Nada como un helado después de un evento perturbador.
Ahora, más tranquila y pensando en frío, no era para que mi cuerpo reaccionara así, pero esa palabra...
Una vez calmada, llamé a Angélica y, por supuesto, ella vino enseguida. Después de contarle todo, dijo que nada como un helado para levantar el ánimo. Mi padre estuvo de acuerdo, pero mis guardaespaldas no. No lo cuestionaron directamente, pero sus expresiones lo dejaban entrever. Además, estaban más atentos y más cerca de lo normal.
Angélica me mira de arriba abajo, todavía con el helado en la mano.
—Qué casualidad, ¿no? —dijo de la nada después de un largo silencio. Su voz sonó seria, pero con ella nunca se sabía.
—¿Qué cosa? —fruncí el ceño.
Angélica inclinó apenas la cabeza, señalando disimuladamente hacia atrás.
—Que cada vez que una tragedia te acecha... —habló en voz baja, haciendo una pausa dramática y llevándose la cuchara al pecho—... él aparece.
Rodé los ojos.
—No es una tragedia —advertí. Había cometido un error al comentárselo. Ya me estaba arrepintiendo. Si bien al principio siempre se preocupaba, luego salía con alguna ocurrencia. Me sacaba de quicio. Se volvía intensa.
—Un periodista casi se te tira encima —enumeró con los dedos—. Eso, en mi mundo, cuenta como evento traumático —Bajó un poco más la voz, acercándose un poco más —. Y justo ahí... —volvió a mirar hacia Nath—... tu guardaespaldas misterioso.
Intenté mantenerme seria.
—Solo está haciendo su trabajo —le recordé, porque parece que no lo recuerda.
—Ajá. —Angélica asintió, nada convencida—. Qué suerte la tuya, ¿verdad?
Lo soltó con ironía, le dio otra cucharada al helado y agregó:
—A mí, cuando me pasan cosas, solo aparece el delivery... y a veces ni eso.
No pude evitar reírme.
—Eres imposible —negué con la cabeza y llevé otra cucharada de helado a la boca.
—No —corrigió Angélica—. Soy observadora.
Sus ojos brillaron con picardía. Subió y bajó las cejas, haciéndome reír aún más.
—Y ese hombre... aparece demasiado bien en escena como para ser coincidencia.
Dios, esta mujer no entendía. Para eso lo habían contratado. Para cuidarme.
Iba a responder cuando noté algo.
Nath se había acercado.
No lo suficiente como para interrumpir..., pero sí lo bastante como para haber escuchado.
Angélica también lo notó y sonrió.
—Justo a tiempo —advirtió sin molestarse en bajar demasiado la voz.
Le di un pequeño golpe con el codo. ¿Qué pensará Nath?
—Angélica... —la advertí.
Nath se detuvo frente a nosotras, con esa calma de siempre.
—¿Todo bien? —cuestionó.
—Perfecto —respondió Angélica antes de que pudiera decir algo—. Solo estaba comentando lo eficiente que eres.
La miré, advirtiéndole en silencio.
Nath sostuvo la mirada de Angélica un segundo más de lo normal, como si evaluara qué había dicho realmente.
—Solo hago mi trabajo —respondió al final, aclarando lo obvio.
—Claro —sonrió ella—. Pero no todos lo hacen con tanto... sentido del timing.
Hubo un leve silencio.
Nath desvió apenas la mirada hacia mí.
Solo un segundo.
El móvil de Tomás sonó de manera insistente en su bolsillo. Él lo ignoró deliberadamente. Todos los ojos se posaron sobre él. Luego miramos el bolsillo.
—¿No vas a contestar? —interrogó Angélica con el ceño fruncido, señalándolo con un dedo.
—No —Solo dijo eso, con semblante serio. Era raro. Él era más conversador.
—¿Y por qué no? Quien sea que se encuentre del otro lado de la línea urge hablar contigo —Insistió entrecerrando los ojos.
El silencio se instaló entre nosotros.
En realidad, no debería importar quién deseaba comunicarse con él. Tiene una vida fuera de esto, pero era extraño cómo deliberadamente evitaba responder. Se hallaba demasiado serio y podría jurar que era por esa llamada.
Las miradas penetrantes hicieron que mirara para otro lado y exhalara con fuerza por la nariz. Luego de un rato, al percibir que aún lo seguíamos mirando, respondió:
—Solo es mi padre requiriendo mi presencia en asuntos familiares —Su respuesta, aunque firme, sonó solo como una excusa para no revelar la verdad.
Silencio otra vez.
Miradas incómodas.
—Vámonos —dijo Nath luego de un largo silencio—. Ya es suficiente por hoy —Asentí, levantándome.
Su mirada estaba fija en mí, penetrante, protectora, y mientras lo hacía... no pude evitar pensar que Angélica, por una vez, tal vez no estaba tan equivocada.
Caminamos hacia el coche.
Nath abrió la puerta y me observó más de lo normal, inspeccionando si estaba bien.
—¿Estás bien? —por fin soltó.
Por un momento, las palabras de Angélica vinieron a mi mente, coloreando mis mejillas.
—Sí —respondí tímida, entrando al vehículo.
¿Qué me estaba pasando?
No escucharía más a mi mejor amiga. Estaba loca y me estaba contagiando.
Mis ojos se desviaron hacia ella y la encontré mirándome con una ceja levantada, con expresión de "te lo dije", mientras movía las cejas arriba y abajo de manera sugerente.
Rodé los ojos.
—¿Y ahora qué? —interrogué irritada, con el ceño fruncido, una vez dentro del auto.
—Solo sigo pensando que se preocupa demasiado por ti —murmuró para que solo yo la escuchara.
—El hombre solo hace su trabajo —aclaré nuevamente, no sé cuántas veces ya, entre dientes y al borde del colapso.
—Sí, claro —ironizó—. Entonces, ¿por qué estás toda ruborizada?
—No estoy ruborizada —solté a la defensiva.
—Claro —soltó irónica.
—No —repetí.
—Por supuesto —insistió con sarcasmo.
Exhalé cansada por su obstinación y desvié la vista al exterior.
—Dejaremos a Angélica en su casa primero —ordené sin mirar a nadie.
—Pero yo quería... —Empezó a hablar, pero se detuvo —. Sí, déjenme en casa. Olvidé que abrirle los ojos a alguien era castigado —Se cruzó de brazos, ofendida.
El silencio se hizo profundo.