Creí en ti

Capitulo 14

Angélica se quedaría a dormir en casa, debíamos trabajar. Por supuesto, me ayudaría con el caso. Necesitaba toda la ayuda disponible. El señor Lucio no podía hacerlo; estaba ocupado con unos negocios que iban mal y que tenían bastante preocupados a mi padre y a mi tío. Además, papá lo había pedido así; sin ayuda de don Lucio, debía valerme por mí misma. Bueno, Angélica podía ayudarme. Si quería ser una buena abogada algún día, tenía que aprender a valerme por mí misma. Y eso era exactamente lo que pensaba hacer. Obviamente, al no tener el título, no podía ir a tribunales, pero sí haría todo el trabajo y se lo daría a don Lucio.

Desde mi incidente, ninguno había salido de viaje de negocios. Sé que dejarme sola les preocupaba. Había tenido días difíciles, pero ya estaba mejor. Los guardaespaldas se retiraron a sus hogares cuando nosotras estuvimos a salvo en casa. Metí la llave en la cerradura y, antes de abrir, Angélica habló:

—Y ahora es cuando me das las gracias —pidió mi amiga con una sonrisa de triunfo en el rostro.

—¿Gracias? —pregunté, abriendo la puerta—. ¿De qué rayos estás hablando?

—Insultas mi inteligencia —se indigna, levantando un dedo—. Estoy segura de que te atrae tu guardaespaldas —afirma con tanta arrogancia como si fuera dueña de la verdad.

—Otra vez con eso —me hago la desentendida, indignada igual que ella.

—Sí, definitivamente lo insultas. Pero, como buena abogada que soy, presentaré mis pruebas.

—No eres abogada —le recuerdo.

—La tensión —continúa como si no le hubiera escuchado, quitándose el saco y colocándolo en el perchero—. No sé qué habrá sucedido o qué habrá cambiado entre ustedes en el último tiempo, pero esa tensión se percibía en el coche y se podía cortar con un cuchillo. Y como tus hombros se relajaron al enterarte de que no tenía novia, demostraron que yo tengo razón. Como siempre, por supuesto —levanté una ceja y la miré mal.

—Has insistido desde que apareció Nath que entre nosotros puede pasar algo, y ahora te haces la desentendida.

—Ajá, entonces lo reconoces —presiona.

—No reconozco nada —me defiendo, yendo hacia la cocina, caminando más rápido que ella. Por supuesto, me sigue de cerca, continuará con su cantaleta.

—Yo vi —se señala un ojo—, lo evidente. El sujeto te gusta desde que lo viste.

—No me gusta desde que lo vi —niego, lo mejor es la negación.

—Pero sí te gusta —menciona complacida.

Cierro los ojos con fuerza un segundo e inhalo profundo porque acabo de descubrirme yo misma. Debí percibir que era mala idea quedarnos solas e invitarla a casa; me sacaría mentira por verdad.

—Bueno, no quería decir «te lo dije», pero... te lo dije —Giro para mirarla a los ojos.

—Vaya, para no querer decirlo, lo disimulaste muy bien —articulo con sarcasmo.

Hace un baile de victoria, da un brinco, se sienta sobre la mesa y toma una manzana del centro. Le da un mordisco complacida, moviendo los pies que le quedaron en el aire.

—Es tan gratificante tener la razón —aspira aire exageradamente y lo suelta de la misma manera.

—Niña... —Pegamos un brinco —. ¿Cuántas veces tengo que decirte que una señorita no se sienta arriba de la mesa? Para eso existen las sillas —la reprende Flora, haciendo que mi amiga ponga cara de horror y baje rápido de la mesa.

Quiero reírme, pero si lo hago, Flora me regañará a mí también y no queremos eso.

—Señorita Kayla, ¿quiere que les prepare algo? —pregunta tomando el delantal.

—Me encantaría un risotto —opina Angélica.

—No te preocupes, Flora —ignoro a mi amiga y miro el reloj. Ya es tarde—. Comeremos un sándwich.

—¡¿Qué?! ¡O sea que me harás trabajar y ni siquiera me darás de comer! —se queja, abriendo mucho la boca.

—Bueno, siendo así, hasta mañana —saluda Flora apresurandose a salir.

Angélica la mira indignada mientras sale de la cocina.

—¿Qué fue eso? —señala con el pulgar por donde se fue el ama de llaves—. ¿Tendremos que cocinar nosotras? —se señala a sí misma y luego a mí.

—Definitivamente eres muy buena abogada. Tienes ese sexto sentido para entender indirectas —Larga un bufido.

—¿Para qué tenemos cocinera si no realiza su trabajo?.

—Mi cocinera, querrás decir.

—Detalles.

—Y no es una esclava. Su horario laboral ya terminó. ¿Qué quieres comer?

—Risotto.

—Yo, un sándwich de huevo —digo como si no la hubiera escuchado.

Resopla.

—Sándwich de jamón y queso, con huevo, tomate y lechuga. Y si hay pepino, también —pide y se cruza de brazos y la miro mal.

—Bueno. En la nevera hay todo lo que necesitas —señalo el electrodoméstico.

—¡¿Qué?! ¿Tengo que hacerlo yo? —resopla cada vez más indignada.

—Ni que tuvieras que hacer una gran cosa. Yo ya estoy cocinando los huevos. Solo tomas dos rodajas de pan y las separas. Cortas en rodajas el tomate, que ya está lavado y listo para consumir, y también la lechuga, que está limpia. El jamón y el queso los colocas sobre el pan, pongo el huevo, arriba el otro pan y listo —explico paso a paso como si fuera una gran receta—. O quieres que lo haga yo. Quizás es muy difícil.

La molesto.

Tomo el envoltorio del pan y ella me lo quita con fuerza, indignada.

—Bueno... —dice abriendo el paquete—. Deberías hacerlo tú. Yo soy la invitada.

—¿Y eso desde cuándo? —interrogo indignada.

—Desde siempre. Solo que tú me tienes como esclava —Largo una carcajada. No puede estar diciéndome eso.

—¿Así que eres esclava? —frunzo el ceño pensativa—. ¡Entonces ponte a trabajar! —Bromeo haciendo que ella finja indignación y abra el paquete del pan.

—Siguiendo con tu vida amorosa...

—Yo no tengo vida amorosa —niego, ya fastidiada.

—Pero la tendrás.

—A ver —me giro para mirarla—. Por más que me atraiga Nath, ¿qué mínima posibilidad hay de que yo le atraiga a él también?.

—Me alegra que por fin lo reconozcas —dice con arrogancia y continúa —. ¡Muchas! Eres un buen partido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.