Creí en ti

Capitulo 3

José entra con pasos dubitativos, mirando fijamente a mi padre, como si estuviera decidiendo si mostrar o no lo que encontró. Y, obviamente, es por mí.
No entiendo nada. Jamás me habían ocultado nada.

Tengo demasiadas preguntas.
¿Desde cuándo me esconden cosas?
¿Desde cuándo los empleados de mi padre saben más que yo?

No aguanto más y pregunto, furiosa:
—¿Qué me ocultan? Porque es evidente que saben cosas que yo no. —Miro a todos los presentes. Estoy molesta y no puedo ocultarlo.

—No es eso, hija —trata de tranquilizarme papá—. Solo no queremos alterarte más. Hoy ya pasaste por mucho y quizás lo que veas te haga sentir peor. Queremos evitarte malos recuerdos, que te angusties.

Es cierto que siempre intentan protegerme, pero esta vez necesito saber la verdad. Necesito saber quién trató de secuestrarme.

Respiro hondo intentando calmarme. Entiendo su postura, pero ya no soy una niña. Necesito respuestas. Es evidente que no volveré a caminar tranquila por las calles hasta encontrar a los culpables y verlos tras las rejas. No quiero vivir con miedo.

Papá hace una seña para que José se acerque. Él camina unos pasos, deja la laptop sobre el escritorio, toca una tecla y una imagen aparece en la pantalla.

Luego le da play.

Es la grabación de la cámara de seguridad del centro comercial. La imagen está en blanco y negro, sin audio y algo borrosa, pero se distingue todo el panorama.

Primero aparece el subsuelo del centro comercial. No hay nadie deambulando por ahí, apenas algunos autos estacionados. Está demasiado vacío para la hora que era; yo también lo había notado.

Nadie dice nada. Todos miramos la pantalla en silencio.

Se ve a Horacio bajar del auto. Mira primero hacia adelante y luego a ambos lados, atento, alerta. Segundos después aparecemos Ernesto y yo. Él lleva varias bolsas en la mano derecha y la otra libre; yo también cargo bolsas y mi cartera, caminando sin preocupación. Ernesto, en cambio, avanza unos centímetros detrás de mí, vigilando el lugar.

De pronto me quedo paralizada.

Ernesto tira las bolsas al suelo, me cubre con su cuerpo y me arrastra detrás del auto. Todo ocurre demasiado rápido. Horacio cae al piso a unos centímetros del coche. Mi respiración se corta.
Unos minutos después, en uno de los extremos de la pantalla, aparece Nath. Se desplaza agachado entre las balas hasta llegar detrás del auto donde estamos nosotros.

La cámara está posicionada del lado donde solo se ve nuestro vehículo, pero aun así se distinguen a los hombres armados disparando. Todos llevan pasamontañas, ropa negra, guantes negros y bolsos oscuros. No dejan ver ni un centímetro de piel.
Como si mostrar un pequeño detalle pudiera delatarlos.

—¿Y las grabaciones de las otras cámaras? Porque debe haber más —interviene papá, poniendo pausa al video.

—Existe otra, pero está inhabilitada. La seguridad del centro comercial envió el informe, pero todavía no la habían reparado.

Papá golpea el escritorio con frustración, haciendo sobresaltar a todos los presentes.

—Quiero las matrículas de esos vehículos, José —espeta entre dientes, mirándolo con furia contenida.

—Las investigué…

—¿Dónde están? —lo interrumpe. Si no conociera a mi padre, me intimidaría.

—El problema es que estaban tapadas. No se distinguen en las cámaras —explica—. Es como si no hubieran querido dejar rastros… como si no quisieran que sepamos quiénes fueron.

—¿Me estás diciendo que estamos igual que al principio? —grita golpeando la mesa otra vez—. ¡Estamos igual o peor que antes!

José guarda silencio, incómodo.

—¿Mandaron a revisar los cartuchos?

—Son pistolas semiautomáticas. Estamos analizando la balística.

—La quiero para ayer, José —escupe entre dientes.

—Sí, señor.

—¿Qué se sabe del guardia de seguridad?
José me mira de reojo antes de responder.

—Es tal como dijo. Es guardia de seguridad del centro comercial.

—¿Y…?

—Es huérfano. Terminó los estudios secundarios con bajas notas. No tiene estudios universitarios. Vive en una pequeña pensión, en el centro de la ciudad. Es todo lo relevante.

—¿Seguro que eso es todo, José? —pregunta papá levantando una ceja. Su voz es dura, desconfiada.

—Le traje el expediente por si quiere verlo usted mismo.

Le extiende una carpeta que papá toma con brusquedad.

—No aprendió a disparar solo, José —lo reprende.
Papá abre la carpeta y comienza a leer en voz baja.

Cuando termina, se la pasa a Lucio, que también la revisa con interés, aunque ninguno comenta lo que dice allí.

—¿Qué sucede, papá? —pregunto queriendo ver el expediente de Nath.

—¿Está limpio?

—¿Limpio? —cuestiono sin entender.

—Jamás trabajó para la competencia.

—Papá, ya te dije que eso es descabellado y absurdo. No se arriesgarían a secuestrarme.

—Hay que descartar todas las posibilidades —responde convencido—. Bueno, hija, es hora de descansar. Mañana tenemos que ir a la estación de policía para realizar la denuncia correspondiente. Llamaré al chico Hernández para concretarlo.

Sus palabras no dejan espacio para réplicas. Son una orden directa. Y estoy demasiado cansada para discutir.

Saludo y salgo del despacho. Ellos se quedan hablando un poco más.

En la sala me espera Angélica. Apenas me ve, me abraza con fuerza y me acompaña hasta mi habitación. Una vez allí, me doy una ducha bien caliente. La necesito para relajarme.
Todo parece tan irreal… como si hubiera estado atrapada en una película de acción.

Me siento segura en casa. Papá tiene prácticamente un ejército cuidándonos y estoy segura de que redobló la seguridad después de lo ocurrido.

Salgo del baño usando un pijama cómodo. Angélica está sentada al borde de la cama, esperando que le cuente todo.

Y lo hago.

Las lágrimas finalmente salen, imparables, mojándome las mejillas mientras el miedo y la angustia me aprietan el pecho. Ella me abraza fuerte, acariciándome el cabello, asegurándome que está aquí para mí. Prometiéndome que papá encontrará a los responsables.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.