Creí en ti

Capitulo 4

Eriberto Pujol.

Debo encontrar a los responsables. Descubrir cuál de mis enemigos fue.

Tengo muchos, por supuesto que los tengo. Mis negocios me llevaron a eso.

Y tuve mis recaudos.

Contraté a un jefe de seguridad de confianza, un hombre que solo trabaja con personas leales y que, además, hicieron firmar acuerdos de confidencialidad. Instalé cerraduras con sistemas antibumping, antitaladro y anti-impresioning. Coloqué escudos de seguridad en los bombines para evitar que los fracturaran. Vidrios reforzados. Un sistema de alarmas monitoreado por mis propios hombres. Fotocélulas en todo el perímetro exterior.
El jardín, tanto delantero como trasero, siempre permanece impecable para evitar escondites. Existe una sola entrada y salida, vigilada las veinticuatro horas.

Jamás se atreverían a entrar en mi casa.
Hasta los autos están blindados.
Pero jamás imaginé que llegarían tan lejos… que se expondrían de esa manera, a plena vista de todos, en un centro comercial lleno de inocentes.
Arriesgaron demasiadas vidas.

Llego a la conclusión de que no fue la policía. Un enemigo descartado. Además, mi topo me habría avisado.

No cabe duda de que los responsables son profesionales. No dejaron rastros. Ni patentes, ni cadáveres, ni un solo error. Nada.
Fueron demasiado cuidadosos.
Y nadie que quisiera enviarme una advertencia se habría tomado tantas molestias para desaparecer cada huella.

Estoy confundido.

Y odio sentirme así.

La incertidumbre me pone de un humor de perros.
Pero ahora mi prioridad es mi hija.

Antes que nada, necesito asegurarme de que Kayla vuelva a sentirse segura.

Los malditos asesinaron a mis hombres delante de ella. Ahora está asustada, encerrada en casa, nerviosa… incapaz de confiar en que el mundo exterior no volverá a atacarla.

Parece una hoja en pleno otoño.

Frágil. Temblorosa. A punto de quebrarse.

Y no me gusta verla así.

Jamás la había visto así.

Necesito que vuelva a su vida cotidiana, y sé exactamente por dónde empezar.

La respuesta se encuentra sobre mi escritorio.

Dos legajos.

Pocas hojas.

Demasiado pocas.

Las leí tantas veces que casi podría recitarlas de memoria.

Uno de los legajos está limpio.

Demasiado limpio.

Nombre: Nath Hernández
Profesión: Seguridad privada / vigilancia
Estado civil: Soltero
Estudios: Completos
Contrato: Temporal
Edad: 25 años
Familia: Padres fallecidos / sin hermanos
Dirección actual: Sauce 1345
Antecedentes: Ninguno
Lugar de nacimiento: La Plata, Provincia de Buenos Aires
Observaciones: Reservado. Observador. Sin antecedentes penales.

—¿Encontraste algo? —cuestiona mi hermano desde el sillón frente a mí.

Me observa impaciente mientras tamborilea los dedos sobre el apoyabrazos.

—Nada que valga la pena —respondo tomando nuevamente la carpeta entre mis manos. Él suelta un bufido cansado.

—Está limpio.

—¿Seguro? —pregunta entrecerrando los ojos.
Sabe perfectamente que estoy buscando una falla.
Levanto una ceja.

—No es tan fácil. Hay algo que no me cuadra.
Abro el legajo otra vez y le doy un repaso fugaz, aunque ya conozco cada palabra.

—Ya has releído esas hojas un millón de veces, Eriberto —dice mi hermano, exasperado—. ¡Dios! Eres demasiado desconfiado —se pasa una mano por el cabello con frustración.

—¿Cuál es el maldito problema?

—Está demasiado limpio —suelto finalmente.
Mi hermano deja caer la cabeza hacia atrás y se frota la cara.

—Necesito un bache. Un error. Algo —expreso con frustración. Él rueda los ojos —. ¿Crees que habría dejado la seguridad de mi hija en manos de cualquiera?.

Está por responder cuando José entra al despacho.
Justo el hombre que necesitaba.

—José, ¿qué averiguaste? —pregunto de inmediato.
Mi jefe de seguridad es perspicaz. Si existe algo oculto, él lo encontrará.

—Lo estuve vigilando —dice mirándonos alternadamente a mi hermano y a mí—. Vive desde hace poco en una pensión pequeña. No habla demasiado con los vecinos. Es reservado. Paga todo en efectivo. Se ejercita a diario, incluso con la lesión. Practica artes marciales y boxeo… aunque esto último no tanto por el brazo. Hace una pausa —. Está limpio —remarca.

—José, ¿qué encontraste en sus redes sociales?.

Él gira la pantalla del celular hacia nosotros.

Fotos escasas. Esporádicas.

En todas aparece solo.

Un perro.

Una montaña.

La playa.

Nada de familia. Nada de novia. Nada de amigos.

Poca actividad.

Casi inexistente.

Parece alguien que evita ser visto.

—¿Qué dicen sus compañeros de trabajo? —pregunto.

—Que llegó hace un par de meses. No interactúa mucho. Es callado, observador y responsable. Trabaja media jornada con horarios rotativos.

—¿Eso es todo?.

—Es todo.

Exhalo lentamente, conteniendo la irritación.

—Es él, Eriberto —declara mi hermano con seguridad.
Había estacionado mi auto hacía unos minutos y aun así dudaba en bajar.

Esto debía hacerlo personalmente.

Necesitaba verlo de cerca. Analizar sus reacciones, sus gestos, sus silencios.

Mi hermano tiene razón.

Soy desconfiado.

Pero tengo motivos para serlo.

Demasiados enemigos desean verme muerto, y es evidente que mi hija solo fue utilizada como un punto débil para llegar a mí.

Y no permitiré que vuelva a suceder.

Les pedí a mis hombres que esperaran dentro del vehículo y permanecieran atentos a cualquier movimiento sospechoso.

Si se atrevieron a atacar a Kayla frente a cientos de personas, nada impide que intenten hacerlo conmigo.
Nath Hernández había entrado solo a la pensión hacía apenas cinco minutos.

Volvía de correr por el parque.
Siempre usa ropa oscura.
Lo sé porque lo observé.
No sé si es instinto o entrenamiento, pero siempre parece alerta. Como si esperara un ataque en cualquier momento.
Y eso es positivo.
Kayla estaría en buenas manos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.