Ya habían pasado dos semanas desde mi reencuentro con el mundo exterior. Si bien al principio fue difícil, a medida que pasaban los días me sentía de mejor ánimo; salir de la casa había sido la mejor recomendación. Haber retomado las clases y estudiar para ellas me ayudaba a distraerme.
Pero ese había sido el límite de mi progreso.
No me atrevía a avanzar.
No había vuelto a pisar la empresa.
No había podido ir a retirar los libros que necesitaba.
No había vuelto a ir de compras.
Mi rutina se reducía a ir de la facultad a casa, tomar clases de defensa personal e ir al gimnasio, y de allí volver a casa.
Salimos de la universidad y ya nos estaban esperando mis nuevos guardaespaldas. No iba a mentir: cada vez que los miraba me daba nostalgia y tristeza no ver a Horacio y a Ernesto. Los extrañaba. Aunque no fueran grandes conversadores, me había acostumbrado a su presencia; me cuidaron y dieron su vida por mí.
Mi pecho se aprisiona y mi garganta se cierra al recordarlo. No quiero llorar delante de nadie; ya lo hice durante muchos días a solas. Y si bien la terapeuta me repitió que no fue mi culpa, no podía dejar de pensarlo. Murieron por mí, murieron por protegerme.
Cuando llegamos al lado del auto, Nath me abre la puerta sin mirarme y sin ninguna expresión. En estos momentos agradecía su frialdad e indiferencia, totalmente opuesto a Tomás, quien seguramente habría notado mis ojos cristalizados y, con una sola pregunta, daría rienda suelta a mis lágrimas. Él articuló un «hola», ni una sola palabra más salió de su boca y, en este momento, era positivo; podía controlar que las lágrimas no salieran.
—Buenos días, señoritas. ¿Cómo les fue con los estudios? —interroga Tomás con tono amable cuando entramos al auto.
En estas semanas había conocido a mis guardias.
Tomás era el más amistoso, conversador, preguntón y siempre sonreía; en cambio, Nath era todo lo contrario. Callado, de expresión seria, realizaba preguntas escasas y todo el tiempo estaba vigilando.
Era como si fuera otra persona a la del centro comercial. Su instinto protector seguía intacto, mantenía la distancia y solo hacía su trabajo, excelente por cierto, pero había puesto un muro entre nosotros.
—Siento que la cabeza me explotará.
Angélica dejó caer la cabeza hacia atrás y exhaló con dramatismo. Nath la mira apenas con el ceño fruncido.
—No quiero escuchar ningún artículo más del código penal —Tomás rio con fuerza, contagiándonos a nosotras, mientras Nath, con rostro serio, puso la vista al frente.
—¿Y qué les gustaría hacer para relajarse? —preguntó Tomás encendiendo el motor del auto.
Angélica me miró cómplice e hizo una mueca indicando adónde quería ir. Es nuestro lugar favorito.
—De hecho —empezó a hablar con entusiasmo—, a Kayla y a mí nos gusta ir a una heladería donde hacen el más rico sabor de helado de dulce de leche de todo el mundo —elevó la voz muy emocionada.
—¿Helado? —interrogó confundido—. ¿Con el frío que hace? —cuestionó Tomás haciendo una mueca de desagrado.
—Jamás hace demasiado frío para un buen helado —me sumo a la conversación. Angélica y sus ocurrencias me hacían sentir de mejor humor y distraerme.
—No creo que sea adecuado desviarnos —intervino Nath.
Traducido significa que no sabe si mi padre está de acuerdo. Seguía todo al pie de la letra.
—No haría nada que mi padre no autorice —aclaro.
Era la primera vez que hacía algo diferente luego del incidente, y mi padre seguramente estaría de acuerdo.
Es más, cuando se lo cuente se sentirá orgulloso, aunque mostró su apoyo y comprensión los días posteriores al incidente.
Desde que era una niña me había inculcado que debía ser fuerte, que era una luchadora y que nada ni nadie debía verme frágil. Que no debería permitir que nadie me lastimara. Que una Pujol siempre debía pelear y salir adelante. E intensificó esa idea al contratar un entrenador privado.
—Entonces indiquen dónde es e iremos hacia allí, señoritas —dijo Tomás esbozando una sonrisa y nos miró por el espejo retrovisor, mientras Nath negó con la cabeza casi de manera imperceptible.
Tomás giró en la esquina cuando le indicamos la dirección.
En el trayecto mi amiga contaba muy emocionada todos los sabores de helado que había probado y cuáles le gustaban más, y sugería los que ellos deberían probar. Angélica es extrovertida, amigable y despreocupada, pero no conmigo; siempre irradiaba alegría, siempre y cuando no anduviera con sus pálpitos de que algo malo pasará, más aún después del último, que resultó tal y como presintió. Ahora nadie le quitará de la cabeza que solo fue casualidad.
Pero la mayor parte del tiempo yo era la madura, la responsable, la que tenía los pies sobre la tierra. Nos cuidábamos mutuamente y, aunque ella muchas veces se comportaba como una niña, sabía adaptarse a cada situación.
Teníamos un pasado muy diferente, pero una cosa en común: ella había crecido sin un padre y yo sin una madre. Eso nos había unido. Sabíamos lo que se sentía ese vacío.
Tal como lo advertimos, llegamos y el lugar estaba lleno. Angélica aplaudió emocionada como una niña pequeña. Salimos del auto y, cuando Tomás estaba por abandonar el coche, Nath lo tomó del brazo y murmuró algo de que las órdenes indicaban que el conductor debía quedarse en el auto, atento y expectante. Tomás hizo una mueca de disgusto, pero asintió con la cabeza.
Nath nos siguió de cerca. El ambiente alrededor se sentía tenso; él lo hacía tenso. Por el rabillo del ojo lo vi expectante, alerta, vigilante, como si algo malo fuera a pasar. O era yo, no lo sabía.
Nath abrió la puerta, dejándonos pasar primero a nosotras, y nos siguió de cerca. En la fila esperamos a que nos atendieran y, cuando fue nuestro turno, la dependiente levantó la vista y se quedó quieta con la boca abierta. No nos miraba a nosotras, sino a Nath.
No la culpo. Ese hombre era difícil de ignorar; medía como dos metros. Él, por supuesto, ni siquiera lo notó.