—Entonces, ¿cómo te fue con el sujeto? —interrogó Angélica.
Todavía me sentía alterada, pero no era precisamente por el periodista. Exhalé para concentrarme y recordar lo que habíamos hablado. Me senté en el sillón, quedando frente a ella.
—No lo sé, se veía tan confiado —mencioné, un poco preocupada.
—¿Confiado? —interrogó, confundida, frunciendo el ceño—. ¿Crees que sabe algo que tú no?.
—No —aseguré. Sabía todo de la empresa de mi familia—. ¿Qué podría saber? Si hubiera algo ilegal en esta empresa, ya lo sabría. Mi padre me lo habría dicho. Creo que tiene algo bajo la manga.
No dejaba de preocuparme eso porque, aunque tuviéramos un acuerdo, eso no quería decir que lo mantuviera. Podía referirse a nosotros sin decir nombres; había muchas maneras de eludir la ley. Solo esperaba que no lo hiciera. Mi padre se pondría muy molesto.
—Por eso tu estado —indagó preocupada, analizándome.
—¿Mi estado? —cuestioné confundida. No entendía su pregunta.
—Sí, por la conversación con el periodista —aclaró con obviedad.
Asentí.
—Estás como un gatito asustado.
Por supuesto, ella creía que era por eso.
—Solo que… —dije pensativa—. Su manera de hablar, su cinismo, su confianza me descolocaron.
Exhalé con fuerza. No iba a confesarle que estaba nerviosa por lo ocurrido con Nath, que todavía seguía impregnada su colonia en mis fosas nasales, que aún podía sentir su calor en mi cuerpo y que mi piel se había mantenido erizada desde entonces.
—¿No hay nada más? —cuestionó, levantando una ceja.
No me creía y tenía razón; me conocía demasiado bien.
—No —me apresuré a responder, un poco a la defensiva.
Me levanté de mi asiento. Necesitaba hacer algo y salir de su campo de visión. Su mirada penetrante me ponía incómoda y me dejaba al descubierto.
Maldición, la había puesto en alerta. No insistió, pero su forma de analizarme lo decía todo. No me creía nada.
—¿Quieres ir por un helado? —preguntó
No podía negarme a eso. Salir era lo mejor; la distraería del tema.
—Claro —me apresuré a aceptar. Hacer lo que siempre hacíamos era un cable a tierra.
—Bueno, llama a los chicos —dijo, levantándose como un resorte del sillón.
Me había olvidado completamente de eso. Si yo iba, ellos iban. Y Nath también. Y yo todavía no estaba preparada para volver a verlo.
—¿Y qué te parece si pedimos a domicilio? —propuse.
Era una mejor opción para mí, aunque fuera hasta que se quitara esa sensación en mi piel.
—¿Y por qué sería eso? —volvió a cuestionar.
Parecía un interrogatorio policial.
—Es que recién llego de la calle, estoy cansada. Pensé que hablabas de tomar helado aquí, en casa —queria que sonara casual.
—Jamás tomamos helado en casa.
Me analizó de pies a cabeza, entrecerrando los ojos. Era obvio que mi nueva propuesta le daría un indicio de mi verdadero estado.
—Okey, vamos —articulé para alivianar el ambiente—. Solo quería innovar.
—Pues innova con ropa o con un nuevo peinado, pero jamás con esto.
Lo dijo con tanta seriedad como si estuviera dando un discurso sobre la paz mundial.
Se levantó del sillón, tomó su chaqueta y caminó hasta la salida. Por fin me permití exhalar aliviada, aunque solo fuera por unos segundos.
Cuando apenas lo vi, mi cuerpo reaccionó. Se tensó por completo. No entendía por qué me alteraba tanto. No había pasado nada. Solo había impedido que una bicicleta me arrollara. Solo había realizado su trabajo.
Caminé con los hombros tensos y la espalda recta. Nath me abrió la puerta y yo desvié la mirada, introduciéndome rápidamente en el auto. Me acomodé y mi vista fue directa hacia la ventanilla.
—¿Hacia dónde nos dirigimos, señoritas? —preguntó Tomás.
No respondí, pero sentí la poderosa mirada de Angélica.
—A la heladería —indicó ella al ver que no respondía.
Sentía que la tensión dentro del auto se cortaba con un cuchillo… o quizá era yo. Nadie hablaba, pero mis ojos estaban clavados en la ventanilla. No se habían desviado de allí ni un segundo.
—Aquí hay algo más —murmuró Angélica.
Me hice la desentendida y continué con mi labor de contemplar los autos pasar. Sabía a dónde llevaba ese comentario.
—¿Cómo dijo, señorita? —interrogó Tomás.
—¿No hueles algo raro? —mencionó con sarcasmo.
Ya estaba frita.
Tomás y Nath olfatearon, buscando algo, pero obviamente no hallaron nada.
—Yo no huelo nada —respondió Tomás, confundido.
Mis ojos seguían fijos.
—Yo tampoco —acotó Nath.
Qué bueno que él no había notado nada. Aquí éramos solo yo y mis sentimientos.
Me relajé, aunque me sentí un poco decepcionada. Mi corazón no dejaba de latir por ese encuentro.
Llegamos a la heladería y, cuando bajamos, no sabía el motivo, pero Tomás descendió y Nath tomó el volante.
—Hoy las acompañaré, señoritas —esbozó una pequeña sonrisa y nos siguió.
Sentí un gran alivio. Mi cuerpo se relajó por completo y comencé a respirar con normalidad.
Estaba en serios problemas. No podía controlar mi cuerpo con Nath cerca. ¿Desde cuándo había pasado esto?.
—Te juro que no entiendo cómo pueden comer helado con este frío —murmuró Tomás, mirando el vaso como si lo estuviera evaluando.
—Porque somos personas emocionalmente complejas —respondió Angélica sin dudar—. Tú no entenderías.
Solté una risa baja, agradeciendo el momento de normalidad. Me agradaba estar así, no pensar en lo sucedido.
—¿Complejas? —repetí—. Ayer lloraste porque se te cayó un chip.
Levantó la vista de su helado.
—Era el último —se defendió Angélica—. Hay tragedias que no se superan.
Tomás negó apenas con la cabeza, pero una mínima sonrisa tironeó de su boca.
—Deberían considerar opciones más… apropiadas para el clima.
Angélica lo miró como si acabara de decir una blasfemia.
—¿Perdón? —Se inclinó un poco hacia mí, bajando la voz como si fuera un secreto—. ¿Siempre es así de serio o hoy vino en modo «soy aburrido profesional»?
Intenté no reír, pero no lo logré del todo.
Tomás alzó una ceja.