Los días siguientes fueron una pesadilla. Por supuesto, necesité ir a terapia, cosa que había dejado hace mucho tiempo y que, después del trauma, retomé.
Noches sin dormir, días con los nervios de punta, mi cuerpo siempre en completa alerta. Sin poder reanudar mi vida normal, sin poder ir a trabajar ni a la universidad, sin salir a ningún lado, solo a terapia. No tenía cabeza para nada. Tenía miedo, pero no se lo decía a nadie. Mi padre y mi tío ya estaban preocupados; si Angélica lo supiera, sin dudarlo se lo diría a papá y no quería preocuparlo más.
Papá había hablado con el decano de la universidad y presentó mis motivos. Entendieron mi situación.
Pero necesitaba tener de nuevo el control de mi vida, o fingir tenerlo. Necesitaba mi libertad.
Papá estaba en su despacho, puesto que después de lo sucedido trabajaba desde ahí.
Golpeé la puerta e ingresé cuando me dio el pase. En cuanto me vio, dejó lo que estaba haciendo, me miró e hizo un gesto para que me sentara. Me observó, analizando mi rostro. Me conoce y, con solo mirarme, sabe cómo estoy.
—¿Cómo te fue hoy en terapia? —preguntó directamente.
—La terapeuta me dio algunos ejercicios para realizar —lo planteé con dudas, porque aunque mi padre confíe en los médicos, no quiere decir que esté de acuerdo y, si no lo está, no lo aprobará.
—¿Qué ejercicios? —levantó una ceja.
—Cree que es hora de empezar a salir —solté con una exhalación, esperando aprobación. Yo también quiero hacerlo, quiero empezar con mi vida cotidiana.
—¿Y tú qué quieres?
—Creo que ya es hora —dije con timidez porque no sabía si estaría de acuerdo—. Digo, me siento mejor, pospuse exámenes y trabajo. Creo que es hora de continuar.
—También lo creo. Eres una mujer fuerte y valiente, igual que tu padre. Nada te detendrá —me llenó el corazón que viera todo eso en mí—. Mañana, a primera hora, te presentaré a tus nuevos guardaespaldas —dirigió su mirada a su laptop, empezando a escribir—. También empezarás clases de defensa personal y un curso de manejo de armas —sentenció.
—Pero, papá, ¿es necesario? —para mí era un hecho aislado.
—Por supuesto que lo necesitas. No puede volver a pasar. Si ese muchacho no hubiera aparecido, esos malditos te hubiesen secuestrado y vaya a saber qué cosas te habrían hecho. Necesitas saber protegerte por ti misma. Ya lo reservé.
Cuando él decidía algo, no había peros que valieran. Sé que lo hace por mi seguridad y confiaba en él. Todo lo hacía por mi bien. Debería estar contenta porque hubiera accedido.
No había podido dormir casi nada y esta vez no era por preocupación, sino por ansiedad, por reanudar mi vida.
Me duché y maquillé. Me puse una remera blanca, un pantalón de mezclilla azul y zapatillas blancas.
Bajé a desayunar. Mi padre y mi tío ya se encontraban allí.
—Hola, mi princesa —habló mi tío Ramón apenas bajé—. ¿Pudiste descansar? —esbozó una sonrisa comprensiva.
—Sí, gracias, tío. ¿Y tú?
—Como un bebé —mi padre rodó los ojos. Ese «como un bebé» significaba que no había dormido solo.
—Papá, le dije a Angélica que pasaríamos por ella —advertí después de desayunar, mirando el reloj. No vi llegar a nadie. Él no me dejaría salir sin seguridad.
Él miró la hora tranquilamente y luego miró a mi tío, quien tomó el celular y buscó algo en él.
—Ya están aquí —aseguró Ramón.
Los hombres de seguridad seguramente entraron por la puerta de servicio.
—Hija, espéranos en el despacho, por favor.
Limpié mis labios, dejé la servilleta en la mesa y nos levantamos todos juntos. Mientras yo me dirigía al despacho, ellos continuaron hacia la cocina.
El lugar estaba desierto. Me senté a esperar. Unos segundos después, mi padre y mi tío entraron.
—Conseguimos seguridad —articuló mi padre—. Ellos, tal como Horacio y Ernesto, te cuidarán y te acompañarán a todos lados.
Asentí. Siempre estoy de acuerdo con él. Todo lo que hace por mí está bien.
—Hazlos pasar, por favor —le dijo a mi tío.
Él abrió la puerta y entraron dos hombres altos, robustos y serios. Uno era Nath, el chico que me salvó la vida. Me alegró ver una cara conocida. Y el otro...
Lo miré unos segundos a la cara. Se me hacía conocido. Me pareció haberlo visto anteriormente, pero no lograba recordar.
—Hola —saludé estrechando sus manos.
Nath solo movió la cabeza.
—Hola, señorita. Soy Tomás Rivero.
Hizo una sonrisa cómplice, como si me conociera. Esa voz se me hacía conocida. La había escuchado alguna vez y, en ese instante, lo recordé:
Tres meses atrás.
La lluvia caía fina sobre la ciudad, de esas que no empapan, pero vuelven todo gris y pesado. Salía del restaurante y lo vi a unos metros, en la acera, apoyado contra su auto, observando algo que tenía en sus manos. Parecía que esperaba a alguien.
Me pareció apuesto y por eso lo miré unos segundos más. Alto, de cuerpo atlético, mirada penetrante y cabello perfectamente peinado hacia atrás.
Cuando él levantó la vista, aparté la mía. Me avergoncé de que notara que lo estaba mirando.
Di dos pasos para apartarme de la puerta de entrada. Tenía el celular en una mano y, en la otra, la cartera. A unos metros de allí ya estaba Horacio esperando.
No lo vi.
Cuando me moví un poco más, choqué contra él, haciendo que se me cayera la cartera y todo lo que había en ella.
—Perdón —dijo.
Nos agachamos al mismo tiempo para recoger el contenido de mi cartera desparramado sobre la vereda. Su colonia era exquisita, fresca, demasiado elegante para alguien que parecía tan tranquilo.
—No hay problema —sonreí nerviosa—. Solo es la cartera, nada se rompió —bromeé para aliviar la incomodidad.
Él me observó con una intensidad que me hizo olvidar por un segundo lo que estaba haciendo.
—Tienes que mirar por dónde caminas —dijo mientras me entregaba las cosas, con una media sonrisa.
—Lo siento —respondí.