Tomás y Nath me seguían a todos lados. Es extraño, pero no soy como esas chicas a las que les fastidia tener a sus guardaespaldas cerca. La verdad, siento un gran alivio cuando los veo. Estoy dependiendo demasiado de ellos, y eso me preocupa.
La semana pasó sin más altercados. A Angélica se le pasó el enfado y volvió a ser la de siempre, obviamente manteniendo su misma postura. Ya me rendí con ella.
Ya no es raro ver a Tomás y Nath esperándome en la cocina y deambulando por la empresa. No es que sean demasiado ruidosos; a decir verdad, son bastante silenciosos y pasan desapercibidos.
Solo se preocupan de que esté a salvo; solo realizan su trabajo.
En la facultad sentía las miradas de todos sobre mí. Murmuraban unos con otros cuando entraba al aula; algunos fruncían el ceño con desprecio y otros hacían muecas de desagrado al verme. No entiendo realmente qué les sucede, pero algo raro está pasando y yo no me he enterado.
—¡¿Qué les pasa, imbéciles?! —alza la voz y los brazos Angélica en los pasillos de la universidad—. ¡Dejen de murmurar y no sean cobardes, digan lo que tengan que decir! —los desafía furiosa.
—No se hagan las desentendidas, saben bien lo que sucede —articula un sujeto al que no había visto en mi vida.
—No, no lo sabemos. Ilumínanos —espeta con sarcasmo.
—Que el maldito padre de Kayla es un mafioso. Usa su poder para callar a todo el mundo cuando la prensa quiere investigar más sobre sus negocios turbios y, si no lo resuelve con dinero, lo hace mandando a sus matones.
—¿De qué diablos estás hablando? —interfiero. Mi padre jamás haría eso. Es un hombre leal, transparente y de palabra.
—¿Cómo que no lo sabés? —ironiza—. Al periodista que te hizo la entrevista lo despidieron de su trabajo solo por meterse con la princesita de papi.
Era cierto. No lo había vuelto a ver en las noticias, pero eso no significaba nada.
—¿De dónde sacas semejante estupidez? El sujeto quiso exponer a la fuerza la privacidad de Kayla. ¿Por qué hablas si no sabes? Imbécil —ataca Angélica, protegiéndome—. Y si perdió su trabajo es por meterse donde no debía. Ahora corréte, que me molestas.
Angélica hace señas con la mano para que se mueva. El sujeto estaba interfiriendo el paso. Se corre y nosotras seguimos nuestro camino.
—¡Tu padre es un mafioso, Kayla! —advierte, gritándonos a nuestras espaldas desde el pasillo—. Todos lo saben. Tu padre sigue procedimientos poco ortodoxos. ¡Hey, suéltenme! —grita, y cuando giro veo a Tomás y Nath tomándolo de los brazos—. ¿También vas a usar tus influencias para que me expulsen de la facultad? —suelta con ironía.
—Hey, amigo, solo cálmate, ¿sí? Nuestro deber es proteger a la señorita —aclara Tomás.
—Solo estoy hablando —levanta como puede los brazos.
—Suéltenlo, muchachos —ordeno.
No vale la pena prestarle atención. Solo es una coincidencia que no se sepa nada de ese periodista. La última vez que supe de él fue en ese restaurante.
—Señorita Pujol, señor Oviedo, a mi oficina, por favor.
El decano aparece. Está molesto. Gira y camina derecho a su oficina. Lo seguimos en completo silencio, sin siquiera mirarnos. Una vez allí, el decano nos observa. Estamos sentados frente a su escritorio.
—No voy a permitir ese tipo de escándalo en mis instalaciones —advierte muy serio.
—Me imaginé que me echaría la culpa y tomaría represalias en mi contra —se defiende el sujeto a mi lado, con una mezcla de rabia e indignación.
—No entiendo a qué se refiere —inhala el decano y suelta el aire despacio.
—Yo soy solo un estudiante sin recursos, a quien pueden expulsar sin más y solo por expresarme libremente —replica con más rabia.
—Si los llamé a los dos es porque no permitiré ese tipo de comportamiento en mi establecimiento. De ninguno de los dos —me mira a mí y luego a él—. Esto es para ambos. A usted no lo quiero ver esparciendo rumores y, a usted, señorita Pujol, no quiero que ninguno de sus guardaespaldas vuelva a tocar a un estudiante. Si les permito entrar es por el inconveniente y por protección —dice, golpeando el escritorio con un dedo.
—Ellos percibieron que él era una amenaza para mí —explico. El sujeto estaba bastante alterado.
—Hablo de una amenaza real, de alguien que quiera atacarla físicamente.
—Él es un hombre físicamente más fuerte que yo, no es una discusión cualquiera. Ellos solo hacían su trabajo —aclaro, porque parece que no entiende el peligro.
—A ver... —se pasa la palma por la cara, cansado—. Me refiero a alguien que tenga un arma o intente golpearla, no a una discusión cualquiera. La gente siempre discute por diferencias de opinión; no por eso corre peligro su vida —aclara—. Si esto vuelve a pasar, ellos tendrán la entrada prohibida y usted será suspendida. ¿Me escuchó?.
—Sí —afirmo con desagrado, conteniendo las ganas de poner los ojos en blanco.
—Lo mismo para usted —sentencia, señalándolo con un dedo.
—Tengo libertad de expresión —amonesta.
—No aquí —hace una pausa, mirándolo fijo—. ¿Le quedó claro?.
—Sí —dice a regañadientes.
El decano levanta una ceja en reprensión.
—¿Quedó claro? —Asentimos con la cabeza.
—Pueden marcharse —Abre la puerta y el sujeto da un pequeño respingo al ver a dos figuras imponentes, cruzadas de brazos y esperando. Dice algo por lo bajo que no logro escuchar y continúa su camino.
—¿Y Angélica?
—Espera en el auto —explica cortante Nath, lenguaje al que estoy acostumbrada. No es brusco, solo cortante y distante, como si no quisiera cruzar esa línea.
Al llegar, parada al lado del auto, se encuentra mi amiga conversando con unos chicos. Sus ademanes muestran impaciencia y rabia. Al verme, los despide. Se aproxima apresurada y me abraza como si hubiera sobrevivido a un atentado. Apenas la rodeo con un brazo.
—Sobreviví —aclaro para que deje de apretujarme.
—¡Ese imbécil! —me suelta y, mientras caminamos al auto, dice—. No puedo creer que diga esas cosas sin sentido. Ensuciar así la reputación de tu familia, con la misma facilidad con la que se ensucia el piso.
Entramos al coche y nos acomodamos.