Creí en ti

Capitulo 8

Debía dar el siguiente paso. Debía avanzar.
Era lo que una Pujol haría.

Una Pujol no se quedaba encerrada. No tenía miedo. No retrocedía. Su frente siempre debía mantenerse en alto, aunque ocurrieran catástrofes. Eso me habían enseñado mi padre y mi tío desde que era niña, y eso era lo que debía hacer.

Entré al despacho de la casa sin llamar. Era extraño encontrarlo sin llave. Esa puerta que siempre permanecía cerrada, ahora estaba abierta para mí.
Era una puerta de alta resistencia, casi inexpugnable. De niña siempre me había dado curiosidad. Quería saber qué hacía mi padre allí dentro. Imaginaba un cuartel general secreto y que él era un agente que salvaba a la gente buena de los malos.

Luego, cuando finalmente pude entrar, descubrí que solo era un despacho aburrido como cualquier otro.

Un escritorio de algarrobo.

Dos sillas de cuero marrón.

Una laptop.

Un mueble.

Una fotografía familiar.

Y poco más.

Las paredes color ocre y el suelo blanco terminaban de darle un aspecto sobrio y aburrido.

Mi tío también se encontraba allí trabajando. Apenas ingresé, ambos se quedaron en silencio observándome.

Eran las nueve de la noche y ya habíamos cenado. Se habían encerrado para finalizar un negocio que había surgido a último momento.

Aquello se había vuelto habitual durante los últimos años.

Cuando era niña jamás lo hacían. Siempre llegaban a casa y jugaban conmigo. Durante mi adolescencia me dedicaban toda su atención. Sin embargo, cuando empecé a trabajar con ellos, se volvió recurrente que después de cenar se encerraran en aquel despacho.

Eran unos adictos al trabajo.

—Llama antes de entrar —la voz de mi padre sonó dura, casi molesta.

—Lo siento —dudé unos segundos antes de decir lo que había ido a decir. Finalmente reuní valor y lo solté de una vez.

—Estoy lista para volver al trabajo —las palabras salieron como una exhalación.

Lo había pensado mucho durante las últimas semanas y tenía que continuar con mi vida. Necesitaba recuperar mi autonomía.

—¿Estás segura? —preguntó mi padre, levantando la vista para mirarme. Su expresión se suavizó al instante—. No es necesario que te sobreexijas. Lo importante es que estés bien.

Mi tío se levantó y se acercó a mí. Frunció ligeramente el ceño mientras me analizaba en silencio.

—Lo estuve pensando. Creo que ya es hora —asentí mientras llenaba mis pulmones de aire para evitar que mi voz temblara.

—Kayla —dijo mi tío, apoyando las manos sobre mis hombros—. No tienes que hacerlo si no quieres. Puedes esperar hasta sentirte segura. Si tu padre intenta obligarte, yo...

Papá puso los ojos en blanco y lo interrumpió.

—Ya deja de exagerar. Yo jamás la obligaría a nada. Sufrió un atentado, ¡por Dios! ¿Por quién me tomas?.

—Por un maniático controlador y obsesionado con el trabajo —enumeró mi tío, levantando una ceja.
Mi padre le dirigió una mirada de advertencia.

—Hablaré con Tomás y Nath para cambiar los horarios.

Hasta ese momento sus tareas se limitaban a acompañarme a la universidad, llevarme cuando quería hacer alguna compra y traerme de regreso a casa. Ahora también me acompañarían a la oficina.

—Gracias, papá —me acerqué para besar a ambos en la mejilla y salí del despacho.

Me gustaba la confianza que depositaban en mí.
Había dado por hecho que intentarían convencerme de esperar más tiempo.

Avancé unos pasos por el pasillo cuando escuché que alguien me seguía.

Me detuve y me giré.

Era mi tío.

—Kayla, hija —su expresión seguía siendo de preocupación.

—No tienes que esforzarte. Tómate tu tiempo. Haz las cosas con calma.

—Tío, de verdad quiero hacerlo. Ustedes me enseñaron a enfrentar mis miedos, mis fantasmas, a tomar el toro por las astas. Y eso es exactamente lo que estoy haciendo —lo dije convencida.
Porque era verdad.

Si seguía escondiéndome, nunca volvería a ser la misma.

—¿Segura?

—Confía en mí. Te prometo que, si en algún momento siento que no estoy preparada, te lo diré.

—¿Lo prometes? —levantó el dedo meñique.
No pude evitar sonreír.

Enganché el mío con el suyo.

—Prometido.

Ese era nuestro código.

Una promesa inquebrantable.

La habíamos inventado muchos años atrás, cuando yo era apenas una niña.

A pocos metros de nosotros se alzaba el edificio con el nombre de mi padre en letras enormes. El lugar donde había trabajado durante años.

Ahora que estaba allí, no me sentía tan ansiosa como había creído.

De hecho, me sentía tranquila.

Segura.

En casa.

Y, para mi propia sorpresa, incluso ansiosa por entrar.
Exhalé lentamente antes de bajar del vehículo.
Nath abrió la puerta y, por primera vez, sentí su mirada fija sobre mí.

Le devolví la mirada.

Él no apartó los ojos.

Observó mis facciones con detenimiento, como si buscara alguna señal. Como si le preocupara cómo me sentía realmente.

Le sonreí.

Solo entonces pareció relajarse y me dio espacio para avanzar.

—Que tengas un buen día en tu primer día de regreso —dijo Tomás desde el asiento del conductor con una sonrisa.

—Gracias —Le devolví la sonrisa antes de cerrar la puerta.

Tomás continuó hacia el estacionamiento y Nath me siguió a una distancia prudente.
Su cuerpo permanecía en completo estado de alerta.
Podía sentirlo.

Atravesé las puertas de entrada y una sensación de alivio me recorrió el cuerpo.

Estaba en casa.

Al llegar al hall, la recepcionista abrió los ojos con sorpresa al verme. Sin embargo, apenas un segundo después recuperó la compostura y me dedicó una cálida sonrisa.

—Bienvenida, señorita Kayla —Su voz sonó sincera.
—Buen día, Tereza —Le devolví la sonrisa.

—Nos alegra tenerla de nuevo por aquí.

—Gracias.

Continué hacia los ascensores.
—Señorita —La voz de Nath interrumpió mi avance.
Me giré para mirarlo.




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