sentada en el asiento trasero, envuelta en una frazada mientras temblaba sin control. La adrenalina ya había desaparecido y ahora sentía cómo el miedo y la tensión repercutían en cada parte de mi cuerpo. Agradecía a Dios por haber sobrevivido… a Dios y al desconocido.

La policía aún no nos dejaba ir; nos hacían demasiadas preguntas. El jefe de seguridad de papá quiso llevarme a casa, pero el oficial no se lo permitió. Primero debíamos contar lo sucedido.

El desconocido relató que era vigilante del centro comercial y que aquella noche le tocaba recorrer el estacionamiento. Escuchó disparos, llamó a la policía y nos vio intentando resguardarnos como podíamos. Me vio asustada y desorientada; también vio a Ernesto disparando para protegerme. Encontró un arma en el suelo y la usó para ayudarnos.
El oficial le preguntó si pertenecía a alguna fuerza de seguridad y él respondió que no, que solo sabía usar armas. En su trabajo de vigilancia no utilizaban ninguna; si ocurría algún disturbio, su deber era llamar a la policía.

Y ahora que lo observaba mejor entendía por qué le había hecho esa pregunta. El sujeto parecía militar o policía. Medía casi dos metros y tenía un cuerpo imponente. Era serio, de mirada penetrante, aunque con un leve deje de ternura. Lo noté cuando, después de todo, se acercó unos segundos para preguntarme cómo me encontraba.

—...Igualmente, en el lugar hay cámaras de seguridad. Pueden revisarlas si quieren —señala el desconocido hacia una cámara cercana.

—Por supuesto que lo haremos —asegura el oficial a cargo—. Necesitamos que se acerquen a la estación para hacer sus declaraciones —añade, mirándonos a él y luego a mí.

En ese momento llega otro auto que conozco demasiado bien.
Mi padre baja a toda prisa. Al principio no lo dejan pasar, pero en cuanto dice que es mi padre le abren camino.

Él siempre proyecta seriedad, como si tuviera todo bajo control, especialmente sus emociones. Pero ahora estaba preocupado, nervioso… exaltado.

Mis ojos se llenan de lágrimas apenas lo veo.

Cuando llega hasta mí, nos fundimos en un abrazo. Lo necesitaba. Necesitaba sentir su calor para convencerme de que realmente estaba viva. Permanecemos así unos segundos mientras me repite al oído que todo estará bien.

Y entonces, cuando me mira a los ojos, distingo algo que jamás había visto en él: furia.
Me promete que hará pagar a los malditos que intentaron hacerme daño.

Mi padre, a pesar de su porte intimidante y la seriedad que desprende, jamás mataría una mosca. Seguro su promesa nace del dolor, de la impotencia por lo que viví. Pero esos ojos cargados de rabia… se sienten como una amenaza real.

Cuando por fin logro tranquilizarme, los oficiales se lo llevan para hacerle unas preguntas.

—Oye, gracias —le digo al desconocido.

Observo su brazo vendado, herido por defenderme. Él está a unos pasos de mí y me mira con preocupación.

—Si no hubieras aparecido, quizás yo… —trago saliva con dificultad. Mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas y el nudo en mi garganta no me deja continuar.

—Hey, tranquila —dice en voz baja—. Ahora todo estará bien.

Hace una pequeña mueca parecida a una sonrisa intentando tranquilizarme, y de alguna manera lo consigue.

La ambulancia había llegado hacía rato, pero primero se llevaron a Ernesto y Horacio, que estaban más graves. También habían atendido al desconocido.
Si hubieran sabido quién era yo, seguramente me habrían llevado primero a mí. Por eso no dije mi apellido. Ellos necesitaban ayuda urgente. Lo mío eran nervios… y probablemente años de terapia después de esto. Pero físicamente no había recibido ni un solo disparo.

—Oye, muchacho, gracias.

Ambos miramos a mi padre, que había regresado sin que nos diéramos cuenta. Le extiende la mano al desconocido.

—Por cierto, me llamo Eriberto Pujol.

—Mi nombre es Nath Hernández —declara estrechándole la mano con seguridad, como si no supiera quién era mi padre. Eso era extraño; la mayoría sí lo sabía—. Mucho gusto, señor.

—El placer es mío, muchacho. Si tú no hubieras aparecido, mi hija no estaría aquí conmigo —dice mi padre mientras me acaricia el cabello con ternura.

—Hice lo que cualquier persona haría —responde él restándole importancia, como si no hubiera arriesgado la vida por nosotros.

—No. Muy pocas personas arriesgarían su vida por un desconocido. Por eso te lo agradezco. El oficial me informó que debemos ir a realizar la denuncia y las declaraciones correspondientes. Por lo sucedido, accedieron a que vayamos a casa a descansar y mañana, a primera hora, nos presentemos en la estación. Si me das tu número, podemos ir juntos.

—Claro.
Nath le dicta el número y mi padre lo anota.

—Estaremos en contacto —dice papá.
Nath nos estrecha la mano y se retira. Recién entonces noto que había personal del centro comercial esperándolo.

Ya en el auto de regreso a casa, mi padre me rodea con un brazo mientras con la otra mano escribe rápidamente en su teléfono.




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