Creí en ti

Capitulo 6

Había sido un día difícil para mí. Tenía los hombros tensionados, el cuello rígido y el estómago hecho un nudo. Era como si a mi cuerpo le hubieran dado una paliza. Estaba exhausta. Y eso que era mi primer día después de varios sin asistir a clases.

Ni bien entré al auto, solté una exhalación sonora que hizo que los hombres de la parte delantera nos miraran por el espejo retrovisor, intrigados.

—¿Día difícil? —articuló, haciendo la misma pregunta que el día que nos conocimos.
Lo vi sonreír como si su cometido hubiera sido precisamente ese: recordarlo.

—Todos los tenemos —respondí, siguiendo su juego.
Sonrió de nuevo mientras asentía con la cabeza. Yo sonreí mirando hacia la ventanilla.

—¿Qué sucede aquí? —dijo Angélica por lo bajo, señalándonos a Tomás y a mí—. ¿Por qué tanta familiaridad? Recién se conocen —Me miró frunciendo el ceño. Levanté ambas cejas y fruncí la boca, dándole a entender que no era así.

—¡¿Qué?! —gritó.

Me abalancé sobre ella y le tapé la boca para callarla. Ambas caímos sobre el asiento del auto. Giré un poco la cabeza y vi cómo Nath nos observaba de reojo con expresión preocupada.

—¡Lo conoces! —salió su voz entre mi mano.

—Lo conocemos —la corregí en voz baja. Ella puso cara de desentendida, como si no recordara nada. Rodé los ojos.

—Tres meses. Café Las Américas —Abrió los ojos sorprendida y dijo algo ininteligible.
—¿Qué? —cuestioné. No entendí nada. Ella me golpeó el brazo que mantenía sobre su boca y la aparté.

—No puedo hablar si tienes la mano sobre mi boca —espetó indignada—. Dije que es un papucho —. Repitió ahora de manera audible —. Me pareció un rostro conocido.

Asentí.

—Ahora puedes quitarte de encima. Me estás aplastando —Me aparté de inmediato y ella pudo incorporarse —. Gracias —dijo con sarcasmo, acomodándose en el asiento.

—Llegamos, señoritas —informó Tomás.

No me había dado cuenta de que ya habíamos hecho todo el trayecto. Podía sentir mi ropa desordenada y mi cuerpo revuelto. Me ruboricé.

—Gracias —dije avergonzada, apresurándome a salir.

En el trayecto desde el jardín hasta la casa me acomodé la ropa y el cabello como pude. Mi amiga me siguió detrás, aunque tenía mucho mejor aspecto que yo.

Cuando llegamos a la puerta y puse la llave en la cerradura, esta se abrió de golpe, haciendo que pegáramos un brinco.
—Kayla —saludó papá, y luego miró a mi amiga —. Angélica.

—Hola, señor Eriberto —esbozó una sonrisa.

—Te estaba esperando —Abrió más la puerta y se adentró en la casa. Angélica y yo intercambiamos una mirada intrigada y lo seguimos.

Papá se sentó en el sillón de la sala, muy serio, esperando que lo imitáramos. Lo hicimos.

—¿Qué es lo urgente? —interrogué dubitativa. Me estaba poniendo nerviosa.

—Primero quiero decirte que estoy orgulloso de ti. Por esforzarte. Por ser valiente —se percibía su sinceridad, y sonreí.

—Gracias —articulé.

—Bien —su tono cambió —. Ahora quiero presentarte a alguien —se levantó del sillón y desapareció de la sala.

—Esto es muy raro —murmuró mi amiga.
Me encogí de hombros. Mi padre no era un hombre enigmático; era todo lo contrario. Directo, sin rodeos y sin ocultar nada.

—Hija —mi padre reapareció en la sala, pero no venía solo. Lo acompañaba un hombre que jamás había visto. Tendría unos cuarenta años, era alto, bien formado y vestía completamente de negro —. Él es tu entrenador. Jorge es personal trainer, profesor de artes marciales y entrenador de tiro. Él te enseñará. Esperemos que no ocurra ningún incidente más, pero es mejor estar alertas.

—Pero, papá, no. Ahora no puedo. Las clases, el estudio...

—Es lo mejor —sentenció, haciéndome callar.
Asentí porque sabía que no lograría hacerlo cambiar de opinión.

—Yo me apunto —dijo Angélica—. Será divertido —la miré levantando una ceja, sin entender su entusiasmo. Ella jamás había entrenado en su vida.

—¿Qué? —no entendía por qué la miraba así

—¿Tú? ¿Entrenar? —la observé incrédula —. Angélica, la actividad física más intensa que hiciste esta semana fue levantar una cuchara —solté con ironía

—Pero una cuchara muy pesada —bromeó—. Vamos, esto va a ser divertido.

Para mí no, pensé, aunque me guardé el comentario.

—No puede ser tan difícil —dijo ante mi falta de entusiasmo.

—Angélica, consideras ejercicio cambiar de posición en el sofá —Abrió la boca indignada.

—Cuando empezamos, señor Eriberto —Me ignoró por completo y se dirigió a mi padre.

—Sabía que te apuntarías —le sonrió orgulloso.

—Hoy mismo. Traje ropa para que se cambien. Jorge, las dejo en tus manos —se despidió mi padre dejándonos solos.

Mi casa contaba con un gimnasio, aunque solo lo usaba mi tío. Mi padre y yo jamás lo pisábamos. En un momento pensamos darle otro uso, pero mi tío se opuso enérgicamente y desistimos.

Hoy me arrepentía de no haberlo hecho.

El lugar contaba con todo tipo de máquinas, un ring, pesas, sogas y cuerdas.
Y, por supuesto, también tenía un polígono de tiro.
No estaba de acuerdo con eso, pero mi padre y mi tío lo consideraban necesario y pasaban mucho tiempo allí, argumentando que, si alguien volvía a atreverse a entrar, podrían defenderse.

—No entiendo por qué estás tan emocionada —cuestioné bastante molesta.

—Porque voy a aprender a defenderme —aplaudió emocionada.

—Angélica, reprobaste Educación Física.

—Eso fue hace años.

—Dos veces —le recordé.

—La segunda fue por persecución académica —La miré confundida.

—No existe la persecución académica en Educación Física.

—Existe, cuando el profesor espera que corras —explicó convencida. Rodé los ojos.

—Señoritas —dijo el entrenador, llamando nuestra atención—. Las invito a prepararse. En diez minutos las espero en el jardín.

Tomamos las bolsas con ropa deportiva que mi padre había dejado sobre el sillón y subimos las escaleras con parsimonia.
Nos pusimos unas calzas negras, remeras de lycra blanca de manga larga, zapatillas deportivas negras y una campera gris, también de lycra. Nos hicimos una coleta alta y, una vez listas, bajamos y caminamos hasta el jardín.




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