Creí en ti

Capitulo 12

Mis reinas escribo primero estás palabras porque me equivoqué y me faltó publicar un capítulo. El anterior o sea el capítulo 11 es el que me falto y este es el que ya había publicado. Por eso lean primero el 11 y si quieren este de nuevo jajaja. Cómo quieran.

Estaba particularmente ansiosa. Mi pie no dejaba de rebotar contra el piso. En ese momento agradecí que el mantel fuera lo suficientemente largo como para ocultarlo.

Elegí un lugar conocido, elegante y bastante concurrido. Los empresarios solían asistir para cerrar grandes negocios y también era frecuentado por muchos famosos.

Me senté sola para que el periodista no fingiera sentirse intimidado.

Tenía que demostrar ser más astuta que él.
Sentía un peso terrible sobre mis hombros. Tenía mucho que perder. Era la primera vez que mi padre me confiaba algo tan grande. La reputación de la empresa familiar y la mía propia estaban manchadas. Toda la ciudad había visto el reportaje y mi deber, como futura abogada de la empresa y de la familia, era reivindicarnos.

Tenía que demostrar todo lo que había aprendido de los dos hombres más importantes de mi vida. Mantener el control, no solo de la conversación sino también de mi propio cuerpo. Mantenerme en calma y parecer segura y decidida. Me había preparado para confrontarlo. Debía impedir que la palabra secuestro volviera a alterarme.

"Como te ven, te tratan", era una frase que mi tío siempre me repetía.

Debía ponerle un alto a toda la difamación, pero para lograrlo tenía que ser más inteligente que él. Debía mantener la calma, no solo por verlo cara a cara y escuchar las cosas que aún podía inventar, sino también por mí misma. Temía mi propia reacción y, con la calaña que era, estaba segura de que llevaba una cámara, igual que la vez anterior. Quería capturar cualquier gesto para desacreditarnos.

Debía negociar lo más rápido posible, no dar ningún tipo de información ni dejar entrever nada. Era un sujeto astuto y yo debía serlo más.

Lo vi apenas atravesó la puerta. Para ser un hombre al que le habían quitado todo, se lo veía particularmente tranquilo. Su sonrisa soberbia destacaba incluso a la distancia.

—O me llamó para darme una entrevista o para pedirme perdón por atacarme —Agrando aún más su sonrisa después de decir aquella frase.

Quería gritarle. Su arrogancia me fastidiaba. Pero estaba segura de que cualquier reacción sería utilizada en mi contra. Tenía que ser más inteligente.
Aquel hombre no tenía expresión de derrota ni de alguien que hubiera sufrido un revés económico. Más bien se veía radiante, como si estuviera presenciando una victoria.

Como si tuviera un plan.

—Buenas tardes, señor Fernández —mi voz sonó profesional, acompañada de una sonrisa perfectamente ensayada—. ¿Desea tomar asiento? ¿Algo para beber? —Su sonrisa se volvió todavía más arrogante. Mi cambio de tema le hizo creer que le estaba dando la razón.

No vine a negociar.

No me interesaba.

Había venido a entregarle personalmente la carta documento.

—Un champán para brindar estaría bien —dijo con soberbia.

Qué hombre tan cínico.

Eran las cinco de la tarde. ¿Quién demonios bebía champán a esa hora?.

No dije nada. Hice un gesto a la mesera para que se acercara. Debía aparentar que quería llevar las cosas en paz.

—Un champán, por favor —le sonreí a la chica.

—¿Y bien, señorita Pujol? —preguntó apenas ella se retiró.

Saqué con toda la paciencia del mundo los documentos que llevaba en el bolso y los deslicé sobre la mesa.

Frunció el ceño, los tomó, abrió la primera página y leyó.

—Vaya. Es un poco desesperado, ¿no cree?.

—¿Desesperado? —repetí con ironía—. Fue usted quien atacó primero.

Parecía sufrir de amnesia.

—Una entrevista. Era todo lo que quería —se defendió.

—Y todo habría sido distinto si hubiera agendado una cita como cualquier persona. No presentándose en la empresa para exigir una —Rió sin humor y negó con la cabeza.

—Al parecer, o tiene una pésima secretaria o no sabe lo que sucede en su propia empresa —soltó con arrogancia.

—¿Nunca pensó que quizá no podía estar lista? Era mejor esperar que presentar un material infame —Sonrió. Porque evidentemente era lo único que sabía hacer.

—¿No sabe sobre la libertad de prensa? —ignoró mi acusación—. Me extraña que sea abogada y no conozca las leyes. Al parecer, sus influencias dieron resultado y le regalaron el título —Me examinó descaradamente —. Y al parecer hizo algunos favorcitos más. Lo supongo por sus notas —Se burló con una sonrisa amplia. Pero también dejó entrever que me había investigado.
Eso era información personal.
Me pregunté quién se la habría facilitado.

Era más peligroso de lo que pensaba y estaba dispuesto a todo para salirse con la suya.
Lo que quería era que perdiera los estribos.

No le daría el gusto.

Sentí la presencia silenciosa de Nath. Sabía que con una sola señal mía atacaría. No quería que lo hiciera. No pensaba darle una excusa para seguir hablando de mi familia y de todo lo que, según él, hacíamos.

—Pero haré mi obra de caridad con usted hoy —continuó — y, de paso, repasaremos algunos conceptos para cuando tenga examen. La libertad de prensa está garantizada constitucionalmente y prohíbe la censura previa. También protege las fuentes de información periodística y garantiza el derecho a buscar, recibir y difundir información e ideas. ¿Quiere que la instruya un poco más o prefiere tomar notas para repetirlo en su próximo examen? —Hizo un gesto despectivo con la mano.

—Eso es justamente lo que esperaba de ustedes. Un periodista estudioso —acoté con sarcasmo.

—¿De verdad un bozal legal? —levantó una ceja después de leer el documento.

—Hasta llegar a juicio, sí.

—Vaya. Me pregunto cómo gastaré esa fortuna.

—Ya está notificado —dictaminé mientras me levantaba del asiento—. Ah, y quédese tranquilo, el champán va por mi cuenta.




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