Eriberto Pujol.
José me informa que hay un problema en el hall. No lo dejé continuar hablando porque, cuando escuché el nombre de Kayla, los vellos de la piel se me erizaron al instante. Lo único que pasa por mi cabeza es el atentado anterior y que los malditos atacaron de nuevo.
Solo quiero ver a mi hija.
Corro hasta el ascensor y, apenas se abre, ingreso apretando el botón con fuerza, como si esa acción hiciera que la caja metálica bajara más rápido.
Son segundos, pero parecen horas.
Apenas se abre, la veo. Kayla está de pie. Una tranquilidad me invade al verla a salvo. Pero se encuentra demasiado quieta. Tensa.
Los murmullos se oyen por todo el hall, pero no presto atención. Mi vista está clavada en ella.
Acelero el paso hasta alcanzarla.
—Kayla —articulo con voz baja.
No espero respuesta. Puedo ver cómo un leve temblor recorre su cuerpo. Se pone más tensa, si es que eso era posible, pero cuando sus ojos se posan en los míos su expresión cambia. Me reconoce y su cuerpo se relaja.
La rodeo con los brazos firmes para demostrarle que está conmigo, que todo pasó.
Endurezco la mandíbula.
No iba a permitir que algo así volviera a pasar.
—Ven conmigo.
Trato de caminar, pero no reacciona. La suelto lo justo para mirarla otra vez, buscando una señal. Cualquier cosa.
—¿Te hizo algo? —interrogo.
No contesta. Está en shock.
Doy un paso más y, por fin, reacciona. La llevo conmigo hasta mi oficina. Detrás, Nath y Tomás nos siguen.
Cierro la puerta con un movimiento seco justo después de entrar, dejando a los guardaespaldas en el pasillo. Los observo por el rabillo del ojo a través del vidrio. Se encuentran en silencio, expectantes.
Recién entonces la suelto del todo. La observo unos segundos. Está demasiado pálida.
—Siéntate —le pido con suavidad.
Espero a que lo haga antes de hablar de nuevo. Busco un vaso con agua y se lo doy. Ella bebe con calma, volviendo poco a poco a la realidad.
Quiero saber qué fue lo que pasó, pero no debo presionarla.
Unos minutos después, cuando la siento más relajada, pregunto:
—¿Te hizo algo?.
La evalúo. Necesito saberlo todo por su expresión corporal.
Ella relata que había un periodista esperando y que le preguntó por el posible secuestro.
Y ahí lo noto.
Es esa palabra.
No aparto la mirada.
Ella es noble y no quiere culpar a nadie. Sabe que esto tendrá consecuencias.
Cuando termina de relatar, apenas asiento.
—No debería haberse acercado —expongo con firmeza.
Todos habían fallado.
Yo ya estaba tomando decisiones.
Seguridad.
Recepción.
Y eso no volvería a repetirse.
Me levanto y doy un par de pasos para mirar a través de la ventana.
Hago una larga pausa antes de continuar.
—Necesitas más protección —sentencio.
Vuelvo a mirarla, esta vez con más suavidad.
—No voy a permitir que algo así vuelva a pasar.
Se lo prometo.
De reojo miro al pasillo.
Solo Nath seguía esperando.
.
No podía creer lo que había pasado bajo mi propio techo, el lugar más seguro después de mi casa.
Mi empresa era una fortaleza; me había asegurado de que fuese así.
Después del intento de secuestro de Kayla, todo se había salido de control. Sentía que empezaban a aparecer grietas donde jamás las había habido. No me gusta perder el control y no podía hacerlo. De lo contrario, todo se iría al carajo.
Pero debía calmarme. Si algo me caracteriza es mi temple. No me tomaba nada a la ligera. Era paciente, controlador y lo calculaba todo, absolutamente todo. Era frío al tomar decisiones y mantenía la cordura incluso en los momentos de mayor presión.
Así soy yo, y por eso mantenía mi empresa donde quería: en la cima. Mostraba lo que quería mostrar y mantenía el resto bajo llave. Así funcionaba todo perfectamente.
Hasta ese día.
El despacho se hallaba demasiado silencioso.
Había llamado a Nath. Él permanecía de pie frente a mi escritorio. Manos detrás de la espalda. Postura impecable. Rígido.
Así era él.
Profesional en su trabajo.
Comprometido.
Me agradaba eso.
Mis ojos estaban clavados en él desde que entró hacía un par de segundos, asimilando lo que José me acababa de informar.
Resoplé.
—Un periodista —dije finalmente, rompiendo el silencio— logró acercarse a mi hija dentro de mi propia empresa.
Las palabras salieron cargadas de decepción.
Después de esto volarían varias cabezas.
No admitiría errores en mi empresa.
José le daría una advertencia a ese desgraciado. Lo haría pagar por perturbar la tranquilidad que por fin había logrado recuperar mi hija. Lucio demandaría al periódico, asegurándose de que lo pensaran dos veces antes de volver a meterse con lo mío.
Nath no se movió.
Solo me miró.
—Sí, señor —respondió por fin—. Estaba sentado en el hall. Se levantó cuando la recepcionista anunció su llegada.
Era lo mismo que José me había comunicado.
Lo observé con atención durante unos segundos. Luego me levanté de mi asiento y caminé hasta la ventana.
Miré a través de ella.
Las personas iban y venían sintiéndose seguras.
Mi propia hija ya no podía hacerlo.
Sentí acidez en la garganta.
Mi hija lo era todo para mí.
Ella sería quien se quedaría con los negocios después de mí...
—Entiendo que la situación fue inesperada —exhalé cansado. Hice una breve pausa. Debía demostrar calma, aunque por dentro quisiera romper algo.
—Pero actuaste rápido. Eso es lo que espero de profesionales. Excelente trabajo —articulé con firmeza y sinceridad—. Gracias por proteger a mi hija. Es lo más valioso que tengo.
Soy vulnerable cuando se trata de ella.
Silencio.
Un segundo demasiado largo.
La frase quedó suspendida en el aire.
Su mirada reflejó desconcierto.
Durante unos segundos pareció no saber qué responder.